sábado, 23 de agosto de 2025

 

GENOCIDAS: COOPERADORES NECESARIOS [i]

 

Mirad que es odiosa la palabra “guerra”. Suena horrible y sus connotaciones también. Oírla y asociarla a otras como destrucción, sufrimiento o muerte es todo uno. Y, sin embargo, resulta insuficiente para dar cuenta de lo que está haciendo el Israel de Netanyahu y sus cómplices en Gaza.

   ¿De qué guerra nos hablan? El ejército israelí es uno de los mejor armados y letales del mundo. Suyos son los aviones de combate, los drones, los tanques, las tropas, los buques, que se emplean a fondo para bombardear o ametrallar a placer a un pueblo que carece de todo ese arsenal bélico. Al que sólo le queda ir de acá para allá, tratando de huir de la masacre que los valientes pilotos, los soldados o los marines perpetran contra ellos.

    ¿Valientes? ¿No se considerarán a sí mismos criminales? Cuando vuelven a sus casas, ¿olvidan sus ojos las imágenes de las atrocidades que acaban de cometer, que perpetrarán de nuevo mañana contra gentes indefensas? ¿no retumban en sus oídos los gritos de los gazatíes que lloran a quienes ellos han dado muerte? Y al abrazar en el reencuentro a sus niños, ¿ni por un momento se les vienen a la mente las criaturas palestinas? Esas mismas a las que hace unas horas han quitado la vida o han dejado mutiladas o huérfanas… ¿Se atreverán a cruzar su mirada con las de sus hijos? Sentados ante mesas bien abastecidas, ¿la memoria de tantísimas personas a quienes ellos y su Gobierno condenan a perecer de hambre no les quitará las ganas de llevarse los alimentos a la boca?

   En su tiempo de permiso, ¿seguirán los militares israelíes con sus rutinas? Es posible que sí. De hecho, cómo no pensar en otro Estado y otro ejército que actuó de forma similar. Fue casi mediado el siglo XX, en el corazón de la civilizada Europa. ¿Os acordáis? Yo, sí. Y de Núremberg y la cantidad de juicios y condenas que cayeron sobre los nazis. Ya que no compasión o empatía hacia sus víctimas, bien podrían estos victimarios de ahora sentir temor. No sólo a que, como ya sucede, se les equipare con los secuaces de Hitler; también porque están acumulando méritos para acabar en un futuro como ellos.                                     

[i] [Hablo de los israelíes que participan del genocidio en Gaza. Mi solidaridad, en cambio, con quienes se niegan a incorporarse al Ejercito o muestran su rechazo a esta masacre mediante diversas formas dentro de Israel, que es de justicia reconocer que también los hay, como hubo en su día alemanes que se  opusieron al Holocausto.

 

miércoles, 30 de julio de 2025

 

MÁS ALLÁ DE LA IGNOMINIA

 

   No sé si los bebés que salen en los telediarios que nos hablan del genocidio en Gaza tienen muy grandes los ojos, o si es que resaltan en el esqueleto de sus caritas. Puede ser que simplemente los abran con desmesura para mirar angustiados a la nada. La nada es para ellos que no haya leche o algún sucedáneo. Sienten esa carencia, que les duele.

   Ellos lo ignoran, pero el Estado de Israel, con escasas voces discordantes, ha decretado su muerte por hambre. Eso, si sobreviven a los ataques del ejército, que acaba además con los hospitales que podrían salvarlos.

   Sus hermanitos, que deberían estar riendo y jugando o recibiendo lecciones en la escuela, como lo hacen nuestros pequeños, pueden poner voz a esas privaciones, que sufren igualmente. Y la ponen:

“Los niños (palestinos) les dicen a sus padres que quieren ir al cielo, porque al menos allí hay comida”.

(Cita de un trabajador encargado de prestar atención psicológica, publicada en eldiario.es).

   Son, ésas, palabras sangrantes. Revelan, por partes iguales, su inocencia y el crimen que se comete con ellos. Cuando se levantan, desconocen, cuentan las crónicas, qué comerán, o, como sucede en multitud de ocasiones y según venga el día, si se acostarán sin haber probado bocado. De ello dan fe las imágenes que nos llegan de sus cuerpos, de cuyos esqueletos ha huido la carne que los recubría. Al agobio en que ha convertido el Estado sionista sus vidas y las de sus mayores, se suma otro: ¿Volverán sus padres de los escasos lugares donde se distribuye algo de alimento (y donde acuden movidos por la desesperación), o serán víctimas en esa forzada incursión de las balas de los soldados o los francotiradores de Netanyahu y sus cómplices, que los acechan y no se privan de matarlos cada día?

viernes, 30 de mayo de 2025

 

GAZA, EL INFANTICIDIO QUE NO CESA

 

Quedaos con este nombre: Escuela Fahmi al Jarjawi. Estaba en Gaza. De ella ya sólo quedan ruinas. Últimamente, en sus aulas se resguardaban familias que buscaban un lugar seguro, a salvo del afán genocida de Israel. Veo el 27 de mayo en el diario El País una fotografía que me humedece los ojos. Sentada sobre lo que fue una viga, entre cascotes que cuando todavía no lo eran fueron paredes o techos, hay una niña pequeña. La expresión de su carita me parte el alma. Está como aturdida, en shock Hay en sus facciones, en su mirada desolada, un dolor que no es físico, una tristeza que va más allá de cualquier sentir imaginado. Debe de andar por los 6 años, dice el artículo, muy pocos para la experiencia vital que acumula. Se llama Ward Jalal al Sheik Jalil y acaba de ser rescatada de entre los escombros. “¿Había alguien más contigo?”, le han preguntado. “Mi madre estaba allí”, ha respondido, y, entre lágrimas dice “No lo sé” cuando le inquieren sobre el paradero de sus cinco o seis hermanitos. Si lo conociera, diría que han muerto, como su mamá (su papá está en la UCI). Los han matado, mientras dormían, pilotos israelíes, que han bombardeado el colegio que les servía de refugio, o eso creían sus mayores, porque ¿a quién se le ocurriría pensar que serían un objetivo para el ejército, aunque éste fuera el de Israel? El mismo, por cierto, que ha declarado que había tomado medidas “para mitigar el riesgo de causar daño a civiles, incluyendo el uso de municiones precisas y de la vigilancia aérea”. Estremece todavía más que sea cierto. Que esas municiones -facilitadas por los EE.UU- sean tan precisas como dicen.

