viernes, 17 de agosto de 2018


LA ARGENTINA QUE VI (32): EL CALAFATE, EL PUEBLO CON NOMBRE DE FLOR

Ushuaia nos despide hoy, 5 de noviembre, con un sol radiante en un cielo sin nubes. Al conductor que nos traslada al aeropuerto le falta poco para quejarse del calor, si es que no lo hace. Yo, cobijado en mi anorak, sonrío. Nos vamos a El Calafate, una localidad patagónica con nombre de flor. De la hora que dura el trayecto, recuerdo el momento en que sobrevolamos el Estrecho de Magallanes. Se distingue con claridad la lengua de agua que hermana el Atlántico con el Pacífico, sus dos orillas son visibles desde tan arriba como navegamos.
   Nos alberga un hotel que cabalga un altozano. Las vistas son como para sentarse a admirar el mundo. Detrás, se elevan las montañas que, cercanas, nos sobrepasan. Abajo de la ladera que trepa suavemente hasta nosotros, el pueblo coloniza un llano, vecino de lo que sería un mar, de no ser porque no estamos en la costa. Tiene el alojamiento un encanto antiguo, con sus suelos enmoquetados, su chimenea encendida y la amplitud de pasillos y salones. ¡Lástima que al poco amanezcamos con picaduras, que parecen provenir de un microinsecto, parásito de la carcoma! Nuestra última noche la pasaremos en un cuarto sin techo de madera, a petición propia.
   Me asomo a la ventana de la habitación. Veo un ave que aproxima un largo pico curvo a la hierba, una y otra vez. Como no sé lo que es, apunto en mi cuaderno de viaje sus características. Luce en la gargantilla un abultamiento que se mueve al compás de sus giros y desplazamientos. La cabeza es de un ocre acanelado que se aclara en el cuello. El conjunto se pinta de un gris que tira a plata azulada y las patas se colorean de rojo. Posteriores indagaciones me lo bautizan. Es la bandurria patagónica, que con tanto afán perseguí días atrás en Tierra del Fuego y no la encontré.
   Una furgoneta minibús viene y va cada hora, para permitir a los clientes que vayamos al pueblo o volvamos de nuestras incursiones. En la localidad nos recibe una larguísima calle, sin ni una de sus casitas bajas que no esté dedicada al comercio de la más variada mercadería, con solo un rasgo en común, y es que se destina a los turistas. Tienen mucho predicamento las mermeladas y el dulce de leche. También la artesanía y los peluches, en particular si se trata de ovejas. Precisamente, comemos en un asador y es cordero al plato lo que pedimos. Lo sirven guisado en un disco que fue parte de un arado. Sabe muy rico.
   Curioseamos tiendas. Me hago con un búho menor que mi dedo meñique. Lo han tallado en madera de lenga y me sorprende su peso, tan liviano que el aire podría llevárselo a volar consigo. Paseamos hasta un mirador que hallamos tras largo andar. Contemplamos una gran planicie, en parte inundada, muy verde, en contraste con la levedad azul del inmenso Lago Argentino. Todavía más allá, se yergue la estampa ya familiar de los picos andinos, que éstos son también sus dominios.

miércoles, 8 de agosto de 2018


LA ARGENTINA QUE VI (31)

Imaginaos Ushuaia después de atardecido, el 4 de noviembre, en 2017. Conviene que sepáis que hay multitud de personas en la calle, y muchos coches. Nunca pensé encontrar un tráfico tan denso donde se acaba el mundo, pero sí. Todo el pueblo, así nativo como sobrevenido, parece haberse dado cita en la zona centro.
   Es La noche de los museos, que podéis visitar sin coste. Y la gastronomía se solidariza con el arte y los restaurantes ofrecen generosos descuentos en sus menús.
   En un tramo de la vía principal, oiríais cantar a capela, si estuvierais conmigo entonces. La voz no suena distorsionada, enseguida notaréis que ningún micrófono la vuelve de metal. Que es natural como el agua salida directamente de un manantial. Avanzando por dar con su fuente, tropezaríais, como me sucedió a mí, con un gentío que os estorba el paso y tal vez maldeciríais esa aglomeración y desearíais estar en soledad, para avanzar más rápido, no sea que tan singular interpretación acabe antes de que lleguéis a ella. Hasta que caéis en la cuenta de que todo el mundo por entre el que os movéis, ya esté delante o detrás de vosotros, a vuestra derecha o vuestra izquierda, permanece silencioso y quieto. En ese trance, no pedís disculpas porque nadie las escucharía y decidís incorporaros a esa galería de personajes estáticos. Como ellos, dirigís los ojos hacia el balcón del primer piso de una casa que no recuerdo que tuviera más alturas que dos. Allí os sorprenderá encontraros con una mujer vestida como actriz de ópera en plena actuación. Es una soprano cuya garganta enfrenta al frío que nos tiene aterecidos una composición que se esmera particularmente en los agudos. Y quizás os pasaría como me pasó, y por un momento dudaríais qué admirar más, si su bel canto o la entereza con que encara una temperatura gélida. Y seguro que sólo romperíais el silencio para dejaros las manos aplaudiendo, y no sería por sacaros la heladura de encima.
   Mañana saldremos de Ushuaia. Pero antes hemos visto esto.

miércoles, 1 de agosto de 2018

LA ARGENTINA QUE VI (30): EL PENAL DE USHUAIA

Hay algo de inquietante en esa figura que me mira desde el interior de un calabozo. Tal vez se deba a que acabo de conocerle la biografía, pero su expresión me parece malévola, y me escalofría el nudo corredizo que está haciendo con un cordel. Quizás sea como los que usaba para asesinar a niños en el Buenos Aires de 1912, cuando todavía él mismo lo era. Petiso (“de baja estatura”, 1.55 m en su caso) Orejudo, le sobrenombraban a quien nació como Santos Godino. Durante su reclusión, estranguló un gato y al hacerlo firmó la propia sentencia de muerte, pues sus compañeros vengaron al felino y lo mataron.
   Cuando convirtieron en museo del presidio uno de los cinco pabellones de que constaba éste, perpetuaron la memoria de ese criminal y la de otros cautivos. Igualmente esculpidos en yeso, continúan alojados en las mazmorras que ocuparon en vida, bien visibles los pliegos de cargos que los condujeron hasta aquí. Tales son los casos de Mateo Banks, apodado el Místico, de quien se dio por probado que acabó con tres hermanos suyos, una cuñada, dos sobrinas y dos peones de haciendas familiares que quería para sí; o el de Serruchito, el descuartizador de los lagos de Palermo. No falta en esta galería de imágenes la efigie del anarquista Simón Radowitzky, que atentó con éxito contra el jefe de policía de la capital y que consiguió evadirse de esta cárcel, si bien por breve tiempo.
   Es como si todos ellos hubieran sido condenados a una cadena perpetua que trascendiera a su misma existencia y fueran expuestos por siempre al escarnio público. A la vista de la talla del guardia que desde el piso superior todo lo controla, me pregunto si refleja los rasgos de algún carcelero de entonces.
    Pasamos rápido ante alguna celda donde se exhiben instrumentos de castigo, como bastones o bolas de hierro con cadenas y abrazaderas para los tobillos; y nos detenemos ante las que muestran trabajos de los internos en los talleres de carpintería, calzado, vestuario… Algunos objetos llaman la atención por su finura…
   Todo está restaurado en este pasillo, bien pintado y adecentado. Y aun así, pese a esa cara amable, no  consigo evitar un temblor,  una sensación que me angustia.
   Casi he logrado olvidarlo interesándome por maquetas y fotografías de otros museos que alberga el que fue presidio –de la Antártida, de Tierra del Fuego, de Arte Marino…- cuando, desde el lugar donde convergen las cinco galerías –hoy habilitado como sala de conferencias, exposiciones o conciertos- entro en un corredor que no he explorado y me doy de bruces con el espanto.
   Este pabellón no ha sido reconstruido, está tal cual era. Las paredes de las celdas son de piedra sin revestir y rezuman humedad. Por todas partes afloran desconchados y resquebrajaduras. Añádase la escasez de luz y se tendrá una imagen aproximada –para que sea exacta, hay que experimentarla in situ- de la desolación. Los espacios de reclusión parecen reducirse al mínimo. Y todavía falta en la pintura de este lóbrego cuadro un frío que congela cuanto toca. Una única estufa de leña le hacía frente inútilmente en el pasillo central.
   Más que conmovido, que también, salgo de allí horrorizado, así sea con efecto retroactivo. No sufro un cacheo como el obligado para quienes iban a cortar madera a los bosques: si así hubiera sido, me habrían encontrado conmiseración a manos llenas.

