lunes, 11 de abril de 2016

SARDINAS RELLENAS

¡El poder evocador de las palabras...!
  La sola mención a las sardinas rellenas me transporta, en un viaje a través del tiempo, hasta un prado muy verde donde despuntaba algún árbol y se erguía un chamizo de paredes blancas. En su interior albergaba un batiburrillo de enseres que, un algo destartalados, aguardaban la ocasión de volver a ser útiles.
    Allí estaban las cortinas viejas de que se servía mi padre, si era domingo y hacía bueno, para armar una techumbre a modo de parasol cuya sombra nos resguardaría mientras comíamos. Todavía me parece verlo, afanado en atar los extremos de la tela a la rama de un ciruelo, o a un palo robusto que ejercía de poste.
   Del caseto salían también sillas y banquetas, que recuerdo variopintas, pues ninguna era igual a otra, ni parecida siquiera. Las disponíamos en torno a unos tablones de madera, que se sostenían sobre unos pivotes de cemento y ya teníamos mesa, rudimentaria y comunal.
   La familia era numerosa –somos ocho hermanos, alguno ya por entonces con pareja- y la algazara, general.
   Este era mi restaurante de 5 estrellas. Me acuerdo de que divisábamos el mar lejano y que cogíamos la fruta del árbol. De los gorjeos de los mirlos y de cómo la hierba atenuaba el sonido de una piña al chocar contra el suelo. Y de las sardinas rellenas, sin las que nada hubiera sido lo mismo.
   Todo había empezado el día anterior, en una plaza de abastos de A Coruña. En aquella fase inicial, nos jugábamos el todo por el todo. Era la hora de encomendarnos a la experiencia de mi madre. Conocía bien los puestos mejor abastecidos y donde ponía la vista saltaba la sardina más fresca y de mayor tamaño. Con tan preciado botín, llegaba a casa.
   Desconozco de dónde sacaría la receta mi padre, supongo que de mi abuela. En todo caso, fue de él de quien yo la obtuve.
   Lo primero que hacía era descabezarlas y abrirlas en canal. Les quitaba entonces las espinas, que nada pintan en este plato, salvo el sobresalto de un pinchazo para quien las coma.
   En una sartén, doraba cebolla muy picada, que rehogaba con el añadido de trocitos de jamón. Aparte, en un cuenco, remojaba miga de pan en leche, que luego escurría. Enseguida lo mezclaba todo y añadía algo de perejil. Encima, cascaba un huevo y revolviendo obtenía una masa consistente.
   Rellenadas las sardinas con esa pasta, las cerraba en forma de libro, las rebozaba en harina y las iba friendo en aceite bien caliente, cuidando de que fuera primero por el lado por donde las había abierto.
   Para que se les fuera la grasa, según las sacaba de la sartén, las colocaba sobre papel de cocina. Y ya sólo quedaba airear bien la casa y esperar a que llegase el mediodía en el campo.

   Estaban tan ricas que no quisiera que perduren únicamente en mi memoria...

lunes, 4 de abril de 2016

SEMBLANZA DE Fátima Báñez

Es asunto peliagudo hablar de la nada (y más todavía sin ser nihilista). Cómo tratar, sin embargo, de un personaje público como el que me ocupa sin que tal palabra se cuele en lo que escribo.
   Confieso no entender el porqué de la sonrisa que se le dibuja en la boca, perenne como hoja de alcornoque. Se diría, viéndola, que es la ministra más feliz del Gobierno de España, y no por estar en funciones y a punto de dejar el puesto, que eso se entendería, dados los resultados de su mandato. Ya antes, durante los cuatro años que lleva ejerciendo, pertinazmente ostentaba esa muestra de alegría sin par.
   Tentado estoy siempre a pensar en un fingimiento, casi en una mueca que fuese con el sueldo, un poner a mal tiempo buena cara, un disimulo. Pero parece insólitamente sincera esa expresión de contento, como si reflejase lo bien que se lo pasa en el desempeño de sus funciones.
   ¿Es manifiesto impudor, le importa un comino todo? ¿o  responde ese gesto a la inconsciencia pura de quien ignora dónde está pinada? Claro que peor sería, aún, que creyese que lo está haciendo a plena satisfacción.
   Se cuentan por millones los españoles que no encuentran el trabajo que justificaría la existencia de un ministerio con un nombre como el del suyo, otros muchos subsisten en condiciones de extrema precariedad, miles de jóvenes titulados buscan en el extranjero el empleo que aquí se les niega, la caja de las pensiones se vacía... ¿de qué se ríe?
   Debe de ser muy feliz en su vida privada. Pero incluso dando por supuesto que sea así, ¿cómo se las ingenia para que no se la amargue su actividad pública? ¡Se me antoja tan difícil dividir una existencia como la suya en compartimentos estancos, particular el uno, político el otro!
   ¿O se librará de polvo y paja transfiriendo la responsabilidad de su gestión a un tercero?  Hasta en eso es su conducta peculiar: yo la recuerdo encomendando la salida de la crisis a la virgen del Rocío. Si resulta un tanto paradójica en un Estado que se dice aconfesional la confianza en semejante amparo, tiene la innegable ventaja de que nadie podrá pedirle que rinda cuentas, por mal que vayan las cosas…

