lunes, 13 de julio de 2015

ESPAÑA, A TODA VELA

Ojalá no fuera cierto, cómo me gustaría que al escribir estas letras tan solo estuviera evocando un sueño o dando vida a una ficción. Pero  sucedió el sábado 6 de junio en una localidad costera de Cantabria y yo mismo lo presencié, así que no hay invención que valga. Lo que voy a contar es lo que pasó.
   Estábamos en un restaurante y una camarera se acercó a nuestra mesa a cantarnos el menú. “De primer plato hay natillas”, dijo en un repente. “¿Natillas de primero? Mejor empieza por el postre. ¿Paella, quizá?,”, le replicó, con la retranca de un gallego,  pese a que no lo era, uno de los comensales. La chica se percató de inmediato de su equivocación y enseguida nuestras risas se sumaron a la suya, que sonó natural y llena de frescura. Esa fue la parte divertida de nuestro encuentro.
   “Yo a ti te conozco. ¿Tú no estudiaste Ingeniería de Obras Públicas?”, le preguntó ella poco después a quien había bromeado con su error, mientras le servía con diligencia su plato.
   El interpelado la miró con curiosidad, intentando reconocerla. Escaso tiempo de bucear en su memoria le costó dar con su identidad. En efecto, habían cursado la misma carrera, de eso hacía pocos años.
   “¿Una ingeniera, de camarera?”, tercié yo en aquel diálogo, como si no pudiera creer lo que oía.
   Ella había renunciado a su profesión, tras recabar trabajo en muchos sitios sin resultado.
   “No consigo entenderlo”, me oí decir, y no sé si primaba en esas palabras el desconcierto o la indignación. Aquello era una imagen de gran plasticidad y, al tiempo, de un enorme despropósito.

   “Pues yo sí lo comprendo”, me contradijo el ingeniero de obras públicas que se sentaba entre nosotros. “Será porque llevo años en paro”, añadió con una sonrisa que no me pareció risa.

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