miércoles, 18 de julio de 2018

LA ARGENTINA QUE VI (29)

Una línea alada cruza el mar, sin que el azul grisáceo, plúmbeo, de la superficie acierte a reflejar las figuras en vuelo.
   Navegamos el canal de Beagle, a un lado Chile, Argentina en el opuesto, sobre aguas que son encuentro de dos océanos, pasillo acuático que conduce del Atlántico al Pacífico, o viceversa, y que se abre camino entre montañas siempre encanecidas por la nieve y de evocadores nombres, como Monte Olivia (arpón, en lengua indígena), o Cinco Hermanos. Tras de nosotros, va quedando Ushuaia.
   Peregrinamos de un islote a otro, porque son muchos los que emergen en medio de la inmensidad. En el de Casco, nos confundimos de aves. La primera impresión es que la colonizan pingüinos. Lucen una pechera blanca que casa más con esos palmípedos que con los cormoranes de nuestras costas, que se visten totalmente de negro. Pero es que éstos que ahora vemos son imperiales. Se diría que no cabe un ejemplar más sobre el roquedo estrecho y alargado. En la zona más elevada, un cauquén común mira con displicencia a la muchedumbre que se arracima bajo sus pies.
   Aquí cazaban los indios yamanes, antes de que la llegada de los europeos los llevara a la extinción. Los lobos o leones  marinos ya habrán olvidado el peligro que suponían para ellos sus incursiones y no los alarma la proximidad de nuestra embarcación. Tan gregarios como los cormoranes imperiales, juntan piel con piel en la isla Alicia o en las del archipiélago Los Iluminadores. La mayoría, bebés incluidos, sestea; a veces perturban su modorra las querellas de las gaviotas. Una hembra muestra cierto interés por la pelea entre dos de esas aves y sigue la disputa sin moverse del sitio que ocupa. Cerca, en medio de la multitud, vocifera un macho que la dobla en tamaño. A ojo de buen cubero, calculo que ese corpachón de apariencia gelatinosa no debe de pesar manos de 350 kilos.  Sé que se alimentan de peces, mariscos, calamares… Qué riqueza submarina no ha de haber en estos confines de la Tierra, para dar vida a tanto predador como encontramos en nuestra singladura.
   Los habitantes de la isla Lucas son cormoranes roqueros. Podrían presumir de las órbitas rojas de sus ojos, que combinan muy estéticamente con la negrura del cuello. Anidan en su cantil, más seguros que cuando los primitivos pobladores de estas costas saqueaban su puesta o sus polluelos, descolgándose en la noche con teas desde lo alto del paredón.
   En otra isleta donde también son moradores, creo ver un curioso individuo albino, que contrasta vivamente con la negrura de sus vecinos. Pero se trata de un caranca. Curiosamente, lo que me saca de dudas con respecto a su identidad es su pareja, de color oscuro, que dibuja estrías en el vientre.
   Dos horas y media después de haber zarpado, retornamos a Ushuaia, que, vista desde el mar, se nos aparece a modo de gigantesco anfiteatro, cuyas gradas escalan la montaña que le guarda las espaldas.
   A algún viajero hay que despertarlo al llegar a puerto. Se ha perdido un sueño que muy probablemente no volverá a soñar… 

sábado, 7 de julio de 2018

LA ARGENTINA QUE VI (28): D.E.P.

No fue hasta días después de regresar a España cuando, mediado noviembre, supe de la tragedia. Todavía durante un tiempo se esperaba que no lo fuera. Los medios de comunicación seguían los avatares de una búsqueda que se volvía más angustiosa por momentos. La esperanza  de hallar con vida a la tripulación de un submarino argentino perdido en el Atlántico Sur iba siendo menor, según transcurrían las horas sin que se tuviesen noticias de su paradero. Y finalmente esa posibilidad desapareció del todo. Aún hoy, cuando publico estas líneas, se desconoce la ubicación del fondo marino donde reposa el casco del ARA San Juan, y cuarenta y cuatro cadáveres aguardan un rescate improbable.
   Ese buque había zarpado de Ushuaia. Donde nunca llegaría sería a su base, que estaba en Mar del Plata, 400 Km al sur de Buenos Aires.
   Todas las desgracias lo son, pero las hay que llevan añadido un plus de cercanía y nos afectan en mayor medida. La casualidad hace que eso me ocurra  a mí, así sea tangencialmente, en este caso. El 4 de noviembre, cuando nos disponíamos a navegar dos horas y media por el canal de Beagle a bordo de un barco turístico, vi la silueta inconfundible de un submarino atracado en un muelle de Ushuaia. Incluso lo fotografiamos y recuerdo que había en ese instante personal sobre la cubierta. Y no puedo quitarme de la cabeza que, dada la proximidad de las fechas, esa nave que entonces llamó nuestra atención y la desaparecida fueran la misma. 

viernes, 29 de junio de 2018

LA ARGENTINA QUE VI (27): PARQUE NACIONAL TIERRA DEL FUEGO (y III)

