jueves, 16 de mayo de 2019

HACIA EL NACIMIENTO DEL ASÓN

Se iniciaba mayo, entre azules sin nubes. Una brisa que venía de nordeste estorbaba el esfuerzo del sol por calentar el día. A cambio, volvía prístino el aire, nítido el paisaje. Habíamos dejado el coche orillado en un carril, donde las casucas que llaman del Asón, en las inmediaciones del pueblo del mismo nombre, y nos adentrábamos en una lujuria de verdes.
   La senda que nos encaminaba fluía a contracorriente de un río que, apenas nacido, ya buscaba su próximo encuentro con el mar. Discurría, encajonado y límpido, entre dos sierras. Carecería de color, de no ser porque se lo prestaban un fondo de guijarros y arena, ocasionales algas o el musgo de los peñascos que sorteaba, y que le daban un aire como de cuento. Según nos acercamos a su fuente, se hacía menor su caudal, cuando aún no le habían salido al encuentro torrenteras que lo volvieran mayor. Salvábamos el cauce saltando de un pedrusco a otro, fiados a la sabiduría de los pies, que, tras cortos vuelos, se posaban en superficies redondeadas, esquivando humedades y posibles resbalones.
   Muy arriba, de tarde en tarde, aparecen y desaparecen sobre las cresterías aves rapaces. Miran desde los cielos una vegetación que se atreve a escalar cumbres. Sus sombras se deslizan, rápidas, sobre escuetos prados alpinos, pero no veo ningún lance de caza, siquiera en esbozo.
   Oímos balidos y enseguida perturbamos la siesta de tres mastines, que se levantan con perezosa desgana a nuestro paso. Se contentan con ladrarnos un poco.. Alabo su saber estar. Para qué mostrarse amenazadores con quienes apenas echamos una ojeada curiosa al rebaño de cabras que pastan entre la espesura, y que únicamente ellos pastorean.
   A escasa distancia, un herbazal acoge a una manada de vacas, entre las que distingo  un toro, y no hay vallado que nos separe. Miro  en derredor, buscando una tabla de salvación para caso de necesidad. Pero me tranquiliza la apariencia apacible del animal, que, como si tuviera la mente ocupada en más sabrosas imágenes, ni repara en nuestra presencia fugaz.
   Un urbanita no gana para sustos en campo abierto.
   Atravesamos lugares especialmente hermosos. Nos bordean varas de avellano, de grandes hojas, que al tacto semejan terciopelo. Aún no les han brotado a las hayas, que queda mucha primavera por delante; pero sí a los robles, más madrugadores. Unos y otras esparcen raíces como troncos, que dibujan en el suelo un inextricable entramado. Sólo por admirar a estos gigantes, ya merecería la pena haber venido. Hay que mirar muy alto para alcanzar la cúspide de sus copas, y ni uniendo nuestros abrazos abarcamos todo el grosor que acumulan. A su alrededor se clarea el espacio y se forman casi como dehesas en miniatura, donde despunta la hierba o, al paso de la brisa, se cimbrea la fragilidad de los helechos.
   Los espinos albares nos llaman la atención por su número, los acebos por su mera existencia. Un fresno pone a prueba nuestro conocimiento botánico. Y que no haya eucaliptos nos produce una sensación muy placentera.
   Van ya dos horas de caminata cuando la montaña lanza a tierra una cortina de agua, tan fina que parece cendal. Un saliente que aflora en la verticalidad del paredón la escinde en dos mitades. Abajo  aguarda a ambas una poza, que es y no es siempre la misma, pues constantemente se renueva. Lo que entra como lluvia sale como germen de lo que será río. Hemos llegado a donde cuentan que una anjana castigó las travesuras de su hermana enterrándola en una cueva, de la que, no obstante, sobresalía, colgante, una plateada cabellera. Porque el Asón, como muchas cosas bellas, comienza como una leyenda…

martes, 23 de abril de 2019

APUNTES ELECTORALES (2)