lunes, 28 de marzo de 2016

TERRORISTAS SUICIDAS

La fotografía está tomada en el aeropuerto de Bruselas, por una cámara de seguridad. Faltaba sólo un momento para que el aire se llenase de humo y de olor a explosivos, de gritos y lágrimas, y el suelo enrojeciese de sangre.
   Destacados con nitidez en el centro de la imagen, tres hombres empujan sendos carritos, con maletas. Parecen viajeros que se dirigieran a una ventanilla donde facturar su equipaje. Pero son los únicos que saben que van a morir, de las muchas personas entre las que se abren camino y a quienes se disponen a matar.
   Cada paso que dan los acerca al desenlace fatal. ¿Habrán ingerido alguna sustancia que actúe como vacuna contra el pánico, o será tan sólo el fanatismo lo que  anule su instinto de supervivencia? Tal vez sus ojos no vean ya sino el paraíso que les prometen sus guías  más allá de este mundo.
   Mirándolos, me pregunto cómo habrá transcurrido esta última noche para ellos, si habrán dormido, así sea malamente. Aunque más bien los supongo en vigilia, centrados en la siniestra tarea de poner a punto las bombas que detonarán en medio de la multitud, o partícipes de alguna ceremonia de rezos y cánticos.
   ¿Desayunarían esta mañana, se habrán aseado, saludaron a algún vecino en la escalera? En el taxi que tomaron quizás evitaron toda conversación, pero en sus mentes no pudo hacerse la nada. ¿Cómo ocuparon ese discurrir? ¿Borraron de sus cabezas la mañana, la tarde, que iban a seguir siendo, ya sin ellos? ¿Pensaron, siquiera un instante, en sus víctimas? ¿Se les apareció la estampa de sus madres, de sus padres desolados? Me cuesta imaginarlos pagando la carrera, guardándose la vuelta, diciendo adiós al chófer, como si nada fuera a ocurrir. Es difícil encajar en la rutina cualesquiera de sus actos.
   En la terminal, se les ve serios, pero sin que nada revele en sus rostros el terrible propósito que los guía. Tal vez esquiven a algún pasajero que les estorba el paso o se les viene inadvertidamente encima, quizás, incluso, se hayan disculpado por un roce o un amago de choque.
   ¿Se habrán acelerado sus pulsos según se les iba acabando el tiempo? Aunque a mí me interesaría más saber si sus ojos se han cruzado con otros ojos. Ojos ajenos, soñolientos por lo temprano de la hora, o ilusionados ante el inicio del viaje soñado, o felices por el reencuentro que esperan disfrutar con seres queridos. ¿Habrán sido capaces de sostener esas miradas, que se disponían a cegar?
   Unos segundos separaron aún la vida de la muerte. Todavía podía haber habido  un remoto resquicio para la esperanza, en tanto, si no el miedo a la propia destrucción, sí fueran la cordura o la conciencia del mal, quizás la sonrisa de un niño, lo que los parara  y evitara una secuencia de existencias rotas y cuerpos desmembrados.
    Pero eso es soñar, que, finalmente, el estallido cogió a todos por sorpresa, salvo a ellos mismos, y todo saltó por los aires.
    Nadie los aguardaba en ningún paraíso. Sólo en la memoria universal de los horrores tienen sitio reservado, para siempre.