Sólo una parte mínima del parque nacional se puede visitar. Pero ya se sabe que lo pequeño en América se vuelve de ordinario enorme para nosotros, europeos. Los ojos no dan abasto para hacer inventario del formidable panorama que se va desplegando ante una mirada que no se cansa de mirar, ya vaya al encuentro de las cumbres nevadas, ya se enrede en las masas boscosas, se dilate en la contemplación de espacios lacustres o siga  cursos fluviales.
   El río Lapataia se esfuerza en hallar el camino que lo conducirá a morir en el canal de Beagle. Pero al paso nos deja una sorpresa. Allá donde se anchea en un remanso, protegido en su margen derecha por un ribazo escarpado, dos cisnes emparejados se adueñan de la soledad y nadan. Trazan coreografías sutiles, que son pura elegancia. Un contrapunto delicado en el paisaje, que semeja ilusión de unos sentidos ya acostumbrados a la grandiosidad. Son de una especie para nosotros desconocida, de cuello negro, y nos felicitamos por no estar entre tantos como vienen a Tierra del Fuego para verlos y se van sin llevárselos en la memoria. Yo permanecería horas contemplándolos, pero el hyde que supone el bus y que nos ha permitido observarlos sin que se den a la fuga se pone de nuevo en marcha.
   A la Laguna Negra llegamos caminando un sendero que  nos hace un hueco por entre una densa arboleda. Llaman la atención las aguas oscuras, que contrastan con la blancura de los picos. Deben su tonalidad al lecho que las cobija: vegetación comprimida durante siglos, a la que la falta de oxígeno ha ido privando de la vida hasta transformarla en turbera.
   Encaraba yo un cielo cubierto, por si para mi felicidad lo estuviera surcando un cóndor, pues hay próximo un cerro al que esa ave presta su nombre, cuando me alertan de un hallazgo inesperado. Un zorzal patagónico hurga la tierra húmeda ambicionando lombrices que llevarse a su pico anaranjado y se las arregla para ser esbelto, pese a la cortedad de su estatura.
   Tiempo después, estamos a 17.848 km de Alaska. Lo dice un panel levantado en mitad de la nada. Hemos alcanzado el punto donde culmina la carretera panamericana, que recorre el continente de norte a sur. También sabemos que nos separan 3.079 km de Buenos Aires. Más allá, nos espera el mar. Al final de unas pasarelas de madera, a nuestros pies, la bahía Lapataia nos dilata la pupila. Custodian su inmensidad los Andes, que, tras cederle espacio, se acercan para dibujar su embocadura, dejándole sólo una estrecha salida al canal de Beagle, que aún, como si fuera amplia, tiene plantificada una isla redondeada en el medio.
   Miro al agua, a la que las nubes restan azul, y distingo en la superficie una estela delgada, que va dejando tras de sí un ave. Lo curioso es cómo mueve sus alas, a modo de aspas que la propulsaran. Cuando oigo que la llaman pato vapor no volador, ya lo entiendo…
   Es lo último que recuerdo de Tierra del Fuego

jueves, 21 de junio de 2018

LA ARGENTINA QUE VI (26): PARQUE NACIONAL TIERRA DEL FUEGO (II)

Acabo de pisar tierra cuando lo veo. Sería difícil que me pasase desapercibido, dado su tamaño, no de pájaro menor, sino de ganso enorme con cuello de entre garza y avutarda. Se mueve con una lentitud que parece impostada, a pocos metros, en un espacio libre de  matorral. Hace como que no se entera de nuestra presencia, pero no nos quita ojo. Entonces, quien oficia de guía comete un error, y no porque lo llame cauquén común, que ésa es su alcurnia.
   Debía haber callado que suele el macho exponerse a las miradas ajenas para que, centradas en su figura, olviden a su pareja, que, recatada, se estará alimentando, oculta en las inmediaciones. Esa medida de prudencia habría evitado que, con más timidez primero y mayor audacia enseguida, algunos del grupo se internaran, cámara en ristre, en la espesura donde suponen ha de hallarse.
   Así azuzada, sale sin tardanza la presa a campo abierto, y me parece la suya la imagen encogida y medrosa de quien quisiera desaparecer. Y aun con todo, hermosa.
   Estamos a un lado del lago Roca. Como si quisieran contemplar en un espejo sus crestas de nieve, se han abierto los Andes para dejar espacio al agua dulce. Un glaciar de tiempos remotos que pasaba por aquí los auxilio. Y lo hizo a la medida de lo gigantes que son. Once kilómetros se alarga la superficie acuática, y uno con cinco se separan las orillas. Esa configuración inspiró la metáfora: Acigami fue el nombre que le dieron los aborígenes. Con ese acierto para nombrar que tienen las lenguas primitivas, qué otra expresión podían inventarse los hablantes en yagún que no significase “cesto alargado”.
   Quien sabe nos habla de plantas en medio de un paseo entre arbustos. Yo miro, toco las hojas con las yemas de los dedos, acaricio troncos. Conozco texturas y formas, y me hago la ilusión de dejar una huella efímera en este paisaje que en todos los sentidos tanto dista del mío.
   Me gustaría que fuese febrero, que es cuando fructifica el calafate: dicen que quien prueba una de sus bayas retorna a su vera, para servirse alguna más. Pero es noviembre, y me contento con el espectáculo que nos ofrecen sus flores amarillas, de las que disfruto con la vista y el olfato, pues exhalan un olor fuerte. Las del michay, su pariente, ofrecen, en cambio, una tonalidad anaranjada.
   Ante una mata negra, me pregunto el porqué del adjetivo que la apellida, si es verde por entero, salvo las como margaritas con que se adorna. Tal vez ese apelativo no tenga que ver con nada que esté en su ser. Quizás se deba al color del humo con que se comunicaban los yamanes, y que conseguían usándolo como combustible.
   A punto de subir de nuevo al bus, tiendo la oreja al entorno y afino el oído, por si me llegase el canto de un ave que llaman bandurria y que anuncia la primavera. Sólo el silencio responde a mi requerimiento. Sería una redundancia oírla, para advertir de que ha venido la estación florida. Pero me haría ilusión.

jueves, 14 de junio de 2018

LA ARGENTINA QUE VI (25): PARQUE NACIONAL TIERRA DEL FUEGO (I)

Sólo en el topónimo se vuelve fuego el paisaje. En parte alguna comparecen llamaradas. Nada nos llama a desprendernos del anorak en las paradas, cuando descendemos del bus y exploramos espacios cercanos. Y es que, paradójicamente, fue el frío quien motivó el nombre de este acabose de las Américas. Desde el mar, la tierra ardía en el imaginario de los primeros navegantes europeos. Eran únicamente las hogueras con que los indígenas buscaban el calor que les negaba la naturaleza. Pero qué descubridor de mundos, para bautizar una geografía, no ha preferido la hipérbole a la realidad anodina. ¿Acaso no late un poeta en el alma de un aventurero?
   El tren del fin del mundo nos ha traído hasta una estación terminal y diminuta, que es principio de un recorrido por la zona visitable del parque nacional. Un autocar releva al ferrocarril como medio que nos lleva. A la vista, todo es grandioso. Omnipresentes, nos ceden paso los Andes, siempre coronados de blanco. Los bosques hacen impenetrables  vastos dominios y casi conquistan las cumbres. Veo muchos troncos caídos, algunos provistos de sus enramadas: no los tumbó el hacha, que fue leñador el viento con su filo cortante y helado. Y no tuvo que suceder ayer, que las bajísimas temperaturas eternizan su descomposición.
   Pero más que esos árboles muertos me interesan los vivos. Como es 3 de noviembre y estamos en plena primavera austral, a ninguno le faltan hojas, aunque los haya caducifolios. Me admira que subsistan sin congelarse en condiciones tan extremas. También me sorprenden sus formas, que en algún caso me recuerdan a viejos conocidos de mi entorno habitual. A veces los creo hayas o laureles, pero cuando pregunto por sus identidades me contestan con nombres que nunca antes había oído. Las lengas van achaparrándose, perdiendo altura a medida que la ganan ladera arriba; el coigüe o guindo siempre verde se despliega como bandera cuando crece donde sopla el vendaval; al ñire lo llamaban así los mapuches porque ñires eran los zorros que cavaban madrigueras al pie de sus troncos; el canelo, árbol  sagrado, alcanza los 30 metros y es fama que su corteza se utilizaba para combatir el escorbuto y sus frutos como condimento, y aún tiene poder para desinfectar y cicatrizar heridas.
    Oigo hablar de farolitos chinos, de barba de viejo, de pan de indio. Entre la espesura de las copas, la botánica da lugar a la metáfora. De algunos árboles pende, como candil, el falso muérdago; otros parecen barbados, recubiertas sus ramas de finos hilos verdes. Y de los frutos de hongos que parasitan a las lengas se alimentaban los aborígenes. Todo tiene a mis ojos el encanto de lo insospechado. Y eso que todavía no hemos echado pie a tierra, que enseguida…

lunes, 28 de mayo de 2018


LA ARGENTINA QUE VI (24): EL TREN DEL FIN DEL MUNDO (DOS)