Por entre el ruido de la campaña electoral, llega una promesa de la derecha. Llámese PP, Ciudadanos o Vox, declara que, de formar gobierno, reformará el sistema tributario y bajará los impuestos. Habrá quien piense que se trata de una añagaza para engaño del contribuyente, una estratagema para la caza de su voto. Que, una vez en el poder, olvidarán ese propósito, por que no mengüen las cuentas del Estado.
  A mí me preocupa que, por el contrario, estén decididos a cumplir lo que proclaman.   Disfrutamos en España de una sanidad y una educación públicas, que, pese a haber sufrido los embates de los recortes, atienden al principio de universalidad en sus prestaciones. Son mejorables, como sucede con las ayudas a la dependencia –en un país que envejece a un ritmo acelerado-, a la vivienda social, al seguro de paro o a la investigación o el sistema de pensiones, por poner algunos ejemplos, entre otros muchos posibles.
   Superar el estándar actual, o evitar que se degrade, exige dinero, y de dónde sacarlo si no es de quien lo tiene. Ahí les duele a los partidos del arco liberal-conservador. Yo veo en su repulsa a engrosar las arcas del Estado una doble motivación. De un lado está la salvaguarda de la economía de las clases más pudientes, protección que se aviene mal con el principio de la progresividad fiscal (que pague más, y en mayor proporción, quien más tiene). De otra parte, cuanto más adelgacen los servicios públicos, mayor será el campo que se abra a la iniciativa empresarial. Beneficio en doble sentido, pues, para algunos; en detrimento, y ésa es la otra cara –la cruz- de la moneda, para muchos. Quien quiera, o necesite, una buena enseñanza, una medicina de calidad, una jubilación aceptable… que las pague, que se entregue en manos del negocio privado. Que no espere que el Estado redistribuya la riqueza, así sea sólo parcialmente, y palíe los efectos de la desigualdad social.
   Suena bonito reducir impuestos (de sucesiones, de patrimonio, de renta). También eran dulces los cantos de las sirenas. Pero los incautos navegantes a los que atraían, acababan, inexorablemente, devorados. 

jueves, 18 de abril de 2019

APUNTES ELECTORALES (1)

Se avecinan debates electorales, que probablemente no vea, o que sólo lo haga hasta oír el primer insulto. Y no es que sea yo, al predecir el improperio, un malpensado, de ésos que acostumbran a poner la venda antes de que se produzca la herida, no.  Ando muy escaldado con lo que nos han regalado algunos dirigentes de la derecha, como para no sospechar, con fundamento, que lloverá sobre mojado, pues si por separado han proferido dicterios mayúsculos, qué no harán cuando se encuentren frente a frente con sus adversarios.
   Ojalá no fuera a ser así, y se dejase de lado el trazo grueso de la carnaza, para centrarse en lo que verdaderamente debería interesarnos a los electores, es decir, los análisis de la realidad que hace cada partido en liza, la exposición de las líneas maestras de sus programas, la valoración crítica que le merecen los oponentes: todo aquello, en fin, que permitiría al oyente hacerse una idea de qué opción se acomoda mejor con su idiosincrasia y sus deseos para el país y sus habitantes. Ojala me equivoque, pero me temo que de eso habrá poco.
   Si nos basamos en sus antecedentes, es más que posible que algunos, supuestamente escudados en la libertad de expresión, que no en el derecho de la ciudadanía a conocer sus verdaderas intenciones, se lancen a degüello contra el contrario, convertido en enemigo, y compitan entre sí en el despropósito del pimpampum. Buscarán más aniquilar que confrontar ideas, se solazarán en el cuerpo a cuerpo, con argumentos ad hóminem. Enardecer a los electores en lugar de convencerlos con sus razones, que, para los suyos, alguna tendrán, será su propósito.
   A mí, ese espectáculo me parece tan lastimoso que casi prefiero no verlo. Aunque una virtud sí le reconozco, y ésta es que pondrá a cada uno en su sitio. Y desde ese punto de vista, tal vez convenga presenciarlo. Quizá contribuya, por el espanto que provoquen determinadas intervenciones, a orientar el voto, en el sentido de evitar que las papeletas favorezcan que quien incurra en tales desmesuras llegue a presidir el gobierno. 

