lunes, 7 de octubre de 2019

DE CUANDO FUE MÍO EL GRITO DE UN NOGAL

Al nogal del parque adonde se asoma mi ventana lo veo abundar en frutos este otoño. Verdean sus hojas al sol y sopla una brisa suave que le acaricia la copa. No es lo suficientemente intensa como para desproveerlo de su carga, pero a su roce un temblor le agita las hojas. Observo que alguien se le acerca, y ese estremecimiento cobra para mí un sentido diferente.
   El recién aparecido es un hombre de mediana edad que sujeta en la mano una vara. No la trae como auxilio para el camino, no se sirve de ella como apoyo, ni falta que le hace. Es un sujeto de apariencia sana, que no cojea, ni anda con dificultad. De hecho, ni siquiera toca con un extremo del palo el suelo. Lo quiere para otra cosa.
   Me gustaría que lo vierais ojear el entorno. Mira como si no mirase, como embozado, al descuido; no a la manera de un delincuente, pero sí con cierta cautela, que a cualquiera le suscitaría  sospechas. No hay nadie a la vista, si se me exceptúa a mí, que, además de compartir en la lejanía su espacio, espío sus movimientos. Mas para él ni estoy ni cuento, pues no me localiza atisbando tras los cristales, atento como anda a posibles paseantes como él. Bueno, él no es un paseante. A estas alturas, el nogal ya habrá descubierto, como yo, que no se trata de un senderista, ni de alguien que va a alguna parte, cuya ruta pasa precisamente bajo su sombra.
   El árbol mismo es la meta del desconocido. Más que fijar los ojos en él, lo escruta, y no tarda en revelar sus intenciones. Sólo hay que atender a sus manejos con la vara  para conocerlas. La blande como pica y comienza a golpear, inmisericorde, la espesura; no es que varee, apalea. Literalmente, le arrebata las nueces, que caen a tierra entreveradas con trozos de ramas y follaje que hablan de la violencia del castigo. Acaso sin pretenderlo, se trasmuta este individuo en símbolo. ¿Cuántos como él se dedican a expoliar los recursos que ofrece el planeta, sin preocuparse de si sobrevivirá a su ambición de cortas miras (coger ya todo lo que pueda, no sea que quede algo para quien venga detrás)?
   Cierto que no puede gritar el nogal. Pero el lugar de sus quejas lo ocupan sus chasquidos. Y yo mismo me sorprendo sufriendo por (con) él,  haciendo mía su protesta y dándole voz esta mañana de octubre. ¿Quién ha dicho que no tienen sentimientos los árboles?   

martes, 24 de septiembre de 2019

ELECCIONES, OTRA VEZ

El 10 de noviembre se nos convoca a acudir de nuevo a las urnas. Yo iré a votar, sin que ello obvie mi disgusto por que no se haya conformado un Gobierno tras los pasados comicios de abril. En ese sentido, creo que hay muchos motivos para la decepción y que las responsabilidades del fiasco están muy repartidas. Nadie se halla aquí libre de polvo y paja, por más que unos y otros se dediquen a lanzar la primera piedra no sólo al contrario, sino al presunto aliado. Aunque lo más preocupante tal vez esté, todavía, por venir.
   Los indicios apuntan a que los resultados de otoño no diferirán mucho de los ya habidos en primavera. Para salir del atolladero, el quid residirá, en tal caso, ya que no en una variación numérica sustantiva, sí en un cambio de actitud  de los partidos con mando en plaza, para que sean capaces de llegar a donde ahora no lo han sido.
   La campaña electoral podría proporcionar una excelente oportunidad para iniciar una mudanza en las conductas. Sería buena ocasión para salir del lodazal en que los líderes se han metido y liberarnos a los ciudadanos de vergüenzas que nos son ajenas. Pero, sobre todo, para no ir, tacita a tacita, conduciéndonos de nuevo a un callejón sin salida, y peor que el anterior, aunque sólo sea por el efecto negativo que traería consigo una acumulación de fracasos. Obsérvese que hablo en condicional. Y es que razones para la desconfianza no faltan.
   Ya sea para sacudirse las culpas de encima por no haber llegado al buen puerto de los acuerdos, ya por alimentar la motivación pasional de los suyos, arguyen los dirigentes con la descalificación del contrincante y usan de palabras gruesas para denigrarlo. La otra cara de la moneda consiste en escapar de la autocrítica como lo harían de un toro de lidia en campo abierto.
   El estruendo de los improperios nos impediría escuchar, si los hubiera, análisis razonados de la situación pasada o propuestas de futuro, tal es su desmadre. Se comportan, además, como si después de este hoy no fuera a venir un mañana. ¿Cómo negociar, cuando llegue la hora, con quien has agraviado sustituyendo el argumento por el insulto?
   Flota en el aire la pregunta de si dejarán los manzanos de proveernos de peras este otoño.

jueves, 12 de septiembre de 2019

EN PUEBLA DE SANABRIA, MERCED AL LOBO

Yo no conocía Puebla de Sanabria y curiosamente fue el lobo quien me trajo hasta aquí. Él sigue siendo invisible para mí, pero si no hubiera ido a su encuentro en la cercana Sierra de la Culebra, donde habita, seguramente no me habría allegado hasta esta localidad y me hubiera perdido todo su encanto.
   Nos empingorotamos en un castillo que, a su vez, corona la villa. Subimos escaleras y escalones, nos acogemos a salas y habitáculos de piedra que a saber cuánta historia encierran; expandimos la vista desde miradores techados, incluso satisfacemos nuestra curiosidad ante un retrete de otra época, aledaño a una gran sala.
   Nos sumergimos en pasados siglos antes de salir al aire libre del adarve a hacerles guiños a las nubes. Abajo, se alejan los cuatro puntos cardinales. El horizonte pone a prueba la mirada, sólo quebrado en lontananza por montes de lomos suavemente curvados. Recuerdo a nuestros pies el azul de un río de aguas sin prisa, sobrevolado por puentes, contorneado de árboles que, en ausencia del viento, que hoy no sopla, se dirían pintados. Y edificaciones nuevas levantadas extramuros, como para no hacer un feo al casco histórico de la ciudad.
   Alcanzar la fortaleza nos ha supuesto trepar por una empinada avenida, que de vez en cuando abandonamos, para adentrarnos en un sinfín de callejuelas transversales. Ralentizamos la ascensión y, a la par que nos concedemos un respiro, admiramos un entramado de intenso sabor antiguo. Son vías estrechas, como para dificultar el asentamiento del frío o el calor extremos, o por que necesiten sentirse cercanos sus vecinos. Apenas hay viviendas, siempre de piedra y pocas alturas, que no tengan balconadas o galerías desde donde ver y ser visto, y  a cada paso tiestos y jardineras con flores  llaman a los ojos a disfrutar. En ocasiones, fachadas de más porte presumen de hidalguía con escudos nobiliarios ya pretéritos.
   En la cima del cerro cuyas laderas escala el pueblo, nos aguarda una iglesia de portalada románica. Su torre campanario exhibe en la altura grandes relojes. Ahí dispuestos, parecen una advertencia del tempus fugit y recordarnos nuestra propia finitud. Un ayuntamiento porticado la acompaña, y una y el otro, auxiliados de casonas blasonadas, dibujan los laterales de la plaza Mayor. En su proximidad, los muros, matacanes y troneras del castillo completan plásticamente la cúspide de la pirámide social, que no en vano están todos ellos tan arriba.
   Qué sitio más bonito, y yo sin catarlo hasta ahora… Al lobo ausente se lo debo… 

sábado, 31 de agosto de 2019

RIBADELAGO, DONDE OLVIDÉ AL LOBO  (y 3)