Por momentos, siento que he encogido y vuelvo a ser niño, y que por eso quepo en el vagón. Su pequeñez saca de mi memoria tiovivos de infancia. De cuando en cuando, suena su sirena, como si hubiera en esta soledad austral a quien advertir de que debe apartarse de la vía; como si el parsimonioso andar del trenecito pudiera sorprender a cualquier ser vivo, por atontolinado que estuviera.
    Miro por la ventanilla. A menudo parece que nos hubiesen precedido cuadrillas de leñadores caprichosos, que dejaran tras de sí numerosos tocones de los árboles que fueron. Me llama la atención la diversidad de alturas de esos muñones. Deberían ser gigantes quienes talaron algunos troncos, o haberse subido a una escalera, y la incógnita sería por qué los cortaron tan arriba y desaprovecharon tanta madera como había debajo. Pero sólo es que estamos en latitudes donde, durante el otoño y el invierno, la nieve se aposenta en los valles, no como lámina escasa en grosor, sino como manto de mucha hondura. Y únicamente podía cercenarse lo que sobresalía de esa blancura, no lo que quedaba debajo, tapado, por mucha elevación que tuviera.
   Si nos fuese dado retroceder en el tiempo, veríamos a los causantes de la deforestación, que llegaban a los aledaños del monte Susana al despuntar el alba, con sus pesadas hachas. Repararíamos enseguida en su vestimenta, un uniforme de rayas negras sobre fondo amarillo, como usaban los presidiarios de antaño, al que se añadía en invierno un tapado azul. Venían a por leña con que abastecer de combustible la rácana calefacción del penal o sus fogones, o al vecindario del pueblo, al que se vendía el sobrante, y en ese empeño la emprendían sin orden ni concierto con los bosques, yendo cada día más lejos, según los iban devastando.
   No estaban solos. En su derredor había guardias, con la bayoneta calada de sus mosquetones presta para la herida; la lengua afilada para la imprecación. Aunque más disuasorio aún frente a una escapada sería el aire, transfigurado en omnipresente pared de hielo, que amenazara con servir de translúcida mortaja a los fugados. Nos lo recuerda “Pipo”, el río que a veces fluye a la par de las vías. Ese topónimo fue antes el apelativo de quien quiso huir y fue hallado cerca del agua, muerto por hipotermia.
   El tren del fin del mundo que nos acoge es deudor de aquel otro, El tren de los presos, que, desde las inmediaciones de la cárcel de Ushuaia, traía al destacamento de penados. Antes que ellos, ya había salido otro grupo, punta de día, que limpiaría de nieve los raíles o tendería nuevos tramos. Seguimos su trazado, pero nuestra comodidad no era la suya. Hay que imaginarlos, sentados sobre plataformas, que eso eran los vagones, sin otro parapeto frente a la ventisca que no fuera el que les ofrecía el encogimiento de sus propios cuerpos. El fin del mundo no estaba para ellos sólo donde la geografía dice...

domingo, 20 de mayo de 2018

LA ARGENTINA QUE VI (23): EL TREN DEL FIN DEL MUNDO (UNO)

Confieso que fue una expresión que me enamoró. Y me resultó aún más irresistible cuando supe que no se trataba de una mera creación verbal.  Tenía su correlato en la realidad, existía un ferrocarril que respondía a ese nombre, que se llamaba así. A ver quién se sustrae a la tentación de subirse a El tren del fin del mundo. Yo, al menos, no. Creo que fui a Tierra del Fuego sobre todo a saber de él, y quien piense que exagero es que no me conoce.
   “Vengo a proponerles un sueño”, decía una pintada que leí, de pasada, sobre un muro de Ushuaia. En pos del mío, subo al bus que nos conducirá a la estación, a unos kilómetros de la ciudad. Dejamos atrás barrios humildes, de casitas bajas y compostura variable. A algunas no les faltan verjas primorosamente pintadas.
   “Aquí descansan los restos de quienes nos precedieron en la vida. Es un lugar respetable que merece ser respetado”, advierte, a ojos todavía somnolientos, un cartel, desde la pared de un cementerio.
   El mar está picado y oscuro, y le escapamos, yendo tierra adentro. Por todas partes, se hacen visibles las encanecidas jetas de los Andes y sus faldas verdes. De colorearlas se encargan las lengas, árboles de madera muy liviana, que a menudo multiplican sus troncos. En algún trecho, nos hace compañía un río de poco caudal, que promete frío en la transparencia de sus aguas. Pasamos ante un campo de golf y al poco las montañas se abren y el valle se ensancha, como para dejar espacio a la diminuta estación de ferrocarril que buscamos. Predomina el azul en la nave que nos acoge. Cuelgan de las paredes relojes, que siguen el horario de diferentes ciudades del mundo y recuerdan al viajero la relatividad del momento que vive.
   Parecen de juguete los trenecitos menudencios que aguardan en los andenes, y que no nos superan en altura. De las locomotoras sale un humo blanquecino, pues son, como lo eran antaño, de vapor. Los vagones están pintados de verde o de rojo y sólo seis personas cabemos en su único departamento. Fuera cae una lluvia menuda y el aire tiene un color helado.
   La sirena que avisa de la partida suena. Nos vamos. Un despacioso traqueteo nos conduce a parajes desolados. Abunda la arboleda, que trepa laderas y se espesa también en los llanos. A veces concede una oportunidad a la mirada, que se expande entre herbazales o choca con la nieve que se enseñorea de las crestas. Hacemos un alto en un lugar despejado, con río y pequeña pradería, y bosques y montañonas de fondo. El entorno sería ideal para un picnic, pero nadie se sienta sobre el verde húmedo y frío. Hemos parado para que subamos hasta una cascada, que vagamente recuerdo como Macarena.
   Ni un alma nos saldrá al paso durante el viaje, a no ser que la tengan lo que semejan ser solitarios halcones, o pájaros que me recuerdan a las urracas, aunque su color pardo desmienta esa identidad. Veo aves mayores, pero lejanas, y no sé ponerles nombre. Caballos aislados pastan, sin ataduras, libres, en campos que no tienen otros límites que los que les imponen la floresta o la cordillera.
   Verdaderamente, estamos en el fin del mundo.