lunes, 25 de marzo de 2019

TEATRO CON VIDA

Adelanto que no fue a propósito. No se trató de una performance, una escenificación que ocultara su intención de espectáculo bajo visos de realidad. No se buscaba engañar, en el mejor sentido de la palabra, a un público ocasional que pasara por allí, incluso de hacerle partícipe de la mojiganga. Era únicamente un ensayo, pero a cielo abierto y, encima, sin director que lo animase y advirtiese con su presencia e indicaciones de que sólo se procedía a preparar la representación de una obra de teatro. Encima, no contribuía a disipar confusiones el espacio donde se llevaba a cabo, un pasillo del instituto en que yo ejercía de profesor y, simultáneamente, estaba al frente de su colectivo de dramatización.
   “Una mora frente a mí, en el espejo”, se titulaba el texto que presentaríamos aquel curso a los espectadores: escenas cortas, con diferentes tramas y personajes, bajo el denominador común de desvelar discriminaciones, poner en la picota la xenofobia; mostrar cómo en cada uno de nosotros cabe un mundo, puesto que un mundo a todos conforma.
   Ese día, yo me había quedado en el aula de teatro con la mayor parte del grupo, pero pedí a quienes intervenían en una escena referida a los gitanos que se fueran a ensayar fuera, en las proximidades. Debían centrar sus esfuerzos en un momento donde se hacía explícita la actitud racista, y cumplieron con su cometido. Lo supe cuando, poco después, los vi entrar por la puerta que antes les había servido para salir y me contaron. No venían nada contentos. Más bien denotaban desconcierto y preocupación.
   Los había sorprendido una chica gitana, estudiante como ellos, pero no actriz, oyéndoles decir frases que, acertadamente, había considerado ofensivas para su gente, y se les había encarado para afearles su conducta. Aunque habían intentado explicarse (era teatro, y el argumento daba un vuelco antirracista en el desenlace), no estaban nada seguros de haberlo conseguido. Querían que hablase con ella. Me comprometí a hacerlo, pero antes los felicité.
   Habían hecho creíble la ficción. Muy bien debía haber ido el ensayo para que el mundo de lo real interfiriese de esa forma en él. Aunque, ciertamente, lo hubieran facilitado los prejuicios existentes contra los gitanos, se habían comportado como excelentes actores. Hasta tal punto, que no había parecido que lo fueran.

lunes, 11 de marzo de 2019

LA SABIDURÍA DE LOS LOBOS, de Elli H. Radinger

Ya de entrada, este libro me resultaba atrayente. La Naturaleza es para mí algo más que una afición. Me relaja y me expande recorrer sus caminos, saber de sus criaturas, sorprenderme con encuentros inesperados que me depara. Cuanto más conozco, más quiero averiguar. En mis salidas campestres, lobos en estado salvaje no he visto todavía ninguno. Así que me interesan sobremanera estudios que traten de ellos. Y este ensayo prometía.
   ¿Cumplieron sus cerca de trescientas páginas mis expectativas?
   Se lee bien. El estilo es ágil y carente de alardes literarios. Con todo, eso no significa que la autora vaya siempre al grano, que se quede en la frialdad de los testimonios que aporta No habla del cánido con neutralidad, y entre observación y observación se extiende en digresiones cordiales hacia el animal y su comportamiento. La suya es una mirada afectiva, más que científica o meramente empírica. Cierto que desvela datos, que da cuenta de numerosas experiencias sobrevenidas durante su trabajo de campo en el parque nacional de Yellowstone (EE.UU.), que relata muchas anécdotas, o se extiende en el análisis de facetas de la vida de este predador, del que muestra ser excelente conocedora, y entonces es cuando más me gusta. Pero se diría que la domina la admiración, que está entregada. La objetividad cede ante el mundo de las emociones, y el resultado no puede ser otro que una visión humanizada.
   Llega a decir:
“Todos los que observamos animales salvajes durante un período prolongado de tiempo establecemos una conexión con ellos. Tenemos una visión íntima de sus vidas y los conocemos. Es como una relación amorosa”.
   Incluso extrae de su conducta enseñanzas modélicas para sí misma y para los otros:
“Los lobos me han enseñado a respetar profundamente mis raíces y mis orígenes y me han aportado la conciencia de saber a qué lugar pertenezco”.
“Sobre todo, he aprendido (de los lobos de Yellowstone) a aceptar lo que no puedo cambiar, a adaptarme y disfrutar de la vida al máximo, y a hacerlo todos los días”.
   Más allá –o más acá- de disquisiciones filosóficas, o en algún caso cuasi místicas, yo me quedo con lo mucho que he aprendido de cómo es la realidad del lobo. No sólo a través de las palabras de la autora, también del discurso de imágenes, de fotografías de extraordinaria calidad que acompañan al texto. Y una cosa lleva a la otra y como suele ocurrir en este tipo de libros se dedica atención al paisaje y surgen hermosas descripciones, o se nos presentan otros seres, presas (ciervos, bisontes…) o competidores (coyotes, osos, águilas…), que comparten el ciclo vital de los protagonistas de este libro. Por no hablar de la a menudo conflictiva interrelación con nuestra especie, que no se obvia. Y, además, está esta cita de un proverbio ruso:
“Tu hogar no es el lugar donde conoces todos los árboles, sino el lugar en que todos los árboles te conocen a ti”.