       Post scríptum. A uno de los terroristas no le explotó la bomba. Huyó y fue detenido días después.

martes, 22 de marzo de 2016

MISERIA MORAL

En la plaza mayor de Madrid, un grupo de hinchas del PSV (holandeses) lanzan céntimos de euro al suelo y se lo pasan muy bien, contemplando cómo mendigas rumanas los recogen. Incluso las exhortan a hacer flexiones para su mayor divertimento. También queman billetes que antes les muestran. Les hace gracia la ansiedad de las mujeres, que ven, impotentes, cómo las llamas los consumen, fuera de su alcance. Corean estos hooligans eslóganes de repudio contra inmigrantes, “No crucéis la frontera”, vociferan.
   Al poco, en Barcelona, aficionados del Arsenal, llegados del Reino Unido, se burlan de otros indigentes: hacen como que les socorren con limosnas que a renglón seguido les quitan, les arrebatan un sombrero que fingen pasar entre ellos para recoger dinero... todo entre grandes risotadas…
   Roma será el escenario de una acción aún más degradante. A una pobre de pedir, orillada en la calle, le orinan encima dos seguidores del Sparta de Praga (y algunos más  simulan hacerlo).
   Las tres humillaciones fueron grabadas por viandantes, las han reproducido medios de comunicación, amplificado las redes sociales.
   Son actos que no deberían dejarse pasar como si nada. A mí se me ocurre toda una serie de cosas. Me habría gustado que hubiera habido una repulsa general, con increpaciones por parte de los testigos (en Madrid, al menos, un señor les llamó hijos de puta y una señora les hizo una peineta). Detenerlos y mantenerlos en el calabozo mientras se celebraban los partidos respectivos también hubiera sido bueno.
   Y luego que no faltara un juicio rápido, en España o Italia. Yo no pediría que los condenasen a penas de cárcel. Sería mejor que, antes de retornar a sus países respectivos, se viesen obligados a llevar, durante un tiempo, la vida de aquellos a quienes agraviaron. Ponerse en lugar del otro es un sano ejercicio contra la intolerancia, la xenofobia o la prepotencia. Una multa, destinada a auxiliar a quienes se ven obligados a ejercer la mendicidad, completaría mis sugerencias.

   Pero seguro que hay quien tiene más.

miércoles, 16 de marzo de 2016

EL RAPTO DE EUROPA

Podría escribir los versos más tristes esta noche, aun sin ser Neruda, si sólo fuera pena lo que siento y desamor el motivo de esa aflicción.
   Pero ocurre que alienta en estas palabras la indignación, y es la indignidad de nuestros mandatarios lo que las inspira. Han consumado el rapto de Europa, han hecho caso omiso de algunos de sus rasgos de identidad más señalados, peor aún, los han traicionado.
   Lo vi ayer, primero en fotografía, en el periódico; luego la televisión puso el movimiento que le faltaba a la imagen. Era una multitud que atravesaba un río de aguas turbulentas, que a estas alturas del invierno se adivinaban heladoras. Cubría a los adultos el caudal hasta arriba de los muslos; a los niños, más. Los pequeñitos, en brazos de sus padres, atentos a que no se les cayeran o a no caerse ellos, lloraban muy asustados. Estaban pasando de Grecia a Macedonia, por la frontera no les dejaban. Murieron tres, ahogados. A los demás, los interceptaron y, cuando seguramente todavía no se les había secado la ropa, los obligaron a volverse por donde habían venido. Además, detuvieron a periodistas y al menos a una la golpearon. Parece claro que hay cosas que mejor hacerlas sin testigos.
   ¿Qué han hecho los dirigentes europeos de los derechos humanos, del de asilo, del humanitario? ¿Qué han hecho de nosotros?
    Exhortan a los miserables a quedarse en la miseria, ponen letra a la injusticia en sus acuerdos. Pretenden hacernos seres insensibles, robotizados, sin otro espacio para el sentimiento que no sea el del egoísmo. Hablan en nuestro nombre, como si no tuviéramos otra voz que no fuera la suya. Nos suplantan,  pero no somos como ellos, ellos no son nosotros, los que queremos una Europa solidaria y abierta, acogedora.
   Si en su día saludamos el derrumbe del muro de Berlín, ¿cómo no oponerse hoy al levantamiento de nuevas vallas que cierran el paso a estos otros desesperados? Agradecimos el generoso refugio que ofreció Latinoamérica a los exiliados españoles, ¿con qué argumento se les niega ahora asilo a quienes lo buscan, procedentes de atormentadas geografías?