viernes, 4 de mayo de 2018

LA ARGENTINA QUE VI (22): USHUAIA

Al sur del Sur, donde todos los sures alcanzan su fin, en el término de las Américas, el continente se vuelve archipiélago. Tierra del Fuego, le dicen a este espacio helado, por las numerosas hogueras con que buscaban el calor sus habitantes primigenios. En la isla Grande está la localidad de Ushuaia, y en Ushuaia (necesito repetir ese nombre para creérmelo) nos hallamos ahora –un 2 de noviembre- nosotros.
   Cualquiera que nos vea se hará de inmediato a la idea de que somos foráneos. Nos sobraría alguna capa de ropa para asemejarnos a los naturales. Venimos forrados en prendas polares y bufandas y camisetas térmicas, y embutimos los pies en calcetines de lana gruesa y pisamos con botas de monte. A mayores, yo, además, protejo la cabeza con un gorro que me tapa las orejas y me proporciona un lejano parecido con un gnomo. Vestidos de tal guisa, quizás un algo exagerada, nos disponemos a enfrentarnos a la primavera en la vecindad de la Antártida.
   Un puerto generoso abre la ciudad al mar. Si le damos la espalda, nos encontramos con calles que transcurren paralelas y rectilíneas, cómodas para el paseo, aunque dispuestas a progresiva altitud. Otras, perpendiculares, se les atraviesan, y éstas son muy cuestas. Vienen de una zona boscosa que verdea encima del pueblo y desembocan en el océano. En derredor y al fondo, enormes montañas encaperuzadas de blanco ponen coto a la mirada, ya la orientemos a tierra ya la fijemos en el mar.
   Me llama la atención la arquitectura de la población, cómo son los edificios. No veo casas altas, la mayoría sólo tienen dos plantas; aunque lo más curioso son los materiales que las conforman: láminas de madera, planchas metálicas, uralita o lo que semeja ser tal, y en ocasiones piedra. Y siempre cristal, mucho cristal para asomarse al mundo o permitir que los ojos del mundo se cuelen dentro. Imposible pasar por alto la policromía de las fachadas. Los colores, porque todas están pintadas con diversidad de tonos, les dan un tipismo peculiar.
    Da gusto saberse en los confines de la Tierra, andar sin prisa el paseo marítimo, bordear un lago que se abre en uno de sus extremos y que es reserva para la nidificación de aves, incluso detenerse ante un escaparate donde se expone un belén protagonizado por esquimales. Supongo que si un artesano lo ha tallado será porque ha pensado en un comprador, y me pregunto quién será éste.
   Todo eso hacemos, y se va yendo la tarde.

martes, 24 de abril de 2018

LA ARGENTINA QUE VI (21): POR ENCIMA DE LOS ANDES

Son de un blanco prístino y de una altitud que hace buena a la palabra desmesura. Como extraños cofrades, lucen caperuzas o hábitos de nieve las moles de los Andes. A veces encierran valles de agua o tapizados de un verde de hierba, y de sus laderas se apodera  un arbolado muy denso, que se apretuja como para darse el calor que le niega el aire.
   No hay un solo rastro de vida humana. Ni un pueblo que desde arriba parezca diminuto, ni el dibujo zigzagueante que trazaría una carretera, si existiese. Tampoco despunta columna de humo alguna que delate una presencia. A lo largo de kilómetros sin fin, la soledad se adueña de estos parajes escarpados, helados. Únicamente las cumbres, que desfilan en inacabable procesión, se hacen compañía las unos a las otras. Sobrecoge mirar el inmenso vacío de este territorio inhóspito.
   Es un mundo condenado al silencio, y no ya de voces, impensables. Sin oídos que lo oigan, faltará el ruido, aunque vengan aludes o desprendimientos, o muja, desesperado,  el vendaval. Sólo el sentimiento de quienes nos asombramos, siquiera sea tras una ventanilla, y de paso fugaz, deja una huella de humanidad en el paisaje. Entonces, es como si todo cobrase el sentido de una estética atroz, de una belleza que atrae y  asusta a partes iguales, todo depende de dónde uno se sitúe, si tras la protección del cristal u hollando, ahí abajo,  con la imaginación, el panorama de planos inclinados, de verticalidades que nadie habrá escalado, de picos tan agudos que podrían cortar el cielo que surcamos.
   Esas cimas se nos acercan, poco a poco. Después de tres horas, el avión, ya en el último tramo de su vuelo, ha empezado a descender, aunque durante un tiempo no se adivina adónde, pues no se divisa un solo espacio concedido a la planicie. Cuando estoy pensando si el aparato será de aterrizaje vertical, sin apenas necesidad de pista, se abren las montañas y enmarcan un claro con un aeropuerto chiquito y una localidad que veo en un fondo cada vez más próximo, al lado del océano que la orilla.
   Estamos en Ushuaia, la ciudad donde, al Sur, se acaba el mundo. 

miércoles, 18 de abril de 2018

LA ARGENTINA QUE VI  (20): SALIENDO DE BUENOS AIRES

Estamos a 2 de noviembre de 2017. Es hora de abandonar Buenos Aires, aunque no Argentina. Salimos en pos de nuevos horizontes, hacia el extremo sur del continente, donde América se mira ya en la Antártida: la isla Grande de Tierra del Fuego será nuestro próximo destino.
   A primeras horas de la mañana, enfilamos la autovía que nos conduce al aeropuerto de vuelos nacionales. No puedo sustraerme a la impresión de que todos los ciudadanos motorizados se hubieran despertado al mismo tiempo para lanzarse a pilotar sus vehículos. Abruma la densidad de tráfico, en particular cuando la cita con el avión no admite retraso. Sin embargo, la inquietud que siento por la posible pérdida del vuelo de inmediato se ve sustituida por otra que, curiosamente, trata de ponerle remedio.
   Quien nos lleva maneja el volante con tal pericia que yo, de natural precavido, vivo el trayecto en continuo sobresalto. Cambia con frecuencia de carril y donde parece que el espacio, de tan justo que es, se quedaría corto incluso para aparcar, allí lo encaja. Como la maniobra se reitera una y otra vez y no es el único que la protagoniza, y a la postre resulta incruenta, cuesta creer que no está uno dentro de un videojuego.  
   Mientras gobierna el auto, nuestro chófer habla y deshace una ilusión óptica. Circulamos en paralelo a lo que diríamos un mar y es en realidad el Río de la Plata. Pero qué diferencia hay cuando doscientos kilómetros separan sus orillas y ahí mismo asoma ya el Atlántico. Miro las aguas ligeramente encrespadas y escucho que su color azul oscuro no les viene del cielo, como por un momento pensé, sino de la cantidad de sedimento que arrastran.
   Enseguida, desplazo la atención a tierra, porque el conductor, que gusta de transfigurarse en guía, se está refiriendo a la cantidad de árboles que dejamos atrás o que nos salen al paso. Verdaderamente, esta ciudad parece un bosque con edificios. Obedece esa abundancia a una planificación que, se nos informa, viene de antiguo. Su explicación dota de sentido a lo que vemos y lo vuelve más admirable. Se pretendía que durante todo el año hubiera flores en las calles o en los parques y que, cuando coincidiesen las de especies diferentes, combinaran adecuadamente. Cuidado del medioambiente y estética se dan la mano.
  Es el último conocimiento que adquiero antes de abordar el avión. Porque, en efecto, hemos llegado a tiempo.  

miércoles, 11 de abril de 2018

LA ARGENTINA QUE VI  (19): CÓMO OLVIDAR

   Sobre el suelo de la plaza de Mayo, en torno a un monolito con forma de pirámide, se reitera el dibujo estilizado de un pañuelo blanco. El cuello al que se anuda  y el cabello que cubre, y hasta el óvalo de la cara que enmarca, son puro hueco. Simbolizan a quienes son, en Argentina, un símbolo.
   El sábado 30 de abril de 1977, en plena dictadura militar, 14 mujeres dieron dos vueltas al monumento en una reclamación silenciosa de que aparecieran sus desaparecidos. El régimen secuestró a varias de ellas, como antes había hecho con sus familiares. A los cadáveres de algunas, el mar no quiso esconderlos en su seno y los depositó en playas del vecino Uruguay. Puso así de relieve lo que se pretendía encubrir, cómo se deshacía el aparato represivo del Estado de los torturados en los centros de detención.
   Es difícil concebir un escenario tan horrible. Sobre el Río de la Plata o el océano próximo, las nubes tras las que se ocultaban los aviones militares se abrían ante el vértigo de una caída. La de opositores arrojados al vacío, vivos, adormecidos con pentotal, previamente embarcados con el engaño de ser llevados a otro destino que no fuese la muerte que les aguardaba. Estampados contra la superficie acuática, devorados sus restos por las criaturas marinas, los cuerpos de esos hombres y mujeres no serían, en el imaginario de los dictadores, testimonio de sus crímenes, dejarían de existir incluso muertos.
   Las madres de la plaza de Mayo siguieron caminando alrededor de la Pirámide una vez por semana, como el primer día. Su coraje y el de  tantos otros argentinos evitaron el olvido. Y quienes quisieron borrar las huellas de la memoria de aquellos tiempos oscuros, hoy, paradójicamente, la perpetúan, cumpliendo condena en las cárceles. 