Fui un fin de semana primaveral al noroeste de Zamora a ver si me topaba con el lobo ibérico y, al relatar esas andanzas, ya pasado un tiempo, sigo anclado en la catástrofe de Ribadelago, cuyas huellas sí encontré, aun sin buscarlas.
   Yo era todavía imberbe en 1959, cuando el derrumbe del muro de contención de una presa mal edificada se había cobrado la vida de 144 personas,  y, aunque por fuerza oiría hablar del suceso a mis mayores –todo el país se condolía por el desastre y se solidarizaba con los supervivientes-, fue como si, tantos años después, la desgracia me pillara de nuevas. Si hubiera estado más atento en aquel entonces, quizás recordaría un dato que estaría presente en las conversaciones familiares, como en los periódicos o las emisiones radiofónicas. Desde luego, hoy sería imposible que me pasara desapercibido.
   Tal vez empujado por la oleada de solidaridad nacional e internacional que se había despertado, el régimen de Franco se había sentido dadivoso, dicho sea con ironía amarga y la peor de las intenciones. Anunció indemnizaciones a los deudos de las víctimas, que, encima de su racanería, no siempre llegaron a sus destinatarios. Por otra parte, llama la atención en estas ayudas el talante discriminatorio que evidencian, la concepción brutalmente patriarcal que traslucen. Sin complejos, se informaba de que se concederían 95.000 pesetas por hombre fallecido, 80.000 por mujer y 25.000 si el muerto era niño. Como si el vacío que dejaban en la vida  variase dependiendo del género o de la edad. Como si no se privase a los supervivientes por igual del cariño que los desparecidos daban o se les daba.
   La risa de un pequeño, la ternura que inspira, el futuro que supone… son de por sí impagables. Pero, además, ¿qué especie de iniquidad justificaría que su pérdida se valorase en menor medida que la de sus mayores? Claro que, si de éstos hablamos, no disminuye el desafuero. Las compensaciones que se ofrecieron diferían, como se ha visto, según el sexo de la víctima.
   ¿Impacta, no?
   Incluso después de la muerte pervivía la consideración de la mujer como ser inferior al hombre...

jueves, 22 de agosto de 2019

RIBADELAGO, DONDE OLVIDÉ AL LOBO (2)

Bajando de Ribadelago hacia el lago de Sanabria, somos presas de un espejismo. Volvemos a encontrar una localidad del mismo nombre, pero en nada parecida a la que acabamos de dejar atrás. La alucinación no consiste únicamente en la homonimia, apenas rectificada por el añadido de un adjetivo, “Nuevo”, que lo diferencia del  “(Ribadelago) Viejo” donde estuvimos.
   Es como si de pronto en el norte peninsular irrumpiera el sur, como si alguien le hubiera dado la vuelta al mapa y la realidad que representa se hubiese invertido también. No sorprendería menos al viajero encontrar en estos montuosos parajes del noroeste de Zamora una pagoda, una pirámide o un templo griego. O sea, un elemento tan fuera de sitio, tan ajeno al entorno que semejara salido de una mente dislocada, aunque con el suficiente poder como para plantificarlo ahí. Y una cosa y otra –sinrazón y autoritarismo- fueron moneda corriente durante el franquismo.
   El encalado en blanco se impone para hacer de este paisaje urbano un epítome del absurdo. Desentonan las casas con las montañas, con el verde que todo lo circunda, con los quehaceres de los ganaderos que habían de habitarlas. Cuando lo edificaron, se olvidaron de todo ello y, de añadidura, de las condiciones climáticas de la zona.
   Fue la solución que impusieron los jerarcas del régimen a los supervivientes de la desgracia que se abatió sobre Ribadelago con la rotura de una presa mal construida. Traerles, para realojarlos, un pueblo diseñado para el plan Badajoz, que nada pintaba allí. Con viviendas que hubieron de costear. La generosidad, valga el sarcasmo, del dictador quedó registrada, eso sí, en el nomenclátor: ordenó que la aldea se denominase “Ribadelago de Franco”, un derroche de condescendencia del que no hace tanto, y ley de Memoria Histórica mediante, nos hemos librado vecinos y visitantes.
   En cuanto al lobo, sigue sin aparecer, y ya no lo buscamos. 

miércoles, 31 de julio de 2019

RIBADELAGO, DONDE OLVIDÉ AL LOBO (1)

Encontramos Ribadelago y el lobo desaparece de nuestras mentes. La aldea se aorilla a la vera de un rio, el Tera, de discurrir tan plácido que por veces se torna espejo de árboles, de nubes y azules. El lago que quedó prendido en el topónimo del pueblo es el de Sanabria. A escasa distancia, sus aguas abren un claro generoso en un relieve escarpado, de laderas sin lisura, entre las que antaño trazaron su camino los glaciares. De puro grandioso, semeja el paisaje haber sido tallado por el fuego de volcanes o la conmoción de terremotos, aunque fue el hielo quien lo esculpió. Dulcifican la mirada arenales que, lejos del mar, amplían el concepto de playa y que, de cuando en cuando, bordean la superficie acuática.
   Pero es en Ribadelago donde estamos. Allí, una mujer campesina acoge a un pequeño entre sus brazos. La inmovilidad de la escultura no le resta un ápice de expresividad. Encabeza un memorial que da sentido a sus ojos tristes. Bajo la figura, en una lápida de mármol, escribieron, uno tras otro, 144 nombres de hombres, de mujeres, de niños. Los apellidos revelan parentescos, identifican a familias enteras. A ras de suelo, una jardinera les ofrece el humilde homenaje de sus flores y testimonia la intensidad con que pervive el recuerdo de una tragedia.
   Fallecieron todos en la madrugada del 9 de enero de 1959, arrebatados de sus hogares por un caudal de agua que no era el del Tera, aunque su cauce lo trajera. 8 kilómetros río arriba había reventado el muro de contención de una presa de mal asentamiento y peores materiales. La corriente desatada arrampló con puertas y ventanas, cuando no se llevó por delante los edificios. Arrastró consigo a gentes, enseres, animales, e hizo del lago, donde fueron a desembocar su ruido y su furia, depósito y sepultura.
   Entramos en la aldea y nos parece, ella misma, aunque humilde, todo un mausoleo. Al castigo sufrido antaño, va sumándose la labor del tiempo. Estrechan las callejas construcciones medio derruidas, cerradas con maderas viejas; y se abomban las techumbres de pizarra. Por todas partes asoma el abandono que sucedió al drama. De cuando en cuando, oímos cantar gallos, que no saludan a ningún amanecer. Es la única voz que llega hasta nosotros.