P.D. En el bombardeo mataron al menos a 36 personas, 18 de ellas niños.

martes, 14 de enero de 2025

 NO,  ESTO NO ES UNA GUERRA

Omar, de 9 años, se esfuerza en mantener cerrados los ojos durante tiempo y tiempo. No es que no quiera ver algo, sino justamente lo contrario: intenta desesperadamente que no se borren de su mente las imágenes de sus padres y su hermano gemelo. La memoria es el único lugar en que los podrá hallar en adelante. Fuera de sí, en el mundo real, ya no podrá encontrarlos. El ejército israelí se los ha arrebatado para siempre, lo han dejado huérfano y, a la vez, lo ha privado de ese otro ser que era igual a él. Omar es un superviviente sólo porque no hay una palabra que nombre a los muertos en vida. Como esos otros que, pobrecitos, entablan, alucinados, perdidos, conversaciones con sus familiares, que ya jamás responderán a sus voces. Ocurre, también, en Gaza. Debe de hacérseles imposible que no estén, que haya desaparecido el oído que los escuchaba, la mano a la que aferrarse, una reconvención o una sonrisa: todo lo que un niño necesita y de lo que una bomba, un misil, disparos de soldados de Israel les han despojado al matar a sus padres. A veces, los militares de Netanyahu y los suyos se meten incluso en los sueños de los pequeños de la Franja para convertirlos en pesadillas. Cuenta la madre de una de estas criaturas que su hijita grita a menudo cuando despierta y corre despavorida por la casa, y es que, dormida, se ha visto sepultada bajo los cascotes a que cree reducida su casa. ¡Ha contemplado tanta destrucción en su entorno, que imagina que ya le ha llegado el turno a ella! ¿Y qué decir de otro niño del que informa la cadena Al Jazeera? Está preocupado. Quiere jugar al balón, y no puede. ¿Le crecerá el brazo que le han amputado como consecuencia de las heridas de un ataque israelí?, pregunta. ¡Necesita los dos!

domingo, 29 de diciembre de 2024

NETANYAHU, HERODES DE NUESTROS DÍAS

 

NETANYAHU, HERODES DE NUESTROS DÍAS

  

Nunca había oído ese nombre, Hind Rajab. Supe de que existía por la prensa, el pasado febrero, al tiempo que conocía que la así nombrada ya no respondería nunca por más que se la llamase, aunque se elevase mucho la voz.

Era una pequeñita palestina de 5 años que viajaba en coche con sus tíos y cuatro primos (de 15 años la mayor), que huían de Gaza capital en busca de un lugar seguro donde refugiarse. Soldados de Israel abrieron fuego contra el vehículo y dieron muerte a todos sus ocupantes, si bien ella tardó unas horas en fallecer. Miembros de la Media Luna Roja y su propia madre escucharon mientras tanto cómo les suplicaba que acudieran en su auxilio. Por teléfono, les llegaba su angustia. “Ven, recógeme”, les pedía. Tenía hambre y sed, estaba herida, temía a la oscuridad que se avecinaba por entre un fondo de disparos. Cuando el ejército de Israel se retiró, doce días después, atrás quedaba, ya sin vida, Hind Rajab. El automóvil estaba, como sus ocupantes, cosido a tiros. Cerca, dos sanitarios que habían acudido al rescate en una ambulancia, habían sido igualmente acribillados.

Qué difícil resulta poner cara a un número, romper la frialdad de una cifra, visibilizar a quien hay detrás. Digo esto porque he leído que el ejército israelí ha matado ya, cuando aún no terminó diciembre, a 17.000 niños en la franja de Gaza. Detrás de cada uno, de cada una de estas criaturas, hay una historia. La de Hind Rajab (y sus cuatro primos), por ejemplo, es sólo una de ellas.

jueves, 26 de diciembre de 2024

GAZA, UN GENOCIDIO QUE NO CESA


Un ejército ocupa todos los espacios de Gaza. Los cuatro puntos cardinales saben de él, ninguno se libra de su presencia. 45.000 efectivos lo componen cuando aún no ha terminado diciembre de 2024, pero a medida que avanzan los días ese número no para de incrementarse. Desmembrados y sangrantes los más, o reducidos por el hambre y la sed hasta constituirse en pálido reflejo de sí mismos, sus componentes a nadie infundirían miedo. No sólo porque buena parte son niños, que, en lugar de abrir los ojos para descubrir el mundo, los desencajaron ante el horror. Es que, además, sin haber emprendido batalla alguna, todos, familias enteras, han sido derrotados, están muertos. Y, sin embargo, los vencedores ignoran que el poder de estos desdichados radica, precisamente, en su condición de víctimas. No portan balas o bombas como las que los mataron, nunca las llevaron consigo; pero tienen, no obstante, más allá de la vida, mejores armas que enfrentar al asedio o la metralla que terminaron con su existencia: sus historias, inacabadas, una tras otra, por el Estado de Israel. ¿O acaso no nos conmoverán, no nos indignarán esas biografías truncadas, tantas ilusiones rotas? ¿No son suficiente motivo para moverse, para llenar calles y plazas, exigir el cese de la matanza y aislar y conducir ante el Tribunal Penal Internacional a los verdugos, ésos que, cuando hablan de animales humanos para referirse a los palestinos que masacran, lo dicen situados ante un espejo que los refleja?


lunes, 7 de agosto de 2023

 UNA TARDE DE PAJAREO EN MONFRAGÜE

(Mayo, 2023)


