sábado, 18 de marzo de 2017

EL UROGALLO QUE NO CANTÓ PARA MÍ

La única ocasión en que oí cantar a un urogallo yo desconocía que estaba oyendo cantar a un urogallo.
   Sólo supe quién había sido aquel músico anónimo muchos años después, cuando, a la vista de un documental sobre naturaleza, su canto salió, nítido, simultáneamente de la pantalla y del baúl de mis recuerdos.
   Me había sucedido en el bosque asturiano de Muniellos. Mediaba una mañana que debía de ser de primavera y llevaba varias horas subiendo montes, cuando percibí aquel sonido. Era un tic ap reiterado y tan poco melódico que me hizo dudar de si procedería de la garganta de un ave o si se trataría de percusión, como golpeteo extraño. Deseché pronto la idea de que fuese un pájaro carpintero que picase algún tronco en busca de insectos, pues ese ruido sí me resultaba familiar y éste que ahora me llegaba no se le parecía.
   Tiempo atrás, unos amigos me habían ofrecido la oportunidad de acercarme a un cantadero, ubicado en un claro, en medio de espesuras remotas. Me atraía la experiencia de caminar durante la noche por senderos ignotos para sorprender al ave entonando su romanza de amor al amanecer, pero finalmente la expedición no se llevó a cabo y hube de quedarme con las ganas y sin saber cómo cantaba el urogallo.
   Eso sí, me habían contado que cuando lo hacía suspendía sus sentidos hasta tal punto que su propio canto lo dejaba inerme ante cualquier predador, pues, embebido como se hallaba, no notaba su presencia. Ello era aprovechado por los cazadores de antaño, que se le acercaban mientras emitía su trova y se inmovilizaban en sus silencios, para evitar que, al recobrar la percepción perdida, pudiera localizarlos.
   Yo creía que una melodía que obnubilaba hasta ese punto a su intérprete y lo volvía absolutamente ajeno al entorno por fuerza había de ser muy bella. Nada que ver con la sosería del monótono soniquete que en aquellos instantes me llegaba. No caí en la cuenta de que lo que embelesaba a la gallina del urogallo, que, seducida, cedía a menudo a su cortejo, ni me estaba destinado, ni, por tanto, tenía por qué resultarme grato.
   Y aquel ser tan hermoso continuó siendo un misterio de los bosques para mí, que tanto hubiera dado por verlo o, al menos, por oírlo con consciencia de que lo hacía. 

lunes, 13 de marzo de 2017





Y ALCANZAMOS ÍTACA...

Abarca  la fotografía únicamente un breve fragmento de la cola. Es gente que aguarda a que abran las puertas del paraninfo de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Han llegado pronto para escoger buen sitio, tal vez para no arriesgarse a quedar sin asiento. Lo cierto es que cuando entren todos, no quedará libre una sola de las cerca de quinientas butacas que conforman el aforo. El llenazo es absoluto.
   Dos horas de representación después, salgo a saludar, junto con los actores, al público. Han encendido las luces de sala y veo cómo nos miran, y están sonrientes y nos aplauden. No parecen tener prisa por dar por concluida la función e irse, pese a que son cerca de las diez de la noche. Parte de esos espectadores retardará todavía más la partida para felicitarnos personalmente.
   Sobre el escenario, hace un momento que Odiseo ha conseguido volver a su patria y se ha reencontrado con Penélope, tras superar duras pruebas y sufrir ella el acoso de sus pretendientes. Y siento que también nosotros, la Agrupación Escénica (amateur) Unos Cuantos, hemos alcanzado, a la vez que el héroe, nuestra particular Ítaca, sólo que él perdió a sus hombres por el camino y nosotros llegamos todos. Nuestra Ítaca es aquélla donde habitan los aficionados al teatro, que gustan de que les cuenten historias con sus protagonistas materializados en carne y hueso. ¿Qué sería sin ellos de nuestro trabajo y esfuerzo?
   Muchas gracias

miércoles, 8 de marzo de 2017



Venimos a proponeros un salto en el tiempo. Considerad que os encontráis en el ágora de una ciudad, en la Grecia Preclásica. Un aedo comparece para distraer vuestro ocio: nada menos que Homero, quien, asistido por cinco griegas, os contará las aventuras de Odiseo en su regreso a Ítaca, su tierra, desde la lejana Troya. Ante vosotros desfilarán dioses, sirenas y cíclopes, nobles a menudo innobles, hechiceras y hasta muertos que habitan más allá de la laguna Estigia. Por entre ellos, se abrirá camino Odiseo, que experto en ardides, se forjará como héroe luchando contra la adversidad.