jueves, 18 de julio de 2019


LA LAGUNA DE LOS PECES, QUE NO LOBOS

El ramal de la carretera se empeña en abandonar la tierra para alcanzar el cielo. Por seguir los dictados de su trazado, se hace cabra el coche y tira al monte. Trepa sin concederse un respiro, que faltan metros donde llanear. Nosotros olvidamos el vértigo. No hay arcén que nos separe del precipicio que despeña la mirada. Es éste un paisaje glaciar, esculpido por el hielo, que descendió de las cumbres buscando ser agua y dejó su huella, ya fuera líquida o ciclópea en sus formas.
   Ojos que se asombran vuelan sobre una geografía escarpada, de profundas barranqueras y elevados picachos;  reposan en la tranquila superficie del lago de Sanabria, que, cada vez más abajo, juega a aparecer y desaparecer; se dilatan las pupilas abarcando distancias que, según ascendemos, van teniendo menos límites.
   Se esfuman los árboles. Hasta el poderoso roble huye de esta altitud que transitamos. La vegetación se achaparra, como si quisiera, pegándose a tierra, pasarle desapercibida al viento helado del invierno. Pero ahora es primavera avanzada y el matorral escapa del anonimato y se hace notar. Pintan de rosa y blanco estos parajes los brezales y el piorno aporta un dominio amarillo. El entorno es un caleidoscopio de colores y la brisa huele cuando detenemos la marcha en los miradores.
   De cuando en cuando, también los observadores somos observados. Allá donde la maleza cede espacio a la pradería de montaña, nos ven pasar algunas vacas, que alzan la testuz de la hierba y nos contemplan, sin dejar de masticar. Les llamamos la atención, pero poco. Intuyo un interés muy pasajero. Aunque he de reconocer que siempre me  produce  curiosidad qué pensarán de unos desconocidos que irrumpen en su territorio a lomos de vehículos. Por lo pronto, cuando nos las encontramos en el asfalto, muestran una actitud que raya en la indiferencia, si no es desdén lo que traslucen esos ojos bovinos. Seguramente no comprenderán nuestra prisa por esquivarlas para continuar camino, porque ellas no tienen ninguna.
   Mugen terneros. Su presencia me lleva a pensar que tampoco hoy veremos al lobo. De ser habitual en estos pagos, no liberarían estacionalmente los ganaderos a sus reses, o les asignarían al menos mastines como guardas, y no tropezamos con ninguno. Otra cosa es que acuda el predador esporádicamente, sobre todo si el hambre o la persecución los acucian.
   A mil setecientos veinticinco metros de altitud (lo escribo con letra, que es como alargar la cantidad, porque nos ha costado llegar), echamos pie a tierra y enseguida avistamos nuestro destino. Es una laguna que, pese a que en el cielo primen las nubes sobre los claros, quiere teñirse de azul, aunque sea oscuro. Filamentos verdes flotan en la superficie calma. No provienen del entorno, traídos por el viento. Son las hojas de una planta subacuática, cuyos tallos acuden a la llamada de la luz y el aire.
   Todo alrededor florece hasta lontananza, donde la sierra, que ya no parece tan alta, se ondula con suavidad, como si, al no hallar su espacio en la lisura del agua, las olas hubieran decidido cambiar de lugar y petrificarse.
   Me gustaría que alguien viniese a contarme una leyenda sobre algún suceso acontecido aquí. Mejor todavía, si tuviese como protagonista a ese lobo que en la realidad se me muestra tan esquivo. Pero me temo que deberé contentarme con el panorama que enseguida atesorará mi memoria. Y, ciertamente, no es poco.

lunes, 8 de julio de 2019

DONDE NO SÓLO LLEGÓ EL LOBO

Es paisaje bravío, éste, aledaño a la zamorana Sierra de la Culebra, territorio de lobos.
   A lo largo de kilómetros, sólo una carretera sin anchura nos indica que vamos a alguna parte. Sobre el firme irregular, pone todo su empeño en avanzar el coche. Zarandeados de continuo por el traqueteo, un mareo de curvas nos va internando cada vez más en lo remoto. Robles, castaños, pinares, el sotobosque espeso que es su lecho, verdean laderas de montes y  acechan al asfalto, que a duras penas los sortea.
   Ningún automóvil se cruza con el nuestro. La impresión de aislamiento, casi de pérdida, crece. No hay huella humana que nos salga al paso, salvo dos pancartas, dispuestas cuidadosamente a un costado de la vía, en medio de la nada. Letras grandes y bien trazadas reclaman una mejora en el pavimento y que funcione internet. Como voy de copiloto, manipulo el móvil y compruebo que, en efecto, nos falta cobertura. Es curioso cómo puede uno sentir claustrofobia en esta inmensidad.
   Tiempo después aparece, tras un recodo, Santa Cruz de los Cuérragos. A su vista, experimento una doble sensación. Para empezar, de alivio, con la verificación de que no hemos seguido un camino ciego, como sucedía en los laberintos de las atracciones de feria de mi infancia. Pero no bien me he quitado ese peso de encima, una emoción me sacude  superponiéndose a mi renacida tranquilidad. Si resulta difícil de concebir un espacio habitado en estas lejanías, quién nos iba a decir que sería como es. Más que con una aguja, hemos dado con una joya en un pajar. El pajar es, en este caso, la ladera de la Peña del Castillo, donde se esconde, desde el siglo XIV, la pedanía que mira a un castañar.
   Antes de franquear su entrada, aparcamos el coche en un sitio muy amplio y llano, que debió se ser era en otros tiempos. Enseguida nos adentramos a pie por una callecita, enlosada con primor. Alzamos las maletas del suelo, por no profanar el sosiego del lugar, aunque nos pesen. Escondidas avecillas parecen premiar nuestro esfuerzo dejando a nuestro paso sus cantos.
   Apenas andamos, que conceptos como largura o extensión no son aquí aplicables.  Si tardamos más de lo previsible en alcanzar nuestro hospedaje, es porque nos ocupamos  en admirar cuanto vemos. No hay fachada que no se haga de piedra, ni se abren balconadas que no sean de madera. Tejados de pizarra se prolongan en aleros generosos. Aprenderemos más tarde que se llama candongas a las pirámides truncadas, con fábrica de adobe y losas, que sobresalen como chimeneas. Algún saliente embovedado en las paredes revela el horno donde se coció el pan. Inútil sería buscar la talla de un escudo nobiliario sobre el portón que dio acceso a la cuadra, que desentonaría en un entorno de arquitectura popular.
   En la casa rural que nos acogerá, nos espera Fernando, nuestro anfitrión. Cuenta que un día ya lejano decidió fundir su biografía, hecha a la gran ciudad, con la de esta aldehuela, cuya restauración alentó con el ejemplo y de la que tanto sabe. Merece grandísimamente la pena escucharlo.
   Cuando me voy a la cama, después del disfrute de una buena cena, empiezo a soñar. Tal vez en medio de la noche oiré el canto del lobo. 