Veo un pájaro que va muy alto, pero me llama la atención, sobre todo, su velocidad. No lo pierdo de vista enseguida porque, andando el cielo, va y viene, como poseído por un afán lúdico o como si se estuviera entrenando para empresa más lucrativa. Lo busco con los prismáticos y cuando consigo esquivar al bando de buitres que sobrevuela, verifico su identidad de halcón peregrino. Un rato se está en ese aire, antes de perderse en pos de horizontes lejanos. En tanto, entre la pléyade de leonados se ha colado uno negro, que parecería otro más, de no ser por su mayor envergadura, su cola en cuña y el color. No puedo admirarlo mucho tiempo, que en el acantilado que tengo enfrente me reclama un crotorar conocido, sólo que estas cigüeñas que han buscado para anidar el Salto del Gitano, que se desploma sobre el río Tajo, no son blancas, como las de los campanarios, sino negras. A sus pollitos, en cambio, parece haberles caído nieve encima. Me regalan una imagen tierna, rebullendo entre el rojo de las patas de alambre de sus progenitores.
Siempre me cuesta abandonar este roquedo, aunque sea con la intriga de saber qué nuevos e insospechados encuentros me aguardarán. Como para premiar ese sacrificio, al poco de tomar una bifurcación que se abre en la carretera a Plasencia, en las proximidades de Villarreal de San Carlos, me llama la atención un cicleo. No iban las águilas a hurtarme su imagen en éste que parece ser mi día de suerte (en el que mucho he de agradecer a Chus y Gerardo, amigos biólogos que me acompañan). Dos culebreras, incansables, trazan círculos en las alturas. Las miro y las remiro, sin hacer caso a las advertencias que me envía el cuello, quizás amenazándome con una inminente tortícolis. Será a la postre otro avistamiento el que me arrancará de tan obsesiva contemplación.
Son también una pareja de rapaces las que descansan sobre el travesaño de una torreta de alta tensión. Una al lado de la otra, encaran un sol tardío abandonándose al roce de la brisa que viene del sur. Se dirían pacíficas vecinas del encinar que tupe las laderas y corona las cumbres de montañas bajas de un entorno verde, que se torna azul en las aguas del Tiétar, ya muy próximo a entregarse al Tajo. Engañan, no obstante, las apariencias. Su placidez esconde una agresividad que en nada envidia, si no la supera, a la de reales o imperiales. Son dos perdiceras, que deben tener el buche lleno para estar tan despreocupadas por llenarlo.
Más tarde, en las inmediaciones de las Portillas del Tiétar, la disposición en extraplomo de una roca sobre el río ofrece techo a un nido de cigüeña negra. Bajo su estructura de embudo se refugia otro, éste de alimoche. Algo hay en la pinta de este último que me evoca siempre la figura de un viejo, pero no sabría decir qué. Concierne a su físico, a su cabeza, quizás a la disposición de los ojos... Eso ando dilucidando cuando me advierten de que dirija los prismáticos al espacio que hay detrás de mí. A unos cientos de metros de jarales florecidos, un enorme buitre negro hace posadero de la quima de un árbol del que parece formar parte, tal es su quietud.
Podría ser su descubrimiento el final de una salida ornitológica ya muy afortunada. Pero será unos cientos de metros más allá, en Las Portillas del Tiétar donde nuestra suerte pondrá la guinda al pastel que llevamos horas saboreando. Colonizan las escarpaduras de este paredón buena cantidad de buitres leonados. Venimos buscando, sin embargo, otra cosa, que el telescopio nos trae. Semejan oscuras excrecencias que sobresalen de la piedra, como extrañas formas esféricas. Pero tienen ojos, muy bellos, de un color anaranjado y, convertido en aliado, el aire les remueve las plumas: ¡Son pollos de búho real!

Cuando la tarde se va, y nosotros con ella, yo me los llevo en las pupilas. Y, de fondo, a tantas aves como nos han salido al paso.

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domingo, 30 de julio de 2023

 

LA MUJER DE LA SILLA DE RUEDAS

 

Iba por el centro de la ciudad espoleado por una de mis prisas, que, no obstante, había de retener. La acera no era muy ancha y que estuviera muy concurrida no ayudaba a avanzar con rapidez. Y todavía hube de ralentizar, enseguida, aún más, mis pasos. Acababa de encontrarme con una silla de ruedas, cuya marcha era más lenta que la mía.

   En cualquier otra circunstancia, hubiera hecho malabarismos por sobrepasarla. Pero no lo hice: algo había en ella que me llevó a acompasar mi andar al suyo, y no fue su ocupante. Éste era un anciano que mostraba signos evidentes de hallarse imposibilitado para desplazarse por sí mismo. Nada que resultara extraño. La población envejece y cada vez se vuelven más notorias en las calles de nuestras ciudades las consecuencias de esa longevidad. Así que no fue eso lo que llamó mi atención y aplazó por un momento mis urgencias. Es que había reparado más en quien empujaba que en su carga.

   Todo en aquella mujer denotaba lo penoso que le resultaba el esfuerzo que hacía. Fijaba la mirada, como si la hubiera perdido en un infinito cansancio. Inclinaba el cuerpo hasta dibujar una pronunciada curvatura en el aire y las manos, nervudas y engarfiadas, se agarraban de tal modo a la barra trasera de la silla de ruedas que más parecían aferrarse a un andador buscando sujeción para no dar con sus huesos en tierra que un asidero para impulsar el vehículo hacia delante. No debía de pesar casi nada, pues la carne apenas le daba para cubrir el esqueleto. Coronaba su pequeña figura una mata de pelo ralo y blanquecino. La boca se le abría sin hablar, tan solo jadeaba por la fatiga. Calculé que no volvería a cumplir los ochenta años.

   No podría decir si había más de ternura o de patetismo en la escena. De lo que sí estoy seguro es de que la una y el otro estaban presentes.