martes, 3 de abril de 2018


LA ARGENTINA QUE VI (18): DE TANGOS

Es una tarde noche de primavera en Buenos Aires. Nos aguarda la tanguería Querandi, vecina del barrio de San Telmo, vivero de ese arte, donde no das un paso sin toparte con un establecimiento que te lo ofrezca. Entramos en un local no pequeño ni muy grande, hecho de madera oscura y techos y espacios blancos, con columnas y espejos. Nos sirven primero una cena de carne argentina y vino de la tierra, que pedimos, desechando otras opciones. El menú se acomoda de tal modo al espectáculo que semeja formar parte de él.
   La cosa va de la historia del tango, y se manifiesta en vivo, con cuerpos enlazados y palabras desgarradas, que la música parece traer consigo.
   En el tablado, desde una esquina, conversan entre sí, pero también  monologan, según los casos, piano, contrabajo, acordeón y violín. A veces actúan estos instrumentos de consuno, como orquestina, pero también saben hablar solos. Ya llenen el vacío que dejan los bailarines cuando se cambian, ya hagan posible el diseño de sus pasos tras su retorno, la interpretación siempre conmueve. A menudo se funden con voces de arrabal que cantan en lunfardo y suenan tristes o exasperadas,  habitualmente en clave de amor o desamor. Pero no se completaría el cuadro sin la comparecencia de varias parejas que danzan sobre el escenario, y bajan a veces a ras de suelo. Incluso, en un momento dado, su virtuosismo se afina encima del estrecho sitio que les concede una barra de bar.
   Viendo cómo evolucionan, no podría decir si fue primero la canción o el baile, aunque sí sé que ahora son indisociables.
   El tango se asoma al vértigo erótico, sensual y contenido, siempre apostando más que llegando: hace gala de una desenvoltura que linda con el descaro, más popular que refinado. Aunque nunca se pase de la raya, sí la roza. Piel con piel, se sincronizan los movimientos, hombre y mujer son como un ser bifronte y disímil, que en su asimetría siempre va a la par. Es la suya una coreografía arrebatada, de posturas atrevidas e instantáneas, que dibujan en el aire un flirteo, una pasión, un desengaño. No se besan los labios, aunque en ocasiones pudieran, dicen las miradas, se deslizan las piernas jugando a mimar poses impensables. Y uno descubre, más allá del tópico, algo parecido a una esencia. Como en Andalucía sucede con el flamenco, cuando es verdadero.
   Dan ganas de escribir poesía.

miércoles, 28 de marzo de 2018


LA ARGENTINA QUE VI (17): UN CAMINITO EN BUENOS AIRES


Caminito que el tiempo ha borrado,
que juntos un día nos viste pasar,
he venido por última vez,
he venido a contarte mi mal.

   ¿Quién no ha oído cantar estos versos y sentido su lamento de amor, quién, incluso, no los ha tarareado alguna vez? Se me vienen a la mente, acompañados de la cadencia de su melodía, cuando encaro la callecita rebautizada en su memoria como Caminito, allá donde Buenos Aires se vuelve el barrio porteño de La Boca. Ciento cincuenta metros, que tardo en recorrer mucho más tiempo que si sólo me dedicase a andar. No se transita un museo, así sea al aire libre, como una calle cualquiera. Cómo ir de pasada, cuando tanto creador nos ha dejado huellas de su hacer. La contemplación del arte conlleva entregarse a una placentera morosidad.
    Pisamos un suelo empedrado de adoquines, pulidos por el paso del tiempo y de tantos pies anónimos que aquí se dan cita. Como originales biombos, encuadran la vía, en tiras que cuelgan de estructuras tubulares, acrílicos y acuarelas, pinturas sin enmarcar que venden sus propios artífices. De cuando en cuando, una escultura, un bajorrelieve o un mural nos reclaman una mirada. Y en algún punto suena  un acordeón y una voz entona, desgarrada, un tango. Una pareja se entrega a bailarlo con tal fervor que tal parece que danzan más para sí mismos que para quienes les hacen corro.
   Un decorado casi naif enmarca esta concurrencia de artes varias. Aunque mejor sería decir que se suma a tal encuentro, como un protagonista más, que brillara con luz propia. Son dos hileras de casitas, dispuestas a uno y otro lado de la calzada, de dos alturas, laboriosamente construidas con chapa, madera y uralita. Realza la ingenuidad de sus diseños un cromatismo de arco iris. A veces, empinadas escaleras de metal ascienden al piso superior, donde, como banderas, ondean prendas de ropa puestas a secar a un sol de primavera. Las llaman conventillos, antiguas viviendas colectivas, humildes, de inmigrantes, mayormente italianos. Me parecen un canto a la arquitectura popular. Entre sus paredes, de cuando en cuando, aflora la filigrana de una farola, que nos hace anhelar el anochecer.
   Apenas iniciada, se acaba esta calle, que no nació para ser grande. Y, a despecho de la máxima de Gracián –“Lo bueno, si breve, dos veces bueno”- me deja con ganas de más.

jueves, 15 de marzo de 2018

LA ARGENTINA QUE VI (16): HORA DE COMER

Dejadme que os diga algo que ya conocéis. Un país no sólo es valorable a la vista de sus paisajes o monumentos, o por el entrañable ser de sus gentes: también sabe. Para averiguar a qué, nada mejor que destapar sus ollas y llevarse a la boca lo que contienen. Y es mi opinión, pero mejor hacerlo donde la tradición manda. Ocurre con el comer como con las palabras, que cobran sentido en un contexto. Acudimos, pues, a uno de esos lugares que en Galicia llamamos enxebres, o sea, imbuidos de un tipismo que no les viene de ajustarse al tópico que buscan los turistas, sino del paso del tiempo, al que sobreviven hasta dar en clásicos.
   Se llama “La Brigada”, y está en el barrio de San Telmo de Buenos Aires. Como El templo de la carne, se define en la prometedora leyenda que campea en su fachada. Devotos feligreses como somos de don Carnal, no pasaremos por alto la oportunidad de participar del culto que allí se le rinde.
   Se nos acomoda en una estancia que es comedor de no mucha amplitud, con mesas separadas lo justo, el techo más bajo que alto, y recubierto con camisetas de equipos de fútbol. Decoran en cambio las paredes retratos del famoseo que nos precedió en  la liturgia del buen yantar. Proliferan estanterías y aparadores, donde, sorprendido por la luz de las lámparas, brilla el cristal. Parece una exposición de vajillas y copas, cuando no de botellas. Entre tanto vidrio, descolocan la mirada elementos disonantes, como balones, escudos o enseñas. A veces, llama a los ojos una policromía de verdes, rojos y amarillos.
   Al poco, se acerca un camarero de gesto grave, que no adusto, en su seriedad afable. Enseguida vamos a devolverle la pregunta que nos hace para tomar recado de nuestra elección: le pedimos consejo, a quién si no. Inquiere a su vez sobre nuestro apetito y nuestros gustos. Fruto del diálogo que mantenemos vendrá poco después con un plato de lomo y un bife de chorizo, que resulta ser solomillo. Lo veo actuar con movimientos medidos, profesional y sin pamemas, mientras parte con una cuchara la carne, lo cual da fe de su blandura. La acompañamos de vino patagónico, aunque con mesura, sin seguir la advertencia que hemos leído en un cartel del local, donde se nos recuerda que no lo hay en el cielo y se nos exhorta a beber mucho sobre la tierra.
   Si algo frustrase  nuestras expectativas en Argentina, no sería, desde luego, esta experiencia gastronómica…