viernes, 28 de junio de 2019

LOS SECUNDARIOS DEL LOBO

Nos lo habían sugerido y nosotros seguimos a rajatabla la recomendación: “No subáis de 40 km/hora y llevad las luces largas”.
   Ciertamente, la carretera no daba para muchas alegrías, y menos aún en la cercanía del anochecer o a la luz todavía en ciernes del alba. Decaía el firme, a menudo una curva sólo dejaba de ser para que se iniciara la siguiente, y la vegetación amenazaba con tragarse la estrechez de la calzada. Y, sin embargo, había un motivo aún mayor para  tensar la mirada y no pisar el acelerador: no éramos los únicos que transitábamos  el entorno de la Sierra de la Culebra a horas tan intempestivas.
   Querenciosa del asfalto, la fauna del lugar se dejaba ver de cuando en cuando a la luz de los focos, que la sacaba de las tinieblas. Protagonizaban entonces los animales salvajes escenas de huida, que siempre terminaban bien, pues de esos finales felices ya nos encargábamos nosotros, aunque nos lo pusieran difícil.
   Se llevaban la palma fugitiva las perdices, por cómo nos escapaban. Casi esbeltas de puro erguidas, corrían sin mesura delante del automóvil. Como si hiciesen gala de un extraño pundonor, o de un exacerbado sentido de la competitividad, ponían todo su esfuerzo en no ser alcanzadas, y no en ocultarse a los faros que tenían a sus espaldas. Incomprensiblemente, no hacían un quiebro en su carrera para emboscarse entre la frondosidad de los matorrales. Y parecían asimismo olvidadas de que a su ser de aves convenía más el aire que el suelo para la huida.
   Sentados en la vía, muy quietos, esperaban los chotacabras a que el morro del coche casi los tocara para transformarse en pájaros de alas alocadas y vuelo espasmódico, como desnortado. Hasta entonces sólo los había conocido como protagonistas de la leyenda que les atribuía mamar de las ubres de ovejas o cabras. Muy creída debió ser esa fabulación, para que le deban nombre tan equívoco. Mala fama la de esta ave, que si se aproxima a los apriscos es para tragarse los insectos que atosigan al ganado.
   Somos un peligro para muchos seres, y menos mal que lo sabemos. Un gazapo saltimbanqui aparece en lo que sería una cuneta, si la hubiera, para inspirarnos ternura. Le damos un susto de muerte. Se le nota desorientado, perdido, sin saber a qué atenerse ante un encuentro que lo sobrepasa. Qué de preguntas no se haría, si no fuera un puro nervio, al vérselas con un coche, aunque se trate del nuestro, que acomoda su velocidad a la suya, o la aminora.
   Estábamos todavía celebrando no haberlo atropellado cuando ahogamos un grito ante la imagen que durante unos segundos nos descubren los faros. Subrepticia y taimada, como una sombra sorprendida por la luz, una marta ha cruzado la carretera a unos diez metros de distancia. Juraría que no nos ha prestado la atención que nosotros le dedicamos. Nos hacemos lenguas de su cola ancha y más larga, y qué patas tan cortas, era como si caminase arrastrándose.
   Y luego fueron los ciervos, que de repente irrumpían, imprevisibles, ante nosotros, presas de una atracción que podría resultarles fatal, de no ser por la extremada precaución con que conducíamos. Más de uno hubo, y algún corzo que también se entrometía, que nos debe la vida. Lo único que hubiera compensado el esfuerzo continuo por verlos y no embestirlos hubiera sido que tras ellos se viniera el lobo a reclamar su papel protagonista ante los focos, pero quién sabe dónde andaría. En este marco natural, tuvimos que conformarnos con los personajes secundarios y dejar para otra ocasión al principal. Y hay que reconocer que no nos fue mal.

jueves, 13 de junio de 2019

A LA ESPERA DEL LOBO

Al noroeste de Zamora, donde esa provincia ya casi es Portugal, la Sierra de la Culebra dibuja la forma sinuosa que le da nombre. Oteamos desde un alto con el auxilio del telescopio, y aun así el paisaje se vuelve inabarcable. Miremos donde miremos, se nos escapa el horizonte. Entremedias, hasta vislumbrar lejanías remotas, se despliegan lomas y llanos, matorrales innúmero, retales de pradería sembrados para pasto de herbívoros salvajes, alguna arboleda que no nos estorba la visión. Nadie camina los senderos, ninguna canción llega al oído, como no sean las que entonan los pájaros. Estamos solos, al acecho del lobo.
   Fue primero en un atardecer. El declive paulatino de la luz hizo más intenso, menos llevadero el frío. Nos encogíamos, como si así fuésemos a pasarle desapercibidos, estirábamos los gorros en un vano afán de proteger la cabeza. Pateábamos el suelo, sin ruido por no espantar un posible avistamiento; alentábamos en las manos, ya no para calentarlas, sino para evitar que se helasen. A la par, las sombras se iban apoderando de nuestros ojos, empeñados en adivinar la identidad de lo que apenas veían, cuánto cuesta darse por vencidos.
   Me gustó mucho más el segundo aguardo, que iniciamos a las seis y media de la mañana. El campo parecía un decorado, al principio sumido en una semipenumbra, luego alumbrado por una luz lechosa que anunciaba un amanecer inmediato. Cierto que apenas se entreveía el entorno, pero sabíamos que todo iría a mejor según transcurriesen no ya las horas, sino los minutos. Enseguida vino el sol a deshacer incertidumbres y a poner cada cosa en su lugar. Asomó en lontananza, más rojo que amarillo, como una promesa de lo que sería el día. De algunos puntos de agua arrancó cortinas de vapor y, al ascender, nos regaló una caricia tibia, que nos templó.
   Escrutamos caminos blancos y vacíos, buscamos entre el monte bajo un movimiento extraño que dotase de corporeidad a huellas que se nos habían mostrado kilómetros más allá. Espiamos a venados, por si con gestos de alarma delataran la presencia del predador. Pero no lo encontramos, y casi que me alegro de que no haya comparecido en el escenario como actor principal. Diréis que soy un masoquista, o que no se consuela el que no quiere, peo no es eso. Me reconforta que la naturaleza siga sin ser un zoo. ¿Y sabéis qué? Ya volveré.