lunes, 25 de febrero de 2019

LOS INDEPENDENTISTAS CATALANES Y LA TÁCTICA DEL ESCORPIÓN

Son curiosos los caminos de la memoria: a veces, algo que sucede te lleva a transitar sus vericuetos hasta que se activa un recuerdo. Por ejemplo, la postura de los independentistas catalanes al tumbar la propuesta de Presupuestos del Gobierno, y, por ende, a éste,  ha rescatado de mi pasado lector la fábula del escorpión y la rana.
   Cuenta Esopo que pidió el primero a la segunda le auxiliase para pasar un río, pues no sabía nadar y deseaba alcanzar la otra orilla. Temeroso el anfibio de ser víctima del aguijón del arácnido si se lo subía a la espalda, rechazaba tal solicitud. Y no hubiera cedido a sus pretensiones, de no esgrimir el otro un argumento irrebatible: si durante el trayecto la picaba, no sólo perecería la porteadora; él mismo no conseguiría, perdida su tabla de salvación, mantenerse a flote.
   Sin embargo, cuando estaban en mitad de la corriente, contra toda lógica, le inoculó el veneno y la mató, condenándose también él a una muerte segura. “No pude contradecir a mi naturaleza”, manifestó a la horrorizada rana un instante antes de que ambos se hundieran.
   ¿Y qué tiene que ver la decisión de los independentistas catalanes con la actuación del escorpión?
   Algo hay en las dos de inexplicable. Los secesionistas han rechazado un proyecto de cuentas públicas con partidas beneficiosas para Cataluña, que ahora se quedarán en papel mojado. Si en el comportamiento suicida del escorpión mandaba su agresiva naturaleza,  en el ADN de los separatistas prima, por lo visto, la política del todo o nada. O se habla de la autodeterminación o no hay presupuestos que valgan. Aunque pierdan los catalanes oportunidades para mejorar sus vidas.
   Es peor aún. Unieron sus votos a los del Partido Popular y Ciudadanos y expulsaron, así, a los socialistas del Gobierno. Pero en los comicios que vendrán gracias a su alineamiento con la derecha, las encuestas juegan con la posibilidad de que ésta, aliada con los extremistas de Vox, alcance el Gobierno. Y si eso sucediera, es altamente probable que entre sus primeras medidas figurara la aplicación de un 155 duro para Cataluña. O lo que es lo mismo, la intervención de una comunidad que goza actualmente de plena autonomía y se quedaría durante largo tiempo sin ella.
   No sé si Pedro Sánchez sería la rana de la fábula (tal vez, en el sentido de que quiso dialogar con ellos). De lo que estoy seguro es de quien ocupa aquí el lugar del escorpión.

jueves, 14 de febrero de 2019

QUO VADIS, PABLO CASADO ?

“Traidor”, “felón”, “mentiroso compulsivo”, “ridículo”, “incapaz”, “desleal”, “ególatra”, “incompetente”, “mediocre”, “okupa”… Tales son los calificativos que, en sólo unos minutos, el señor Casado, secretario general del Partido Popular, ha dedicado a Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español (y conste que la lista no es exhaustiva). Motivaban semejantes exabruptos decisiones del ejecutivo en relación al conflicto con los independentistas catalanes. Y yo, que estoy deseando valorar en este blog el último libro que he leído, me he considerado obligado a volver a la ciénaga en que algunos, como el citado, convierten de ordinario la política de nuestro país.
   Empezaré por decir que, a mi parecer, esas palabras, más que para describir al señor Sánchez, desvelan aspectos preocupantes de la personalidad pública del señor Casado. Sobre todo, teniendo en cuenta el carácter de dirigente que ostenta. Queda al descubierto un modo visceral de afrontar los problemas, que sustituye la crítica por el insulto y busca denigrar al contrario. Para más inri, lo hace sin complejos, como si ese comportamiento fuese lo más natural del mundo. ¿Alguien en su sano juicio, por muy conservador que sea, le confiaría la gobernanza del país?
   Su actitud, además, define una determinada manera de concebir y ejercer la oposición. Consiste en una voladura incontrolada de puentes. Sus dicterios no fijan únicamente una posición: cierran espacios, ya no a la negociación, también al diálogo, tan necesario en una situación como la que vivimos. Hacer de las palabras dardos es lo que tiene. Transforma al otro, de adversario, en enemigo, e imposibilita, así, cualquier colaboración, incluso en asuntos en que resulte imprescindible.
   Tampoco debe desdeñarse la repercusión pública de declaraciones como ésas. La dialéctica del agravio traslada a sus partidarios un ánimo hostil, atiza sentimientos primarios y conduce a la confrontación social. Curioso corolario para quien llena su boca con la unidad de España.