jueves, 8 de marzo de 2018

LA ARGENTINA QUE VI (15): EL MERCADO DE SAN TELMO

Entramos a donde es hace más de un siglo el mercado de San Telmo. Si vais, evitad entretener la mirada exclusivamente en lo que, alrededor, está a vuestra altura. Que vaya también al encuentro de una techumbre que de hierro y cristal hace arte. Metal y vidrio dibujan ahí arriba bóvedas arqueadas o angulares, claraboyas que llaman a la luz, filigranas de adorno, corredores y estructuras diversas. Toda una estética de paisaje aéreo que podría acabar en tortícolis o dolencia de cervicales, si no os sustraéis a debido tiempo a su encanto. Además, en tierra aguardan a vuestros ojos otras atracciones igual de sabrosas.
   Ved la diversidad de puestos que os flanquean, según avanzáis sobre el suelo enlosado de los dos pisos. Tenéis todas las carnes que podáis apetecer, y panes y empanadas de buena pinta, y esas frutas que han dejado de ser exóticas porque éste de América es su sitio, y peces que a veces no reconoceréis o sí, y barecitos donde hacer un alto y degustar un café. Aunque lo que para mí vuelve singular este mercado son sus tiendas de antigüedades.
   Sí, es como lo habéis leído. Aquí, en la cercanía de verduras y naturaleza muerta, han plantado sus reales los anticuarios (y tiendas de discos, y librerías de segunda mano). Tras las lunas de sus escaparates, exhiben multitud de objetos que se arraciman en abigarrado montón, sin nada en común entre sí, como no sea la edad, siempre provecta. Me detengo ante uno de estos establecimientos y no puedo por menos que tomar nota de lo que dice un cartel adosado a su cristalera:
                        “Abrimos cuando venimos,
                         cerramos cuando nos vamos
                         y… si viene y no estamos
                         es que no coincidimos”.
   Es uno de tales momentos, porque el local está pechado a cal y canto, y como éste otros muchos. Por eso echamos en falta el bullicio y las aglomeraciones propias de las plazas de abastos, con casi nadie topamos. Otra cosa sería si fuese fin de semana, que es cuando se puebla este vacío. A mí, sin embargo, esas ausencias, unidas a un cierto destartale y a la pinta de viejo que flota en el ambiente, me producen la impresión de que me he introducido en un espacio detenido en el tiempo. Y me gusta. 

jueves, 1 de marzo de 2018

LA ARGENTINA QUE VI (14): HUMOR EN SAN TELMO

Primero fue un brillo en el iris. Enseguida,  esa sonrisa en ciernes pasó de los ojos a los labios. Finalmente, la garganta puso sonido a aquel esbozo de risa y la convirtió en carcajada, aunque fuese, acorde con mi carácter, contenida.
   Me acababa de cruzar con un par de camándulas que caminaban la acera en sentido contrario al mío. Semejaban ser dos golfantes que no descuidaran del todo su aspecto, y ya bien crecidos, por más que su juventud resultase un tanto imprecisa. Traían el gesto apicarado y percibí cómo me buscaban la mirada durante nuestro encuentro, que fue muy fugaz, pues ni ellos ni yo detuvimos la marcha. Algo que había ocurrido, o que estaba a punto de suceder, los divertía, si bien no extremaban la expresión de su alborozo.
   Venían callados, pero cuando pasaron a mi lado uno rompió ese silencio. Lo oí pronunciar un único vocablo, y me iba dirigido, pues era a mí a quien apuntaban sus pupilas. Sonó en sordina, como si el interfecto, al decir en sotto voce, evitara llamar en exceso la atención, no de otros viandantes, sino de mí mismo. Recuerdo que interpreté su susurro como una forma de rebajar un atrevimiento, que, quizá, si hablase más alto, pudiese producir en mí una reacción indeseada.
   “¡Suegro!”, me había interpelado, y escribo ese vocativo entre exclamaciones, porque, si no por el volumen, sí  quedó realzado con la entonación que le dio.
   Aquella palabra parecía un sinsentido o el fruto de una curiosa equivocación. Tendría su gracia que a diez mil kilómetros de España tuviera yo un doble que, además, mantuviera parentesco con un elemento como aquél y que éste me confundiera con él. Pero no había sosia que valiera para hacerme su yerno. Nuestra hija, que nos precedía, ligeramente adelantada, a mi mujer y a mí,  haciendo fotos, era sin duda quien le había inspirado el rapto verbal, hiperbólico y disparatado, que me había dedicado. Más que un piropo, creí ver que presumía de ingenio y buscaba la complicidad de una risa. 
   Me hubiera gustado contestar con una réplica adecuada a aquel bergante, y creí encontrarla. Pero fue un tiempo después, y para entonces ya lo había perdido de vista. 

jueves, 22 de febrero de 2018


LA ARGENTINA QUE VI (13): DEAMBULANDO SAN TELMO

Alguien entona un tango a voz en grito detrás de nosotros, y no se está quieto a un lado de la acera, que lo habríamos visto al sobrepasarlo. Nos sigue, aun cuando no lo haga a posta, coincidimos en la dirección. Giro la cabeza y con todo el disimulo de que soy capaz, busco al personaje. Encuentro a un señor entrado en años y tocado con sombrero. No pide nada, aunque confieso que un instante antes supuse que se ganaría la vida con su arte. Estará contento, o tal vez espante con el canto sus males, pienso. En todo caso, pone música a un barrio que, como el de San Telmo, ya la tiene de por sí, por inaudible que sea.
   Casitas coloniales dibujan calles angostas y empedradas, y un sabor antiguo y popular se adueña del ambiente. Mis ojos todo lo fotografían. Edificios restaurados coexisten con otros que viven su decadencia con señorial resignación. Miro el artesonado de los balcones, rectilíneos y también curvos, con forja de hierro o tallados en piedra. A veces, los ventanales son de cuerpo entero, se abren de suelo a techo, con dos puertas. En los bajos se multiplican los enrejados, que prestan protección cuando no embellecen. Ocasionalmente, el blanco que predomina en las fachadas cede espacio a colores pálidos.
   Emparedada entre dos mansiones blasonadas, una vivienda minúscula de ladrillo cara vista, con un balcón que, sin ser grande, abarca su frente por entero, imposible de puro estrecha, se nos queda en la memoria. Fue la donación que entregaron a sus esclavos, cuando por ley los liberaron, esclavistas de antaño.
   Nos llaman a hacer un alto continuo negocios variopintos y chiquitos de apariencia, aunque si nos acercamos a sus cristaleras vemos que su interior se agranda. Me entretengo en leer algunos rótulos, que vuelven a poner en alerta a mis oídos. Aunque los establecimientos estén cerrados, de sus nombres - La comparsita, Taconeando...- parece que emanasen los compases de la danza argentina por antonomasia.
   En la plaza Dorrego, entramos en un café del mismo nombre y, aposentados al lado de un ventanal, observamos el exterior. Hoy no hay mercadillo de antigüedades, que no es domingo, y ocupan el lugar de los puestos terracitas, sombreadas por árboles frondosos, a la vista de construcciones dispares, aunque todas acaso con más de un siglo a sus espaldas.
   Pero el encanto de fuera está también dentro. No sé por qué este establecimiento me recuerda a un ultramarinos. Mostrador y mesas de madera aparecen literalmente recubiertos de grabados, a modo de diminutas pintadas. Sobre el enlosado del suelo, podríamos jugar a las damas o al ajedrez.  Una máquina registradora, otra, muy vieja, de café y tarros de cristal contribuyen a tintar el local de añejo. Altísima, se diría que una botillería tiene como única función el adorno, y plantea el enigma de cómo ha ido a parar tan fuera de alcance.
   Compiten en las paredes espejos y fotografías de famosos, con un inevitable Borges reencontrándose con Ernesto Sábato tras un tiempo de enfado. Pero también hay cantantes. Los observo. Tal vez alguno esté interpretando el tango que llega a nuestros oídos. Por falta de magia, desde luego, no sería.