jueves, 16 de mayo de 2019

HACIA EL NACIMIENTO DEL ASÓN

Se iniciaba mayo, entre azules sin nubes. Una brisa que venía de nordeste estorbaba el esfuerzo del sol por calentar el día. A cambio, volvía prístino el aire, nítido el paisaje. Habíamos dejado el coche orillado en un carril, donde las casucas que llaman del Asón, en las inmediaciones del pueblo del mismo nombre, y nos adentrábamos en una lujuria de verdes.
   La senda que nos encaminaba fluía a contracorriente de un río que, apenas nacido, ya buscaba su próximo encuentro con el mar. Discurría, encajonado y límpido, entre dos sierras. Carecería de color, de no ser porque se lo prestaban un fondo de guijarros y arena, ocasionales algas o el musgo de los peñascos que sorteaba, y que le daban un aire como de cuento. Según nos acercamos a su fuente, se hacía menor su caudal, cuando aún no le habían salido al encuentro torrenteras que lo volvieran mayor. Salvábamos el cauce saltando de un pedrusco a otro, fiados a la sabiduría de los pies, que, tras cortos vuelos, se posaban en superficies redondeadas, esquivando humedades y posibles resbalones.
   Muy arriba, de tarde en tarde, aparecen y desaparecen sobre las cresterías aves rapaces. Miran desde los cielos una vegetación que se atreve a escalar cumbres. Sus sombras se deslizan, rápidas, sobre escuetos prados alpinos, pero no veo ningún lance de caza, siquiera en esbozo.
   Oímos balidos y enseguida perturbamos la siesta de tres mastines, que se levantan con perezosa desgana a nuestro paso. Se contentan con ladrarnos un poco.. Alabo su saber estar. Para qué mostrarse amenazadores con quienes apenas echamos una ojeada curiosa al rebaño de cabras que pastan entre la espesura, y que únicamente ellos pastorean.
   A escasa distancia, un herbazal acoge a una manada de vacas, entre las que distingo  un toro, y no hay vallado que nos separe. Miro  en derredor, buscando una tabla de salvación para caso de necesidad. Pero me tranquiliza la apariencia apacible del animal, que, como si tuviera la mente ocupada en más sabrosas imágenes, ni repara en nuestra presencia fugaz.
   Un urbanita no gana para sustos en campo abierto.
   Atravesamos lugares especialmente hermosos. Nos bordean varas de avellano, de grandes hojas, que al tacto semejan terciopelo. Aún no les han brotado a las hayas, que queda mucha primavera por delante; pero sí a los robles, más madrugadores. Unos y otras esparcen raíces como troncos, que dibujan en el suelo un inextricable entramado. Sólo por admirar a estos gigantes, ya merecería la pena haber venido. Hay que mirar muy alto para alcanzar la cúspide de sus copas, y ni uniendo nuestros abrazos abarcamos todo el grosor que acumulan. A su alrededor se clarea el espacio y se forman casi como dehesas en miniatura, donde despunta la hierba o, al paso de la brisa, se cimbrea la fragilidad de los helechos.
   Los espinos albares nos llaman la atención por su número, los acebos por su mera existencia. Un fresno pone a prueba nuestro conocimiento botánico. Y que no haya eucaliptos nos produce una sensación muy placentera.
   Van ya dos horas de caminata cuando la montaña lanza a tierra una cortina de agua, tan fina que parece cendal. Un saliente que aflora en la verticalidad del paredón la escinde en dos mitades. Abajo  aguarda a ambas una poza, que es y no es siempre la misma, pues constantemente se renueva. Lo que entra como lluvia sale como germen de lo que será río. Hemos llegado a donde cuentan que una anjana castigó las travesuras de su hermana enterrándola en una cueva, de la que, no obstante, sobresalía, colgante, una plateada cabellera. Porque el Asón, como muchas cosas bellas, comienza como una leyenda…

martes, 23 de abril de 2019

APUNTES ELECTORALES (2)

Por entre el ruido de la campaña electoral, llega una promesa de la derecha. Llámese PP, Ciudadanos o Vox, declara que, de formar gobierno, reformará el sistema tributario y bajará los impuestos. Habrá quien piense que se trata de una añagaza para engaño del contribuyente, una estratagema para la caza de su voto. Que, una vez en el poder, olvidarán ese propósito, por que no mengüen las cuentas del Estado.
  A mí me preocupa que, por el contrario, estén decididos a cumplir lo que proclaman.   Disfrutamos en España de una sanidad y una educación públicas, que, pese a haber sufrido los embates de los recortes, atienden al principio de universalidad en sus prestaciones. Son mejorables, como sucede con las ayudas a la dependencia –en un país que envejece a un ritmo acelerado-, a la vivienda social, al seguro de paro o a la investigación o el sistema de pensiones, por poner algunos ejemplos, entre otros muchos posibles.
   Superar el estándar actual, o evitar que se degrade, exige dinero, y de dónde sacarlo si no es de quien lo tiene. Ahí les duele a los partidos del arco liberal-conservador. Yo veo en su repulsa a engrosar las arcas del Estado una doble motivación. De un lado está la salvaguarda de la economía de las clases más pudientes, protección que se aviene mal con el principio de la progresividad fiscal (que pague más, y en mayor proporción, quien más tiene). De otra parte, cuanto más adelgacen los servicios públicos, mayor será el campo que se abra a la iniciativa empresarial. Beneficio en doble sentido, pues, para algunos; en detrimento, y ésa es la otra cara –la cruz- de la moneda, para muchos. Quien quiera, o necesite, una buena enseñanza, una medicina de calidad, una jubilación aceptable… que las pague, que se entregue en manos del negocio privado. Que no espere que el Estado redistribuya la riqueza, así sea sólo parcialmente, y palíe los efectos de la desigualdad social.
   Suena bonito reducir impuestos (de sucesiones, de patrimonio, de renta). También eran dulces los cantos de las sirenas. Pero los incautos navegantes a los que atraían, acababan, inexorablemente, devorados. 

jueves, 18 de abril de 2019

APUNTES ELECTORALES (1)