lunes, 10 de julio de 2023

EL HOY QUE NO QUEREMOS AYER
 
Han transcurrido muchos años (estábamos en los 70 del siglo XX) y aún no lo he olvidado. Yo era un joven profesor de Literatura en el por entonces instituto femenino de Avilés. Había venido al centro un inspector de Educación, cuyo nombre no recuerdo. Se mostró francamente indignado ante varios docentes, entre los cuales me hallaba. ¿Y cuál era el motivo de tan mayúsculo enfado? No entendía cómo no habíamos dado al fuego un banco de madera que había visto en el patio de recreo. En su respaldo, alguien había escrito una leyenda que merecía no ya su desaprobación, sino la mayor de las condenas. Decía la inscripción: “La virginidad produce cáncer, vacúnate”. Me acuerdo de que no tuve que meditar la respuesta, me salió instantánea: ¿Deberíamos quemar también “La Celestina”, que descansaba en algún estante de la biblioteca y que, para mayor escándalo, dábamos a leer a las estudiantes, al menos fragmentariamente? Contaba yo con que aquellos tiempos bárbaros habían pasado a la Historia cuando veo en los periódicos noticias de este calibre: - Censurada en la programación del cine de verano la película infantil de animación de Pixer y Disney “Lightyear” por una secuencia en que aparecen besándose dos personajes femeninos. Sucedió en la localidad cántabra de Santa Cruz de Bezana. Ostenta la concejalía de Cultura VOX, y el PP la alcaldía. - En Valdemorillo (Madrid) ha sido vetada la representación de “Orlando”, adaptación de la novela homónima de Virginia Woolf que habla de un hombre que pasa a ser mujer y muestra la distinta forma de trato de la sociedad. La concejalía de Cultura recae también en este caso en VOX. Adivinad qué partido dirige el consistorio. - En Getafe, VOX exigió desde la oposición, aquí sin el resultado que apetecía, al Gobierno municipal (socialista) retirar las insinuaciones sexuales de la escenificación de “La villana de Getafe”, obra del Fénix de los Ingenios Españoles, Lope de Vega. - “El mar, visión de unos niños que no lo han visto nunca” es, también, teatro. Está basada en la figura del maestro republicano Antonio Benaiges, fusilado, como tantos otros de su profesión, en el verano de 1936. El nuevo alcalde de Briviesca (Burgos), del PP, ha cancelado la actuación. - En instituciones comandadas por el PP y VOX se han retirado banderas LGTBI. Cabe señalar que durante esas fechas se celebraba el Orgullo Gay. Y suma y sigue... ¿Y qué queréis que os diga? A mí me parece que esto es como si el bloque PP/VOX fuese desgranando medidas de su programa cultural. En la práctica del día a día, que es como mejor se entienden. Sólo les falta revelar a quién propondrían como ministro de Cultura si ganaran las próximas elecciones. Visto lo visto, el inspector que visitó en el instituto femenino de Avilés hace casi medio siglo podría ser un buen candidato al puesto. Como para no acudir a votar el 23 de julio…

viernes, 7 de julio de 2023

 

23 J: FRENTE AL PESIMISMO

Sólo si la izquierda no se moviliza ganará la derecha el 23 de julio. Una derecha muy escorada hacia el extremo, dispuesta a acabar con cualquier atisbo de progresismo que no encaje en su ideología, abiertamente reaccionaria: día tras día -en la constitución de ayuntamientos o parlamentos autonómicos, en sus declaraciones y actitudes- está dando pruebas de su talante. Me inquieta el pesimismo que parece haberse instaurado en muchos sectores de opinión, según el cual es prácticamente seguro que PP y VOX obtendrán la mayoría absoluta que necesitan para dar rienda suelta a sus desmanes. No se puede encarar una batalla con moral de perdedor. Salgamos a vencer y muy probablemente venceremos. Y no me refiero sólo a los partidos (yo no estoy en ninguno). También a las gentes de a pie, que contemplamos con horror la que podría venírsenos encima si no peleamos. Convirtámonos en militantes, no digo de carné, pero sí de ideas y de consecución de votos. Ésta no es únicamente una batalla a nivel institucional, de unas organizaciones políticas frente a otras. También lo es de la sociedad civil. Miramos a veces sucesos terribles y nos sentimos impotentes para ponerles remedio. Éste no es el caso. Todos podemos aportar algo, salir del silencio y la conformidad. Actuemos en nuestro medio, en las redes sociales, allá donde tengamos posibilidades de llegar a alguien. ¿Que somos, individualmente considerados, muy poco? Quizás. No olvidemos, sin embargo, que si un grano no hace granero, sí que ayuda al compañero…

martes, 23 de agosto de 2022

 

“El viaje a los cien universos”, de María Toca

 

   Me gustan esas novelas a cuyos protagonistas siento que podría tropezármelos cualquier día, tal ha sido el acierto con que han sido creados que los tendría por personas. Los conozco bien, porque me ha sido dado asomarme a su vida y a su mente. Sé de su carácter, sus pensamientos y valores, su relación con los demás, sus reacciones. Tampoco se me escapan los contextos que habitan.

   Viene a cuento esta digresión porque termino la lectura de “El viaje de los cien universos” y constato que Clara Pacheco es uno de esos personajes. Trae consigo, además, un entorno de gentes, pero también de situaciones históricas oportunamente aludidas, que en alguna manera la influyen y explican el mundo en que se desenvuelve: la España de posguerra y segunda mitad del siglo XX.  Nadie es sin su circunstancia, tampoco en esta ficción.

   Merecen la pena las descripciones de esta obra por su precisión, aunque a mí me llamen más la atención cuando evocan impresiones o percepciones sensoriales. En cuanto a los personajes, no se detiene María Toca en el aspecto exterior, ni relata desde fuera, como podría si adoptase el papel de mero testigo de los hechos. Estamos ante una novela introspectiva, de narrador omnisciente, que ahonda minuciosamente en caracteres y sentimientos: de la protagonista sobre todo, pero también de quienes van surgiendo en su periplo vital. Estos aportan, por otra parte, una visión particular de ella, lo cual amplía su caracterización.

   El viaje de los cien universos da cuenta de la historia de una ambición o, lo que en este caso es lo mismo, de una superación constante, de una búsqueda que no detendrá a Clara Pacheco hasta alcanzar lo más alto, con una infancia humilde en una apartada aldea cántabra como punto de partida. Me resulta llamativa su capacidad para aprovechar cualquier oportunidad que se le presente, que no le llega porque sí, sino porque va a por ella. En ese camino con iniciales e importantes renuncias afectivas que no parecen afectarla, se procurará apoyos de hombres y mujeres que vayan facilitándole la subida de peldaños. He creído ver en su forma de actuar con los demás lo que llamaría un cierto desapego sentimental, que no lleva necesariamente aparejado el desentendimiento. Hay excepciones donde sí manifiesta un profundo cariño, como la relación especial que mantiene con el viejo maestro don Justo o con el torero Morenito de Córdoba. Llamativos me han resultado también, en este sentido, los reencuentros con personajes de su pasado, aunque en los casos más trascendentes no se produzcan a iniciativa suya.

   La estructura de la novela es en general lineal, cronológica. Y digo en general porque solo avanzado el relato cede ante otro argumento, con una coprotagonista venida de un ayer que Clara Pacheco ha dejado muy atrás, y que se intercala en el guion principal, transcurriendo en paralelo. Desde mi punto de vista, constituye un acierto ese desdoblamiento. En primer lugar, porque evita la reiteración del mismo esquema narrativo, ya que en un momento dado se le presenta a la protagonista otra persona importante de sus primeros años, sin que por ello se altere la unicidad de la trama. Y, sobre todo, porque da pie a conocer con mayor detalle a este nuevo-viejo personaje. Encima, se aumenta la tensión dramática a ojos vista. Sabemos que el desenlace se aproxima y percibimos que algo va a tener que ver en ello la confluencia, por lo demás anunciada, entre las dos historias.