martes, 13 de febrero de 2018

LA ARGENTINA QUE VI (12): ANÉCDOTA EN LA CALLE CORRIENTES

No pensaba irme de Buenos Aires sin verla. Había oído hablar tanto de esa avenida que su andadura sería para mí como pasear por un sitio ya conocido. Pero quería verificar que la idea que me había hecho de ella se correspondía con la realidad. Olvidaba, sin embargo, que la liebre salta donde menos se la espera. Y así sucedió, que la calle Corrientes me deparó una sorpresa no incluida en mis expectativas.
   No fue que, según avanzaba, dejara atrás un teatro tras otro, y que su número sobrepasase todo cálculo. Tampoco me asombró la inimaginable cantidad de librerías que abrían sus puertas a lectores potenciales, ni que fueran en buena parte de viejo, y tan amplias que no bastaría una vida para ojear (menos aún, para hojear) sus existencias. Ni me causó pasmo mirar al suelo y encontrarme un paseo de la fama con sus estrellas, cual si caminase por Los Ángeles. Entraba dentro de lo previsible todo ello, por ya sabido, como también que cada poco me toparía con una pizzería o un café, y la diversidad de estilos de los edificios, y el tráfago de autos en la calzada y el bullicio de los peatones, que éramos incontables.
   Había visto, de pasada, plantificado en la acera, un sillón de barbero de los de antes. Parecía una invitación muda a viandantes sin afeitar o con excesiva cabellera para que lo ocupasen, en disposición de aguardar a que el orondo peluquero que está al lado los adecentase. Luego de dedicarle una mirada fugaz, pasé ante otra escultura sin detenerme, pero unos metros después me paré. Mi subconsciente acababa de advertirme que, en primera instancia, algo, con suficiente entidad como para llamar mi atención, me había pasado desapercibido. En su busca, desanduve el camino andado.
  Enseguida llegué ante una mesa, no pequeña, tras la que se sentaba un individuo con gafas, que fumaba un puro. Reparé en su cara redondeada y su flequillo, que le cubría parte de la frente. Vestía un traje sin mácula, que brillaba, y lucía pajarita. Acercaba a  boca y oreja uno de los cuatro teléfonos de escritorio que tenía ante sí, porque algo decía o escuchaba, ajeno al tráfico que a sus espaldas era intenso o a la muchedumbre que transitaba ante él.
   Por aquellos días principiaba noviembre de 2017, y Puigdemont, el que había sido presidente de la Generalitat, había puesto pies en polvorosa y había ido a dar a Bélgica. Por un momento quise pensar que me había equivocado de país, y hasta de continente, y que estaba en Bruselas, y no en Buenos Aires, y me admiró la habilidad del exmandatario catalán, que había conseguido que los nacionalistas flamencos le erigiesen una estatua. Era un sueño más de la razón, ya lo sé, que a veces produce monstruos. Pero el parecido me resultaba verdaderamente asombroso... 

lunes, 5 de febrero de 2018

LA ARGENTINA QUE VI (11): PUERTO MADERO

En pleno Buenos Aires, está este puerto. No pone coto a un océano, no es un mar el que le traería barcos. Se trata de un brazo de agua que, salvando esclusas, podrían navegar buques que vinieran del río de la Plata, que se adivina ahí mismo. Lo que fue dársena es hoy epicentro del barrio más moderno y caro de la ciudad.
   De su función como muelle, poco queda. Quizás tan sólo el nombre y unas grúas amarillas que, asentadas sobre bases rojas, y espaciadas, parecen más elemento ornamental o evocador que auxiliar para el llenado o vaciado de las bodegas de los cargueros. Son como garzas del tiempo de los dinosaurios, cuyo tamaño no disminuyera un ápice la finura y la elegancia que son consustanciales a esas aves. Como ellas, reflejan su inmovilidad en la superficie acuática. Por un momento, casi espero que esa calma se rompa al paso de un pez que arponear con el poderoso pico. Cuando, debajo de una de esas máquinas, mido su altura con la vista, descubro en la cúspide un nido que, por sus dimensiones, me recuerda los de las cigüeñas que soportan los tejados de nuestras iglesias. Durante largos minutos, desoyendo las llamadas de mi estómago, que me advierte de que se está yendo la hora de comer, soy espía de ese refugio. Quisiera saber de sus ocupantes, que por fuerza han de ser pájaros bien grandes. Anima mi curiosidad que sea, muy a principios de noviembre, primavera en Argentina.
   Lo veo desde el puente de la Mujer, obra de Calatrava, que se inspira en una pareja que baila un tango. Antiguos edificios portuarios orlan las márgenes del canal. Pero ya no son lo que fueron. Remodelados con mimo, ofrecen ahora servicios muy distintos a los de antaño, mayormente orientados a satisfacer el paladar, si son bajos, o de habitar instalados en el lujo, si viviendas. Tal vez la imaginación se me dispare, pero veo en ellos detalles que me recuerdan el mundo marino. Formas y colores rinden, más allá de su utilidad, tributo a la estética.
   Tampoco el velero fondeado en aguas de escaso calado conserva la función que le fue propia en el pasado. La fragata Sarmiento ha trocado su papel de buque insignia de la Armada por el de museo de navegación. Puerto Madero parece ejemplificar ante nuestros ojos esa máxima filosófica que nos enseñó la escuela y corrobora la vida, donde  nada es y todo cambia.
   Lo que más me sorprendió de este lugar fue Nueva York. Pensaréis que se me ha ido la cabeza o que mis nociones de geografía trastabillan, llevándome al disparate de contravenir el título de esta serie, que sitúa mis andanzas, lejos de EE UU,  en Argentina. Pero talmente es como si hubiera venido a dar a los aledaños de esta zona un retazo de la Gran Manzana. En un punto próximo, se elevan construcciones que rascan el cielo y juegan con la geometría en sus diseños. Son como una agrupación insólita de torres vigía que, en vez de controlar al enemigo, se satisficiesen en tener el mundo a sus pies. Quizás ignoren, en tal caso, que ellos mismos se constituyen en espectáculo: un sitio desde el que mirar que reclama miradas.