   Tienen un problema los gobernantes europeos, y no son los migrantes. Somos nosotros, muchos de los ciudadanos del Viejo Continente. A ver cómo nos las arreglamos para que lo entiendan.

viernes, 11 de marzo de 2016

“NO VENGÁIS A EUROPA”

                                   (Leyendo más allá del sentido literal de las palabras…)

No, no vengáis a Europa. Quedaos en Siria, en Afganistán, en Irak... Esperad a que os maten las bombas de los americanos, de los rusos, las nuestras. O a que los yihadistas os rebanen el cuello, aguantad que os sometan a una tiranía medieval.
   No vengáis a Europa, en busca de refugio o de trabajo. Si el Mediterráneo no os pone suficientes impedimentos, nosotros vigilaremos sus aguas. Y, aunque consiguieseis alcanzar la costa, volveremos inútil vuestro esfuerzo, vuestro sacrificio. Levantaremos vallas que os impidan el paso, de un plumazo cortaremos vuestras ansias de vivir en paz, en libertad. Echaremos por tierra vuestras ilusiones, os devolveremos a Turquía, aunque hayamos de darle a su autoritario gobierno lo que a vosotros os negamos.
   No os acogeremos.
   Nosotros ya hemos hecho bastante por vosotros. ¿Acaso no recordáis cómo lloramos cuando las cámaras de televisión nos mostraron al pequeño Aylan recostado blandamente sobre la arena, lamido, cabeza abajo, por las olas del mismo mar que lo había ahogado? ¿Deseáis incrementar, con nuevas desgracias, nuestro sufrimiento, dejarnos sin lágrimas?  Porque no vamos a facilitaros un tránsito seguro, al contrario, estamos decididos a impedirlo. Florecerán las mafias a vuestro alrededor, allá vosotros si buscáis en ellas lo que no encontraréis en nosotros.
   ¿Quién os ha dicho que Europa es tierra de asilo para los desasistidos, los masacrados, los perseguidos? ¿Quién os ha engañado? ¿O es que no sabéis distinguir entre declaraciones solemnes que reconocen los derechos humanos y la realidad que las desmiente?
   Mejor haríais en quedaros en vuestros hogares, rezando, si sois creyentes, a un dios que os proteja a vosotros y a los vuestros de los males que os acechan, antes que confiar en nuestra humanidad.
   No, no vengáis a Europa, no perturbéis nuestro sosiego.

miércoles, 2 de marzo de 2016

REFUGIADOS

En nada apetecía yo abandonar el amparo que me ofrecía mi casa a media mañana del pasado sábado, 27 de febrero. Tras los cristales, el invierno se esforzaba por recuperar el tiempo perdido: llegaba tarde, pero venía crecido, como si su retraso le acrecentara la furia.
    Fuera, zoaba el viento, y se volvía visible en la danza alocada que emprendían a su paso ramas de árboles todavía desnudos. Con el concurso del vendaval, la lluvia, racheada, azotaba todo lo que se le pusiera por delante. El día mostraba el color acerado del frío y, al otro lado de la bahía de Santander, las cimas de las montañas blanqueaban de nieve.
   Como decía, me costó salir a la calle, por más que calzara botas de monte y me abrigara como para disuadir al aterimiento o la tiritera de que me asaltaran. Curiosamente, a la postre fue esa misma inclemencia la que me animó a dejar la confortabilidad de mi sillón de orejas, para ir al encuentro de la manifestación que reclamaba un tránsito seguro para quienes se vienen a Europa en busca de refugio. Los duelos y quebrantos con que me amenazaba el temporal se quedaban cortísimos ante los  padecimientos de esos centenares de miles de exiliados, pero me los hacían sentir no sólo en el alma, en el cuerpo también, con extremada plasticidad.
   A la misma hora en que nos manifestábamos, muchos hombres, mujeres, niños y ancianos ponían sus vidas en manos de bandas de desalmados que los subían a inseguras embarcaciones. A esas mafias se los entrega Europa, ella misma facilita que existan, al negarles a los migrantes el auxilio que requiere su desasestimiento. Y luego llora con lágrimas de cocodrilo las muertes, que no debieran ocurrir porque justamente estas gentes huían de la muerte cuando se pusieron en camino.
   Matan las bombas, el fanatismo y la guerra en Siria, Irak o Afganistán; en nuestras costas o en nuestras fronteras, donde se levantan vallas o se apalea a los desesperados, la falta de humanidad.
   Hay estremecimientos peores que los provocados por el frío, temblores que no remedian abrigos hechos sólo de tela. Que exigen que se haga sentir el calor de la solidaridad. De nuestra solidaridad,