   No terminaré esta reseña de “Viaje a los cien universos” sin aludir a un detalle que, pese a su importancia, no he citado hasta ahora y que no habrá pasado desapercibido. ¿En qué ha triunfado Clara Pacheco? El mundo de la cosmética y el embellecimiento de la mujer (del hombre en mucho menor grado) es el ámbito donde obtiene el éxito. Poco -y me parece que exagero en mi conocimiento al utilizar ese adverbio- sé yo de ese universo. Y, sin embargo, esta novela ha prendido mi interés. Mayor elogio no le puedo hacer.

miércoles, 1 de julio de 2020


LIBRE Y SALVAJE, de Ignacio Dean

La gran aventura de la vuelta al mundo a pie, subtítulo de este libro, nos dice por dónde andaremos –nunca mejor dicho- si nos adentramos en sus páginas. No menos ilustrativa es la imagen que completa la portada. Nos mira una cabeza masculina, circundada por una gorra con protectores laterales que se cierran en el cuello y sólo dejan ver un rostro joven. La visera le sombrea los ojos, que  las gafas de sol, que cabalgan la cabeza, no ocultan. Está muy bronceada esa cara. A su espalda, una señal de tráfico representa, esquemática, la silueta de un canguro que da un brinco, como si se dispusiera a abandonar el fondo amarillo del cuadrado que lo acoge. Debajo, en tierra, descansa un carrito de hierro y lona azul, parecido a los de la compra. En las proximidades, una carretera se abre camino entre un paisaje marrón y verde. Arriba, el cielo es intensamente azul.
   Ignacio Dean, protagonista de la aventura que él mismo narra, salió de la Puerta del Sol un jueves, 13 de marzo de 2013, y retornó a ese punto de partida un sábado, 20 de marzo de 2016. Entre ambas fechas transcurrieron 1095 días, 31 países de 4 continentes lo vieron pasar, más de 33.000 kilómetros le desgastaron, uno tras otro, doce pares de zapatillas…
    No fue fácil. Al esfuerzo físico, se sumaron episodios propios de una verdadera odisea: “…presenció un atentado terrorista en Bangladesh, estuvo frente a un rinoceronte en las junglas de Nepal, escuchó dingos aullando alrededor de su tienda de campaña en Australia, probó la ayahuasca en Perú, le intentaron asaltar con machetes miembros de las maras en El Salvador, contrajo la fiebre chikungunya en México…”*.
   Al final, le esperaba Ítaca, que no era, como para el héroe homérico, tanto un lugar físico, que también, cuanto la propia superación personal, el saberse vencedor de un reto sin parangón. Como él mismo dice: “Una demostración de que no hay nada imposible, de lo que somos capaces de lograr cuando nos proponemos un objetivo y luchamos por él”.
   Atrás quedaban jornadas diarias que superaban cualquier maratón, lluvias de las que no cesan y soles que a menudo abrasan, vientos empeñados en dificultar la marcha, y todos los relieves, así de elevadas montañas como de llanuras sin más límite que un horizonte que nunca se alcanza; paisajes de tierra adentro, mares que dibujan costas… el mundo en toda su diversidad y plenitud, con su hermosura y su dureza.
   De cuando en cuando, se encuentra con gentes que le dan cuartel: lo alojan en sus casas, lo socorren con provisiones, lo auxilian en las dificultades, incluso le sirven de guías en ciudades populosas. Algunas de estas personas conocen de su aventura por la prensa de sus países, otras detienen el automóvil al encontrárselo fortuitamente en la carretera, o contactan con él on line, pues lleva consigo un ordenador. Éste es un aspecto que parece secundario, pero que adquiere un relieve peculiar. Como si nos indicara que por muy individual que sea una hazaña, siempre hay que considerar el contexto humano que la posibilita, la solidaridad que suscita.
   Aunque lo que de verdad me asombra es la capacidad que muestra Ignacio Dean para superar la soledad. El itinerario fue infinito y cambiante, casi siempre sin nadie al lado. A veces, hablaba y su voz fue su única compañía, o cantaba, como un ave más. Pero sobre todo pensaba. Qué de cosas no se le pasarían por la cabeza: el sentido de su gesta, que también quería ser un llamamiento a la conservación del planeta, verificar el estado de sus ecosistemas, ver la belleza del mundo; la fuerza de voluntad que había de derrochar, los riesgos a que se enfrentaría, el recuerdo de los suyos y la nostalgia subsiguiente. Y cuestiones prácticas (el avituallamiento, en qué apartado paraje plantaría la tienda).
   Merece la pena leerlo...

*Cita textual de la contraportada del libro, publicado por Zenith, sello editorial de Editorial Planeta.

martes, 2 de junio de 2020

“LA SOMBRA DE LA RUTA DE LA SEDA”, de Colin Thubron

Yo pensaba que ya no existía gente así: alguien que a finales del siglo XX se pusiera a recorrer 11.000 km, Asia Central adelante, solo, sin contar con la seguridad de un medio de transporte contratado previamente para el sucederse de los días; sin saber en qué cama  dormiría cada noche o qué comería y dónde, con quién  conversaría. Pero me equivocaba, sí que hay personas de ese calibre. Quien quiera comprobarlo no tiene, por ejemplo, más que meterse en las páginas de este libro y encontrarse con Colin Thubron y su peripecia.
   Se dará cuenta, entonces, de que ser viajero implica, necesariamente, entregarse a la aventura, con un espíritu que oscila entre la temeridad y la confianza en uno mismo y en los demás. Cómo, sin partir de esa premisa, podría alguien emprender una ruta que discurre desde Xian hasta Anatolia, atravesando Kirziguistán, Uzbekistán, Afganistán, Irán. No hacer ascos a un autobús, por destartalado que esté, a la caja de un camión, a vehículos privados que piden a gritos el retiro, a trenes que conducen a lo que parece ser ninguna parte. Alojarse donde pinte, ya sea como único huésped de un hotel sin estrellas de un pueblo perdido, ya en casas particulares. Interesarse por cómo viven y obtener respuestas de quienes, a su vez, esperan las suyas. Desafiar una epidemia de neumonía atípica, que se hace viral durante su travesía y lo detiene más de lo que quisiera en las fronteras. El lector constata cómo se las arregla, no sólo para entenderse en idiomas dispares, también para salir adelante en las situaciones que se le plantean. Ello no sería posible sin contar con la hospitalidad, o al menos el respeto, de las gentes con quienes va entrando en contacto. El afán por saber del otro también lo tienen ellos.
   Transita, por carreteras que a menudo no son tales, paisajes de montañas enormes, inacabables planicies, desiertos y oasis, ciudades y aldeas. Desde el presente de sus encuentros, con las frustraciones y expectativas de los habitantes, hace incursiones a un pasado rico en historia y leyendas. Habla de los pueblos que allí habitaron, de quienes los acaudillaron, de las huellas que dejaron, Y no sólo lo cuenta, también lo ve. Se interna en monasterios budistas, habla con monjes; se desplaza hasta olvidados mausoleos o tumbas, fortalezas en ruinas.
   Con él, descubrimos un mundo ignoto,