   Escuchad y abrid, asimismo, los ojos. Porque el rapsoda se servirá de la palabra, pero también de actores que volverán visible lo que relata. Es la Odisea hecha teatro. Os queremos tan asombrados como los niños cuando empiezan a descubrir el mundo a través de los cuentos... 

jueves, 2 de marzo de 2017

EN TORNO A SANTO ESTEVO

Es una templada mañana de otoño. El cielo está sin nubes, pleno de azul y de luz. El día se libera de grises y la transparencia se adueña del aire. En tierra, el relieve se torna voluptuoso, las montañas olvidan agudezas y redondean sus cimas. Las laderas van, con suave laxitud, a encontrarse, y se enlazan unas en otras. Un  verde hecho de bosques se hace con el espacio y coloniza los cuatro puntos cardinales. Ocasionalmente, sin embargo, surge una llamarada entre la arboleda infinita. Tal vez sólo sea un álamo, que se ha adelantado a tintar sus hojas de amarillo.
    Manso, casi perezoso, pronto a ocultarse tras el recodo que siempre acaban por trazar sus aguas, un Sil aún no entregado al Miño que lo llevará al Cantábrico se encañona a nuestros pies, desde cualquiera de los muchos miradores que lo avistan. En la otra ribera, la pronunciada pendiente atempera su caída. Un trabajo de siglos la ha modelado en gradas, para acoger vides que ahora muestran el color del otoño, en una gama que va del rojo al ocre. Mis prismáticos indagan, curiosos, entre los bancales: a veces, la vertiente que rompen es tan vertiginosa que, para subir la uva cosechada a la carretera, los vendimiadores la van depositando dentro de una vagoneta que se desliza sobre raíles.
    Paseamos entre castaños que, de contarlos, serían cientos de miles, millones acaso. De cuando en cuando,  prorrumpimos en una exclamación asombrada. Es un reconocimiento al porte y a la edad de algunos ejemplares. Produce un escalofrío pensar que estaban aquí plantados cuando Os irmandiños se levantaron en revuelta. Quizá a más de uno llegaron los ecos de una cantiga de amigo, o un eremita medieval oró bajo su copa.
   Las castañas son, en estos parajes, pequeñas, pero su número, y dicen que su sabor, compensan ese tamaño escaso. Ni los afanes de los lugareños por recolectarlas, ni los de la fauna salvaje en la rebusca, impiden que apenas se vea el suelo y que resulte casi imposible andar sin pisarlas. Erizos abiertos nos las muestran, a menudo, como hornacinas naturalmente hermosas.

    A mediodía, una señorina entrada en años se apoya en la verja que cierra una huerta y desde allí nos observa. Es tal la fijeza de sus ojos que por un momento pienso en su cordura. Nos hemos parado a consultar un mapa de carreteras, porque dudamos de adónde estamos yendo. Ella no nos habla nada, hasta que le preguntamos. A sus palabras deberemos localizar el mirador que llaman Madrid y, más tarde, dar satisfacción al estómago en O curtiñeiro, un restaurante de Parada de Sil que, a 12 euros per cápita, nos trae a la mesa una comida de la tierra que colma nuestras expectativas.
   Qué bien hemos hecho en venir.

martes, 21 de febrero de 2017

YA EN SANTO ESTEVO

En realidad, no debería extrañarnos hallar un parador nacional en sitio tan remoto. No, si consideramos que fue antes monasterio de frailes benedictinos, y en tiempo aún anterior, sin la apariencia que hoy tiene, refugio de eremitas, que buscaban soledad y apartamiento. Asombra, sin embargo, su monumentalidad, precisamente por tan fuera de todo como está, señoreando montes desde la cima de una montaña lejana.
   Las mitras de nueve obispos nos hablan, desde el escudo que las aloja en la fachada barroca, de que es éste un buen lugar para quien guste de un retiro no exento de comodidades. Intramuros encontraron, sin duda, cuanto un príncipe de la Iglesia pudo apetecer en el final de sus años, como un anticipo del paraíso al que aspirarían. Una leyenda verbaliza esa historia, que sitúa a caballo de los siglos X y XI.
   Nada más traspasar la portalada, en un acto instintivo, sujeto la maleta en el aire, aunque me pese. El ruido de sus ruedecillas sobre enlosados y tarimas se me ha antojado una profanación. A nuestro paso, la piedra se comba en arcadas y dibuja columnatas y capiteles o se adintela, y siempre nos traslada al medievo, si no es por el mobiliario, de una modernidad que sorprende.
   Caminamos corredores a menudo porticados, subimos hermosas escalinatas, nos perdemos en la amplitud de   estancias que son comunitarias, ya se trate de salones donde conversar, ya de salas de exposición. Por tres veces, el espacio se abre y la techumbre desecha la teja y es puro cielo: son otros tantos claustros monacales. Al atravesarlos, vamos del románico al gótico, y de éste al Renacimiento, sin otra transición que la que nos lleva a detenernos, embobados en esta lección de historia del arte que se  materializa ante nuestros ojos.
   En este contexto, dan ganas de llamar refectorio al comedor, que despliega una inverosímil largura bajo una bóveda inacabable y tiene paredes de ladrillo rojo. Suena una música suave, remedo de otras épocas. Y el pulpo viene a nuestra mesa, preparado a la gallega manera, y no lo desmerece el bacalao, que, se acompaña de cebolla caramelizada y se deshace en lonchas y sabe a gloria. Bocatti di cardenale! No puedo por menos que imaginar a los nueve prelados disfrutando de estas o similares exquisiteces, cuando entramos en la primitiva cocina conventual, ya en desuso y vacía, apenas un hogar cobijado por cuatro columnas…