Se avecinan debates electorales, que probablemente no vea, o que sólo lo haga hasta oír el primer insulto. Y no es que sea yo, al predecir el improperio, un malpensado, de ésos que acostumbran a poner la venda antes de que se produzca la herida, no.  Ando muy escaldado con lo que nos han regalado algunos dirigentes de la derecha, como para no sospechar, con fundamento, que lloverá sobre mojado, pues si por separado han proferido dicterios mayúsculos, qué no harán cuando se encuentren frente a frente con sus adversarios.
   Ojalá no fuera a ser así, y se dejase de lado el trazo grueso de la carnaza, para centrarse en lo que verdaderamente debería interesarnos a los electores, es decir, los análisis de la realidad que hace cada partido en liza, la exposición de las líneas maestras de sus programas, la valoración crítica que le merecen los oponentes: todo aquello, en fin, que permitiría al oyente hacerse una idea de qué opción se acomoda mejor con su idiosincrasia y sus deseos para el país y sus habitantes. Ojala me equivoque, pero me temo que de eso habrá poco.
   Si nos basamos en sus antecedentes, es más que posible que algunos, supuestamente escudados en la libertad de expresión, que no en el derecho de la ciudadanía a conocer sus verdaderas intenciones, se lancen a degüello contra el contrario, convertido en enemigo, y compitan entre sí en el despropósito del pimpampum. Buscarán más aniquilar que confrontar ideas, se solazarán en el cuerpo a cuerpo, con argumentos ad hóminem. Enardecer a los electores en lugar de convencerlos con sus razones, que, para los suyos, alguna tendrán, será su propósito.
   A mí, ese espectáculo me parece tan lastimoso que casi prefiero no verlo. Aunque una virtud sí le reconozco, y ésta es que pondrá a cada uno en su sitio. Y desde ese punto de vista, tal vez convenga presenciarlo. Quizá contribuya, por el espanto que provoquen determinadas intervenciones, a orientar el voto, en el sentido de evitar que las papeletas favorezcan que quien incurra en tales desmesuras llegue a presidir el gobierno. 

lunes, 25 de marzo de 2019

TEATRO CON VIDA

Adelanto que no fue a propósito. No se trató de una performance, una escenificación que ocultara su intención de espectáculo bajo visos de realidad. No se buscaba engañar, en el mejor sentido de la palabra, a un público ocasional que pasara por allí, incluso de hacerle partícipe de la mojiganga. Era únicamente un ensayo, pero a cielo abierto y, encima, sin director que lo animase y advirtiese con su presencia e indicaciones de que sólo se procedía a preparar la representación de una obra de teatro. Encima, no contribuía a disipar confusiones el espacio donde se llevaba a cabo, un pasillo del instituto en que yo ejercía de profesor y, simultáneamente, estaba al frente de su colectivo de dramatización.
   “Una mora frente a mí, en el espejo”, se titulaba el texto que presentaríamos aquel curso a los espectadores: escenas cortas, con diferentes tramas y personajes, bajo el denominador común de desvelar discriminaciones, poner en la picota la xenofobia; mostrar cómo en cada uno de nosotros cabe un mundo, puesto que un mundo a todos conforma.
   Ese día, yo me había quedado en el aula de teatro con la mayor parte del grupo, pero pedí a quienes intervenían en una escena referida a los gitanos que se fueran a ensayar fuera, en las proximidades. Debían centrar sus esfuerzos en un momento donde se hacía explícita la actitud racista, y cumplieron con su cometido. Lo supe cuando, poco después, los vi entrar por la puerta que antes les había servido para salir y me contaron. No venían nada contentos. Más bien denotaban desconcierto y preocupación.
   Los había sorprendido una chica gitana, estudiante como ellos, pero no actriz, oyéndoles decir frases que, acertadamente, había considerado ofensivas para su gente, y se les había encarado para afearles su conducta. Aunque habían intentado explicarse (era teatro, y el argumento daba un vuelco antirracista en el desenlace), no estaban nada seguros de haberlo conseguido. Querían que hablase con ella. Me comprometí a hacerlo, pero antes los felicité.
   Habían hecho creíble la ficción. Muy bien debía haber ido el ensayo para que el mundo de lo real interfiriese de esa forma en él. Aunque, ciertamente, lo hubieran facilitado los prejuicios existentes contra los gitanos, se habían comportado como excelentes actores. Hasta tal punto, que no había parecido que lo fueran.

lunes, 11 de marzo de 2019

LA SABIDURÍA DE LOS LOBOS, de Elli H. Radinger

Ya de entrada, este libro me resultaba atrayente. La Naturaleza es para mí algo más que una afición. Me relaja y me expande recorrer sus caminos, saber de sus criaturas, sorprenderme con encuentros inesperados que me depara. Cuanto más conozco, más quiero averiguar. En mis salidas campestres, lobos en estado salvaje no he visto todavía ninguno. Así que me interesan sobremanera estudios que traten de ellos. Y este ensayo prometía.
   ¿Cumplieron sus cerca de trescientas páginas mis expectativas?
   Se lee bien. El estilo es ágil y carente de alardes literarios. Con todo, eso no significa que la autora vaya siempre al grano, que se quede en la frialdad de los testimonios que aporta No habla del cánido con neutralidad, y entre observación y observación se extiende en digresiones cordiales hacia el animal y su comportamiento. La suya es una mirada afectiva, más que científica o meramente empírica. Cierto que desvela datos, que da cuenta de numerosas experiencias sobrevenidas durante su trabajo de campo en el parque nacional de Yellowstone (EE.UU.), que relata muchas anécdotas, o se extiende en el análisis de facetas de la vida de este predador, del que muestra ser excelente conocedora, y entonces es cuando más me gusta. Pero se diría que la domina la admiración, que está entregada. La objetividad cede ante el mundo de las emociones, y el resultado no puede ser otro que una visión humanizada.
   Llega a decir:
“Todos los que observamos animales salvajes durante un período prolongado de tiempo establecemos una conexión con ellos. Tenemos una visión íntima de sus vidas y los conocemos. Es como una relación amorosa”.
   Incluso extrae de su conducta enseñanzas modélicas para sí misma y para los otros:
“Los lobos me han enseñado a respetar profundamente mis raíces y mis orígenes y me han aportado la conciencia de saber a qué lugar pertenezco”.
“Sobre todo, he aprendido (de los lobos de Yellowstone) a aceptar lo que no puedo cambiar, a adaptarme y disfrutar de la vida al máximo, y a hacerlo todos los días”.
   Más allá –o más acá- de disquisiciones filosóficas, o en algún caso cuasi místicas, yo me quedo con lo mucho que he aprendido de cómo es la realidad del lobo. No sólo a través de las palabras de la autora, también del discurso de imágenes, de fotografías de extraordinaria calidad que acompañan al texto. Y una cosa lleva a la otra y como suele ocurrir en este tipo de libros se dedica atención al paisaje y surgen hermosas descripciones, o se nos presentan otros seres, presas (ciervos, bisontes…) o competidores (coyotes, osos, águilas…), que comparten el ciclo vital de los protagonistas de este libro. Por no hablar de la a menudo conflictiva interrelación con nuestra especie, que no se obvia. Y, además, está esta cita de un proverbio ruso:
“Tu hogar no es el lugar donde conoces todos los árboles, sino el lugar en que todos los árboles te conocen a ti”.