domingo, 17 de mayo de 2020

PATRIOTAS SIN PATRIA EN EL BARRIO DE SALAMANCA

Veo en televisión a un energúmeno atizándole duro a una señal de tráfico con un palo de golf. No se esconde ni está solo. Cerca, decenas de individuos de ambos sexos, diversidad de edades y parecido pelaje (fino) golpean cacerolas. Son vecinos del madrileño barrio de Salamanca que se envuelven en los colores rojo y gualda y dan gritos pidiendo “libertad” y la dimisión del Gobierno de la nación. Al pronto, pienso que son una pandilla de insensatos, pues persiste el estado de alarma para hacer frente al coronavirus y pese a ello han bajado multitudinariamente a la calle, dando una oportunidad extra a la propagación del virus.
   Enseguida, se me ocurre que también son unos insolidarios, que muestran una considerable deslealtad hacia el resto de sus conciudadanos. Que no contemplen la posibilidad de infectarse puede ser su problema, tal vez un indicio de su estado de salud mental. Ven la vida con orejeras derechistas y se obnubilan. Pero si se contagian, transmitirán a otros, que nada tienen que ver con su fanatismo, la enfermedad. Además, necesitarán quien los cuide, y el personal sanitario bastante ha hecho ya como para merecer un mayor sacrificio.
   Agitan enseñas de España en tanto ponen en riesgo a sus gentes. ¿Qué representarán para ellos esos símbolos?
   El ordenamiento jurídico les trae al pairo. Y tienen valedores, quizás debería decir cómplices. El Partido Popular y sus socios ultras de la extrema derecha han salido en su defensa. Están en su derecho de protestar, arguyen, como si alguien se lo negase. Pero desde los balcones, donde no pueden contagiar a otros. “Manteniendo las medidas de seguridad vigentes”, añaden para justificar su adhesión. Y uno no sabe qué es más repugnante, si tratar de sacar partido a la crisis provocada por la irrupción de la covid 19 valiéndose de la insensatez de algunos de sus correligionarios, o la hipocresía de que hacen gala. ¿Medidas de seguridad? ¿Es que no han visto las fotos de la calle Núñez de Balboa? Miran para otro lado. Ellos no están aquí en lucha contra la pandemia. Lo suyo es derrocar al Gobierno.

P.D. Me había propuesto comentar los  libros de viajes que estoy leyendo durante la cuarentena por la COVID-19, pero…  

lunes, 11 de mayo de 2020

DE VIAJE, PESE AL CORONAVIRUS

Había leído libros de viajes, claro. Y no me refiero a las guías de países que visité, que también, sino a aquéllos escritos por descubridores, cuando no aventureros, que contaban lo que vieron antes que nadie, con esa mirada asombrada, ávida por conocer geografías o sociedades alejadas de su propia cultura. Siempre me interesaron lo suficiente como para hacerles un hueco entre la lectura de obras de ficción. Me admiraba –me admira- tanto el arrojo y la determinación de sus protagonistas como los mundos con que se topan. Sus palabras ponían a trabajar a mi imaginación, sentía que sus ojos trabajaban para los míos. Sus observaciones nutrían mi curiosidad.
   Sin embargo, ahora, puesto a la faena, aun siendo lo mismo, resulta diferente.
   Estamos confinados, sin apenas salir del domicilio particular, por orden del Gobierno, que, con la aprobación del Congreso de los Diputados, ha decretado el estado de alarma en todo el país. Llegue este artículo a donde llegue, no hará falta que explique por qué. El virus puñetero –coronavirus, le llaman, por otro nombre covid 19- ha acorralado a la Humanidad entera, dejando a su paso un reguero de muerte y desolación, obligando, para huirle, a la reclusión universal.
   ¿Y qué puede uno hacer, enclaustrado entre cuatro paredes, además de espiar con envidia cómo tras los cristales sigue fluyendo la primavera, ninguneándonos, totalmente ajena a nuestros pesares? Cada persona habrá diseñado su propia estrategia de espera. La mía ha consistido en escapar. Físicamente me era imposible, no sólo porque no me dejaban, es que tampoco tenía adónde, pues en todas partes están igual. Pero otros pies caminaban por los  míos.
   El mundo volvía a ser ancho, de la mano de viajeros que vinieron en mi auxilio, y me sacaron del ostracismo general, o, al menos, lo atenuaron. En justa reciprocidad, he decidido dar fe de esos relatos que hicieron de mi ocio forzado oportunidad para saber y disfrutar de espacios y vidas distantes y de las gestas de quienes me los acercaron. Enseguida verificaréis que aún quedan alas con que volar…