  Abro la ventana de la habitación a la mañana. Veo un cementerio diminuto, una pequeña explanada que se eleva, tan cubierta de flores que semeja un jardín, como un adorno que se empeñase en poner una nota de color a la iglesia románica que levanta a su lado muros, ábsides y torres de campanas. A la vista de ese camposanto, pienso en cualquier cosa que no sea la muerte. 

lunes, 13 de febrero de 2017

YENDO A SANTO ESTEVO

Era una noche cerrada del último otoño. El coche trepaba curvas, que se enlazaban una en otra sin darnos  respiro. La carretera se abría camino con dificultad por entre una espesura de árboles. Resignada a estrecheces sin cuento, zigzagueaba, como si fuese un sendero sinuoso en medio de un bosque muy tupido, y siempre cuesta arriba. Concentrábamos la mirada allá donde el haz de los faros sacaba fugazmente el frente más próximo de la oscuridad. Yo aguzaba la vista, temeroso de que un jabalí obtuso o un cérvido deslumbrado viniese a morir contra nosotros. O buscaba, pero en vano, un punto de luz que me revelase la presencia de una casa y rompiese la soledad de aquellos parajes. Kilómetro tras kilómetro, la sensación de estar yendo a ninguna parte se acrecentaba, aunque pensáramos que, en tanto hubiera asfalto bajo las ruedas,  no estaríamos perdidos del todo.
   El tiempo que duraba aquella ascensión continuada se me estaba volviendo eterno, tal vez por la tensión con que lo vivíamos, o quizás lo estuviéramos alargando con un avance que nuestra prudencia hacía muy despacioso. El problema no era, en todo caso, que no acabáramos de encontrar nuestro destino. Es que, cuanto más nos sumíamos en  tinieblas y lejanía, más atrás iba quedando el recuerdo de espacios habitados. Y, aunque no lo dijéramos, no contribuía a tranquilizarnos que ya hubiéramos olvidado la última señal indicadora de que íbamos hacia donde queríamos.
   Entonces surgió repentino, tan visible como insospechado. Estaba en un alto amurallado, que se abría en un portón que nos pareció la entrada a la gloria. Si París bien valió en su día una misa, se me antojó que, por alojarnos en Santo Estevo, había merecido penar en una negrura que semejara no tener fin. Y eso que aún no habíamos catado las delicias que nos aguardaban tan fuera del mundanal ruido como sólo fray Luis de León cantó…

lunes, 6 de febrero de 2017

A VUELTAS CON AMADORA Y SU CUARTO

   Dicen –y suscribo esa opinión- que escribir comporta sufrimiento. El que causa la búsqueda de la palabra exacta, ésa que precisas y no encuentras; o que un personaje no acabe de revelársete, o, ay, que cuando crees que ya lo ha hecho se rebele y tuerza tus planes. Por no hablar de una trama que –al menos en mi caso- se forja día a día y me trae y me lleva, entreteniéndome en un nuevo avatar que surge en el camino, o en el camino mismo. Y aún estará la incertidumbre de un desenlace, que para mí sólo surgirá con el punto y final.
   A esos problemas inherentes a la escritura de ficción sumé en la novela “Desde el cuarto de Amadora” una dificultad más. Trabajé en ella a lo largo de varios veranos, o sea, de forma discontinua, y no porque lo quisiera así. De otoño a primavera, el curso lo ocupaba en otros menesteres, literarios –el teatro- o profesionales, las clases en el instituto. De modo que cuando al fin las vacaciones me daban un respiro y podía retornar a la labor narrativa, había de releer lo ya escrito para volver a hacerlo mío y ponerme en condiciones de continuarlo.
   Ahora estoy entrando en otra fase. Nadie escribe para sí mismo, no hay autor que no aguarde a su público. Una voz siempre espera un oído que la escuche; la palabra escrita, la atención de unos ojos. Es un viaje, éste de la comunicación literaria, que, habitualmente, sólo es de ida. Pocas veces el receptor entabla un diálogo con el hacedor de la obra que ha leído.
   A mí me está pasando. ¡Cuánto se agradece que alguien deje su opinión en la página de Amazon donde se oferta la novela! Y que te llamen a una tertulia (siempre voy) para que escuches de labios de quienes se han adentrado en las páginas del relato cómo han vivido las peripecias de los protagonistas… O que, en fin, hayas dado pie a valoraciones tan hermosas como las vertidas en sus blogs respectivos por miradas expertas como las de Rosa Berros (http://elblogdelafabula.blogspot.com.es/), o Isabel Tejerina (http://isabel-tejerina.blogspot.com.es). Cuando veo lo que dicen, hasta a mí me cuesta no abrir “Desde el cuarto de Amadora”, esta vez para leerla…