lunes, 25 de febrero de 2019

LOS INDEPENDENTISTAS CATALANES Y LA TÁCTICA DEL ESCORPIÓN

Son curiosos los caminos de la memoria: a veces, algo que sucede te lleva a transitar sus vericuetos hasta que se activa un recuerdo. Por ejemplo, la postura de los independentistas catalanes al tumbar la propuesta de Presupuestos del Gobierno, y, por ende, a éste,  ha rescatado de mi pasado lector la fábula del escorpión y la rana.
   Cuenta Esopo que pidió el primero a la segunda le auxiliase para pasar un río, pues no sabía nadar y deseaba alcanzar la otra orilla. Temeroso el anfibio de ser víctima del aguijón del arácnido si se lo subía a la espalda, rechazaba tal solicitud. Y no hubiera cedido a sus pretensiones, de no esgrimir el otro un argumento irrebatible: si durante el trayecto la picaba, no sólo perecería la porteadora; él mismo no conseguiría, perdida su tabla de salvación, mantenerse a flote.
   Sin embargo, cuando estaban en mitad de la corriente, contra toda lógica, le inoculó el veneno y la mató, condenándose también él a una muerte segura. “No pude contradecir a mi naturaleza”, manifestó a la horrorizada rana un instante antes de que ambos se hundieran.
   ¿Y qué tiene que ver la decisión de los independentistas catalanes con la actuación del escorpión?
   Algo hay en las dos de inexplicable. Los secesionistas han rechazado un proyecto de cuentas públicas con partidas beneficiosas para Cataluña, que ahora se quedarán en papel mojado. Si en el comportamiento suicida del escorpión mandaba su agresiva naturaleza,  en el ADN de los separatistas prima, por lo visto, la política del todo o nada. O se habla de la autodeterminación o no hay presupuestos que valgan. Aunque pierdan los catalanes oportunidades para mejorar sus vidas.
   Es peor aún. Unieron sus votos a los del Partido Popular y Ciudadanos y expulsaron, así, a los socialistas del Gobierno. Pero en los comicios que vendrán gracias a su alineamiento con la derecha, las encuestas juegan con la posibilidad de que ésta, aliada con los extremistas de Vox, alcance el Gobierno. Y si eso sucediera, es altamente probable que entre sus primeras medidas figurara la aplicación de un 155 duro para Cataluña. O lo que es lo mismo, la intervención de una comunidad que goza actualmente de plena autonomía y se quedaría durante largo tiempo sin ella.
   No sé si Pedro Sánchez sería la rana de la fábula (tal vez, en el sentido de que quiso dialogar con ellos). De lo que estoy seguro es de quien ocupa aquí el lugar del escorpión.

jueves, 14 de febrero de 2019

QUO VADIS, PABLO CASADO ?

“Traidor”, “felón”, “mentiroso compulsivo”, “ridículo”, “incapaz”, “desleal”, “ególatra”, “incompetente”, “mediocre”, “okupa”… Tales son los calificativos que, en sólo unos minutos, el señor Casado, secretario general del Partido Popular, ha dedicado a Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español (y conste que la lista no es exhaustiva). Motivaban semejantes exabruptos decisiones del ejecutivo en relación al conflicto con los independentistas catalanes. Y yo, que estoy deseando valorar en este blog el último libro que he leído, me he considerado obligado a volver a la ciénaga en que algunos, como el citado, convierten de ordinario la política de nuestro país.
   Empezaré por decir que, a mi parecer, esas palabras, más que para describir al señor Sánchez, desvelan aspectos preocupantes de la personalidad pública del señor Casado. Sobre todo, teniendo en cuenta el carácter de dirigente que ostenta. Queda al descubierto un modo visceral de afrontar los problemas, que sustituye la crítica por el insulto y busca denigrar al contrario. Para más inri, lo hace sin complejos, como si ese comportamiento fuese lo más natural del mundo. ¿Alguien en su sano juicio, por muy conservador que sea, le confiaría la gobernanza del país?
   Su actitud, además, define una determinada manera de concebir y ejercer la oposición. Consiste en una voladura incontrolada de puentes. Sus dicterios no fijan únicamente una posición: cierran espacios, ya no a la negociación, también al diálogo, tan necesario en una situación como la que vivimos. Hacer de las palabras dardos es lo que tiene. Transforma al otro, de adversario, en enemigo, e imposibilita, así, cualquier colaboración, incluso en asuntos en que resulte imprescindible.
   Tampoco debe desdeñarse la repercusión pública de declaraciones como ésas. La dialéctica del agravio traslada a sus partidarios un ánimo hostil, atiza sentimientos primarios y conduce a la confrontación social. Curioso corolario para quien llena su boca con la unidad de España. 

martes, 5 de febrero de 2019


"IMÁGENES DEL OTRO LADO"

 Es el nuevo montaje que la Agrupación Escénica Unos Cuantos estrena el viernes, 8 de febrero a las 8 de la tarde en el salón de actos del instituto Villajunco de Santander, con entrada libre hasta completar aforo.
   Se trata de una obra coral. Más de una veintena de actores y actrices irán apareciendo sobre el escenario y cada uno interpretará a varios personajes. Prestarán su voz a los migrantes que, desde el Otro Lado, sienten el mundo, como en la novela de Ciro Alegría, ancho y ajeno. Ocuparán su lugar y serán ellos en las vicisitudes que enfrentan en el dramático intento por llegar hasta nosotros.
   Lo harán en 12 escenas breves, intensas como si fuesen versos. Cuenta la suma de las tramas, pero también adquieren relevancia consideradas en sí mismas. Como en un reportaje fotográfico, descubren una pluralidad de aspectos y perspectivas de un único tema. Y la mirada se colma de cercanía.
   La estética va del realismo más crudo a la magia de la alegoría.
   El lenguaje, poético y afectivo, ennoblece a los personajes, con resonancias lorquianas y ecos de la tragedia clásica; pero también se afila para el sarcasmo o es descarnado y desnudo de artificio. Al final, el mimo se vuelve discurso mudo y nos sitúa ante un espejo que nos refleja con una insospechada imagen que, sin embargo, todos deberíamos esperar.
   La escribí durante el último verano.