martes, 10 de marzo de 2020


UN ESCUDO CONTRA NOSOTROS MISMOS

Lo ha dicho la señora Úrsula von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea, que Grecia es nuestro escudo en estos tiempos, y yo estoy mascando ortigas, como Max Estrella, el personaje valleinclanesco, cuando se entera de que las fuerzas del orden se excusan en la ley de fugas para asesinar a un preso anarquista. Un escudo es un arma, que se utilizaba en situaciones bélicas para protegerse de agresiones de enemigos. Hay, por tanto, un mensaje que subyace en las palabras de la mandataria, que habla en nombre, no lo olvidemos, de los ciudadanos de la Unión Europea. Vivimos en peligro y los helenos nos defienden.
   ¿Y quiénes son esos sujetos que nos asaltan? Los hemos visto en fotografías de los periódicos, en los telediarios, en los escasos huecos que les quedan libres a los medios de prensa después de llenar páginas con el coronavirus. Y se me ocurren mil palabras para definirlos, y ninguna tiene que ver con hostilidad o amenaza. A veces los entrevemos tras plásticos transparentes que han tendido a modo de precarias tiendas de campaña, o tratando de espantar el frío con pequeñas fogatas. También escapando de los gases que les lanza la policía (ésa que, según la presidenta, nos defiende), o quejándose de que los golpean y les roban, si consiguen pasar a Grecia, los móviles, el dinero, incluso la ropa, antes de devolverlos de inmediato a Turquía. Alguno ha perecido, víctima de la represión. Entre esos desasistidos hay numerosos niños, bebés que lloran o tosen casi asfixiados por el humo tóxico en brazos de los adultos. No faltará quien responsabilice a esos padres por haber puesto en riesgo a sus criaturas, que miran con caritas de frío o de susto y a menudo lloran. Nada tranquiliza tanto la  conciencia como disponer de alguien a quien echar la culpa. Pero qué otra cosa podían hacer sino tratar de poner en salvo a los suyos. Muchos son sirios, afganos, eritreos, iraquíes, somalíes... Huyen de la guerra, del hambre… ¿Actuaríamos de distinta forma los europeos, si estuviésemos en su lugar? Llegan a nuestras fronteras sin ánimo alguno de hacernos daño, ni de quitarnos nada. Son ellos quienes necesitan amparo, no nosotros, señora von der Leye, señores dirigentes de una Europa que cada día hacen ustedes menos nuestra con su insolidaridad.

jueves, 27 de febrero de 2020


DOBLE LECCIÓN TEATRAL

La que di y la que recibí. Pasó hace unos años en una localidad de Cantabria con hermoso teatro municipal, muy querencioso para el Colectivo de Dramatización del IES Ría del Carmen, que yo dirigía. Hasta allí se había encaminado nuestra compañía para representar “Y don Quijote se hace actor”, adaptación escénica de las andanzas del ingenioso hidalgo manchego. Montamos focos, dispusimos decorados, ensayamos y aguardamos al público. Serían estudiantes de los institutos y de algún otro centro del pueblo, que en efecto llegaron con sus profesores. Me sorprendió que fueran tan jóvenes nuestros espectadores. A ojo de buen cubero, les calculé 14 años, a la mayor parte. De 3º de ESO, me corroboraron cuando pregunté. Confieso que me alarmé, aunque fuera un poco. Por experiencia sabía que es una edad conflictiva y me preocupaba que les interesara escasamente lo que con tanto mimo y esfuerzo habíamos preparado durante meses.
   “Es una obra pensada sobre todo para 2ª de bachillerato”, advertí a los docentes. Esto es, para aquellos de los que no había rastro alguno en el patio de butacas. Me pareció que mis colegas me miraban entre comprensivos y desacordes. Era una lástima, pero esos alumnos no podían perder clase, les esperaba la selectividad y todo horario se les quedaba escaso.
   Confieso que se me escapó una sonrisa, aunque fuese algo amarga. Entreabrí el telón de boca, que estaba cerrado, para que mis interlocutores viesen el escenario, donde una chica templaba un violín, trazaba pasos de ballet una bailarina y más de un actor o actriz se esforzaban en declamar su papel para sí mismos. “¿Qué edad les echáis?”, inquirí. Acertadamente, supusieron que andarían por las 17 o 18 primaveras. O sea, como los que se habían quedado en las aulas de sus centros, los que yo hubiera querido por audiencia. ¡Como ellos, también nuestros intérpretes habían de hacer frente a la selectividad!
  Ya puesto, les completé la información. Entre aquellos que allí estaban se encontraban quienes, a tenor de las calificaciones que obtenían en las evaluaciones, muy probablemente se harían con las matrículas de honor que se concedían a final de curso. Varios dedicaban parte de su tiempo a asistir a escuelas de danza, a la escuela oficial de idiomas, al conservatorio… Y que no pensaran ellos que la actuación que iban a presenciar sería la única: 15, habíamos programado aquel año, por supuesto contando con la aquiescencia de los participantes, en votación a mano alzada… Aún hoy, jubilado de aquellos quehaceres, me gusta creer que estaba difundiendo una concepción de la enseñanza que ahora llamaríamos transversal. Que iba más allá de la mera instrucción, o de la preparación de las pruebas de acceso para la universidad.
   Pero una cosa no quita la otra. También tuve yo mi lección. El reverso de la moneda me vino enseguida. Tan pronto empezó la función. El público de 3º de la ESO, el mismo al que yo temía, contribuyó con una eficacia deslumbrante al éxito de nuestro trabajo. Guardaban silencio por atender, aplaudían, reían… Lo sentíamos vibrar desde el escenario o entre bastidores. Se había establecido esa comunión que ansía quienquiera que se suba a las tablas para dar vida a un personaje. Y todavía remataron su entrega haciéndonos llegar a los pocos días varios folios repletos de valoraciones escritas a mano y que nos supieron a gloria.  