sábado, 26 de enero de 2019


JULEN

Al fin ha aparecido, al fondo del pozo que lo engulló. 13 días aguardó su cuerpecito de dos años a que lo rescatasen. Todo el mundo deseaba que lo sacasen con vida, y ahora a todos reconfortaría pensar que estuviera muerto desde el mismo instante en que fue a parar allí. Ojalá la autopsia confirme esa esperanza, acorde con la lógica de las cosas. ¿Quién salvaría la vida tras precipitarse al vacío, si la tierra que detuviese su caída se hallara 71 metros más abajo?
   Contra todo pronóstico razonable, durante este tiempo hicimos por creer en la posibilidad de que superviviera no sólo al golpe, también a las circunstancias que iban sumándose al paso de los días. Al ayuno, al frío, y a la previsible falta de oxígeno. Silenciamos la fundada sospecha de que hubiese fallecido. Nos resistíamos siquiera fuera a verbalizarla, como si no decirlo fuese una especie de callado conjuro que acabara por obrar el portento. Por encima de todo, queríamos verlo salir alentando de aquel agujero interminable.
   A lo largo de casi dos semanas, este bebé nos ha ganado el corazón. Él y sus rescatadores, que tanto empeño pusieron. Cuantas más dificultades les oponía la montaña, mayores fueron su determinación y esfuerzo. Ingenieros y geólogos, trabajadores del metal, gruistas, guardiaciviles, mineros… y todo el pueblo malagueño de Totalán ofreciendo alojamiento y comida al operativo… fueron un nuevo Fuenteovejuna –todos a una- en la  intrahistoria de España, ésa que con tanto acierto retrató Lope de Vega en el drama homónimo.  
   Hay ocasiones en que un desenlace no se acomoda al camino que conduce hasta él, y ésta es, ciertamente, una de ellas. La pérdida de Julen es el peor de los finales,  estremece con sólo imaginarlo. Pero tras de sí ha dejado -¡bendito sea!- un recorrido que constituye un halo de solidaridad y saca a relucir lo mejor del ser humano.
   Descanse en paz.

jueves, 17 de enero de 2019


VOX Y LA SANTA ALIANZA

A mí, como a muchos españoles, me desasosiega la irrupción de la extrema derecha en el parlamento andaluz, 12 diputados, aupados por cuatrocientos mil sufragios. Porque veo lo que significa, de vuelta a un pasado que solamente debería ocupar un lugar en la memoria del mal recuerdo.
   Pero aún me preocupa más la postura adoptada por el Partido Popular y secundada por Ciudadanos. De un lado, pactan con los ultras (PP) o aceptan ese contubernio (Cs) y se benefician de que los apoyen. Así, en lugar de establecer un cordón sanitario que los aísle, de considerarlos un problema para la democracia, revelando sus falacias y alertando de su peligrosidad, los suben a un pódium y los hacen más visibles. Llegan a acuerdos con el diablo para desbancar al Partido Socialista, que fue la fuerza más votada, del gobierno de Andalucía. Y ese diablo, en tanto, ni siquiera se ha molestado en blanquear un poco la patita, para disimular su catadura retrógrada. Ahí está, tratando de eliminar derechos que tanto ha costado obtener, o de evitar que se implementen, como es el caso, por poner algunos ejemplos, de la ley contra la violencia de género (no quieren una normativa especial que proteja a la mujer, ¡con la que está cayendo!), la de memoria histórica (que busca una reparación para las víctimas del franquismo, aún enterradas en las cunetas, y la desaparición de símbolos que pretendan dignificarlo), reniegan de la descentralización del Estado y de competencias autonómicas, se manifiestan ferozmente contra la llegada de inmigrantes...
   Pero si peligroso es tratar a ese partido como uno más, dotándolo de una apariencia respetable por pura conveniencia, peor aún lo es extremar el discurso propio para competir con él. Aunque, ciertamente, poco sacrificio les supondrá. A la derecha posfranquista española siempre le ha faltado un hervor… democrático. Es de por sí un tanto reaccionaria en sus postulados: sin forzar la marcha, no le faltan coincidencias con Vox. Y cuando alardea de mostrarse sin complejos, tal cual es, esos puntos en común se vuelven más notorios.
   Es mucho lo que está en juego. Así lo han comprendido muchas mujeres, las primeras en salir a la calle frente a esa santa alianza que compromete sus derechos. Un primer paso para que el tiro le salga por la culata.
   Me sumo, a ése y a otros que vendrán...

lunes, 7 de enero de 2019

FELIZ 2019: SÍ, PERO...

Firma la viñeta, publicada en el periódico “El faro de Vigo”, DAvila.
   En la mitad inferior de la imagen se ve un talud. Sobre él, asoma un campo muy verde y, al fondo, una cadena de montañas de contorno suave. Aún, detrás, se dibuja una línea  de nubes blancas y, arriba, el cielo es de un azul desvaído. Impresa en el muro de tierra, una leyenda escrita con grandes caracteres felicita el 2019. Podría ser, simplemente, uno de esos amables parabienes que se estilan por estas fechas, pero hay más.  
   A la derecha de esa ilustración, una mujer que viste como campesina se apoya en una azada. El esquematismo del dibujo no le resta un ápice de expresividad, realzada por la viveza de unos ojos que son apenas un par de puntos y una boca desmedida. Y muy abierta, porque nos está hablando. El bocadillo que enmarca sus palabras dice:
    “...E a seguir sachando!!”.
   O lo que hubiera sido lo mismo si se hubiera manifestado en castellano:
“¡…Y a seguir cavando!”.
   O sea, en el tajo. Toca continuar sachando. Y sachar es un trabajo duro, que desloma la espalda y del que se duelen  brazos y piernas. Para colmo, sólo da para mal vivir, y no porque la tierra sea pobre y escasa la cosecha, que Galicia es pródiga. Pero del pago del producto in situ al precio de mercado media una distancia sideral.
   “Feliz 2019”, sí, pero ese buen deseo no elimina la realidad cotidiana que nos tiene pillados. Quiero lo mejor para ti en el año que estrenamos, pero, ojo, no olvides que vas a seguir siendo, como yo, quien eres. No nos hagamos ilusiones. Frente a la idealización, se levanta la labor del día a día, que no alterará una efemérides de calendario. Hay mucho de sorna, de retranca galaica, en esta felicitación que a mí me deja un regusto, un sí es no, de amargura. Por debajo del oropel de luces emerge la fea catadura de un mundo de existencias demediadas. Como si el respeto a las convenciones gratas no excluyera, antes bien pusiera de relieve, así fuera por contraste, con un fatalismo que a la postre resulta verdadero, las penalidades de la vida.  
   Tal vez me he puesto filósofo. Es mi interpretación. Seguro que habrá otras.