jueves, 6 de febrero de 2020

AL HILO DE UN CHISTE GRÁFICO DE DÁVILA

Escribo de una crítica materializada en cómic. El humor adopta aquí la forma de viñeta amarga. La palabra se entrelaza con el dibujo y de esa mixtura surge un artefacto de destrucción masiva… de prejuicios. Los de quienes llaman pin parental a un veto a la libertad de cátedra y, sobre todo, al derecho de los menores a una educación que no se termine en el ámbito del hogar. Cuánto se puede decir con tan poco. Pero hora es ya de que desvele la fuente de mis divagaciones.
   Las motiva una ilustración del gallego Davila. En primer plano, vemos, a la salida de una gruta, cubiertos de pieles, a dos humanoides, hombre y mujer, quienes, cual cuadrúpedos que aún son, andan a cuatro patas. Se trata, desde luego, de cavernícolas, en todos los sentidos del adjetivo. Quiero decir que sus ideas en nada desentonan con su arcaica forma de vida. Únicamente habla él. Dos bocadillos encierran sus palabras, enmarcadas por exclamaciones y, en un caso, interrogaciones. Son, pues, gritos, casi alaridos, que denotan asombro y enfado. Están en consonancia con su catadura de energúmeno de cabeza grande, bocaza abierta por la que asoma una dentadura imperfecta, nariz como si fuese personaje de Quevedo y cejas muy pobladas. En conjunto, y pese a la aparente sencillez del trazo, mete miedo. A su lado, la mujer no ofrece una imagen más tranquilizadora. Mira a donde él mira y, aunque callada (ése es otro mensaje, sólo él se expresa), dice por ella el gesto de enfado, inquisitorial  ¿Y qué barbota su compañero?
-         Camiñando de pé!!??
-         Xa están na escola meténdolle fantasías na cabeza!!
   Para quienes no sepan gallego:
-         ¿¿¡¡Caminando de pie!??
-         ¡¡Ya están en la escuela metiéndole fantasías en la cabeza!!
   Y es que la nómina de personajes se completa con un tercero que, en efecto, se desplaza erguido y, a lo que se ve, orgulloso de haber transitado a bípedo. Los escasos palmos que levanta sobre el suelo constituyen una pura manifestación de presunción y contento, que contrasta con la indignada sorpresa de sus progenitores. Es todavía niño, o sea que está en edad escolar.
   Yo lo interpreto como una ingeniosa denuncia de quienes pretenden hurtar a sus criaturas conocimientos o actitudes que no encajan en la propia –y retrógrada- visión del mundo. Como si los hijos fueran propiedad de los padres y careciesen del derecho a saber de la complejidad y amplitud de lo existente fuera de las creencias familiares. ¡Que no les abran los ojos en la escuela! Inmovilismo frente a los avances de la Humanidad (y de la humanidad), cerrazón ante el progreso. No es, precisamente, del colegio o instituto de quien en ocasiones hay que proteger a niños o adolescentes…

lunes, 20 de enero de 2020


ESA DERECHA FEROZ

La derecha española se ha echado al monte, y por ahí anda emboscada, más aún, ajabalinada. Están que trinan, aunque no sean precisamente trinos lo que sale de sus gargantas. Su melodía se hace de imprecaciones y falsedades, de liar un despropósito con otro. El tono es bronco, estridente y desacompasado el ritmo; la letra, de ínfima calidad, por momentos tabernaria, se nutre de la descalificación y no hace ascos al insulto. A tales efectos, lo mismo da que quienes así se comportan asienten sus posaderas en el Congreso o pontifiquen desde una tertulia televisiva. Entre las filas de los conservadores hispanos, el paroxismo se ha vuelto transversal y todo desmán les parece escaso.
   Abocaron al PSOE a pactar con Unidas Podemos y Esquerra Republicana de Catalunya y luego… ¡los acusan de llegar a acuerdos! Y sin concederles siquiera un respiro, se transmutan en agoreros y profetas del mal. Con este Gobierno y esos apoyos, se disgregará España, se perderán 100.000 puestos de trabajo, saldrán del país los inversores… ¡Cielo santo! ¿Hay más?
   Las desgracias nunca vienen solas: Con sus socios, Sánchez, “un ultra”, pretende “atentar contra la legalidad, la tolerancia, la propiedad privada, el libre mercado, la libertad individual y de prensa”, Pablo Casado dixit, y no se quedó ahí: “La democracia española ha tenido dos grandes enemigos: los terroristas y los golpistas. Hoy les ha puesto nuestro futuro en sus manos, a costa de desmembrar el Estado y liquidar el socialismo constitucional”.
   Quisieron que la investidura no tuviera un final feliz, y en ese empeño no escatimaron esfuerzos, por poco finos que fueran. Se llamó a los barones del PSOE para que se rebelaran y a sus congresistas para que votaran en contra de su propio candidato. El diputado de “Teruel existe” denunció presiones y pintadas amenazantes para que no apoyase al candidato a la presidencia del Gobierno. Se trató de sembrar la discordia con Esquerra Republicana, maniobrando ante la Junta Electoral Central…
   Y ya niegan al Gobierno pan y sal de cara al futuro, incluso para la renovación de instituciones determinantes, como el Consejo General del Poder Judicial, el Tribunal Constitucional o Radio Televisión Española. Y es que el sentido de Estado de la derecha montaraz que padecemos pasa por un axioma irrefutable: el Estado son ellos. Fuera de su congregación, no existe sino la usurpación, la traición, la ilegitimidad.   

viernes, 3 de enero de 2020


VOX: NI AGUA, AUN SI SUPLANTADO

Imagínate una tarde de domingo, en casa, relajado, embutido en bata y zapatillas. Te las prometes muy felices. Vas a compartir la jornada con tu mujer y tu hijo, que ya ha aprendido a reclamar vuestra atención balbuceando desde su lengua de trapo. Nunca se cansa de que juguéis con él.
   Llaman a la puerta, abres. Son dos hombres, uno joven, el otro peina canas. Llevan una bolsa blanca, de plástico. En un español sin acento foráneo (quiere decirse que no son extranjeros), te dicen que son del banco de alimentos de Vox, preguntan si puedes colaborar. Hombre, pues a ver.
   Se me ocurre al pronto que igual son suplantadores, que se hacen pasar por elementos ultras, de extrema derecha, para hacerse fraudulentamente con un botín. No me convenzo del todo a mí mismo con esa suposición. De un lado, si les dieran algo, el beneficio obtenido por fuerza sería exiguo. Y para propio consumo tampoco querrán un paquete de arroz o una botella de aceite. Ahí están el banco de alimentos de verdad, o la cocina económica, ongs que socorren a necesitados, donde podrían recurrir en busca de auxilio.
   Por otra parte, buena ocurrencia no parece el presentarse en nombre de Vox, una organización con una pésima fama entre mucha gente de este país. Me cuento entre quienes sienten ante sus postulados retrógrados no sólo repudio, sino la mayor de las repulsiones. Se me hace difícil pensar que un timador se haga pasar por ellos para obtener nada de nadie (salvo que vayan a tiro fijo, al domicilio de simpatizantes, que por desgracia los tienen).
   Pero entonces, si no se trata realmente de un engaño, ¿serán ese par de individuos quienes dicen ser? Y si fuera así, ¿no deberían advertir a los potenciales donantes de adónde no irán a parar sus dádivas? A tono con sus habituales declaraciones y posicionamientos xenófobos, no los vería yo distribuyendo sin discriminación alguna las ayudas entre los necesitados. ¿A inmigrantes sin papeles, menores extranjeros no acompañados? ¡Uf! Casaría mejor con sus planteamientos que se las entregasen exclusivamente a pobres de aquí y que, además, se lo hicieran saber...
   Llegado a este punto de mis divagaciones, debo reconocer que preferiría que quienes timbraron en el domicilio de mis amigos fueran unos impostores. Pero no sé.