sábado, 22 de julio de 2017

UN ENCUENTRO EXTRAÑO

Me topé con él a media tarde de ayer, que fue viernes. Era un desconocido más en la calle. Venía sin compañía, pero hablaba. También hacía gestos, intuí que mecánicamente, como complemento espontáneo a sus palabras. Pensé que si continuaba avanzando hacia mí y yo no alteraba el sentido de mi marcha o la velocidad con que me desplazaba, muy pocos minutos tardaríamos en estar a la par.
   No era la primera vez que presenciaba cómo alguien discurseaba al vacío, sin más orejas que lo oyeran que las de viandantes ocasionales y sin que se detuviera siquiera para esperar que escucharan lo que les decía. En el pasado, se había tratado de individuos con un tipo peculiar de perturbación, que les impelía a imprecar a sus conciudadanos, ya fuera con admoniciones o con pretendidas enseñanzas, o con confesiones que no se sabía por qué habían de hacerse públicas. Recuerdo que, cuando niño, imaginaba que se dirigían a una persona invisible que caminaba a su lado y hasta es posible que llegara yo a envidiar esa capacidad para ver a quien los demás ignorábamos.
   ¿Sería éste uno de aquellos sujetos dementes de los que procurábamos mantenernos a una prudente distancia? No percibí en su expresión ni en sus ademanes signo alguno de amenaza que pudiera intimidarme, de modo que no alteré mi ánimo. Monologaba él con tal ensimismamiento que habría jurado que ni siquiera se apercibió de mi cercana existencia.
   A lo mejor es un opositor tan obsesionado por ganar la plaza a la que aspira que, olvidado del mundanal ruido de su alrededor, va cantando los temas de la programación, sacando insospechado partido a sus desplazamientos, supuse, aunque confieso que con un convencimiento escaso.
    Como no conocía al sujeto, no estaba en condiciones de descartar del todo que fuese un actor que, apremiado por el tiempo, estuviera memorizando su papel. Eso también podía ser, si se hallaba en sus cabales. Sobre todo, porque su perorar no era un continuum sin interrupciones, como si  sus intermitentes silencios subrayasen las réplicas de un antagonista en el escenario.
   Noté, entonces, y cuando ya casi estábamos a la misma altura, una vibración en el bolsillo donde llevaba el teléfono móvil. No tuve que sacarlo, porque llevaba activado el manos libres. Enseguida me puse a hablar como al vacío. Fue una sensación extraña, la de cruzarme con otra persona, sin que nos dirigiésemos la palabra, aunque ambos, que íbamos solos, estuviésemos dialogando. 

lunes, 17 de julio de 2017

ESCENARIO SIN FRONTERAS, TEATRO SIN MÁSCARAS.


El estreno de “Un escenario sin fronteras” el pasado 8 de julio motivó la crítica de Marisa del Campo Larramendi que reproduzco a continuación. Considero que sería una pena privar a los lectores de este blog de sus valoraciones, que agradezco.
Al principio es la palabra. Abierto el telón descubrimos a hombres y mujeres dispuestos y sentados en una línea encarada al público. Entonces la narración oral se adueña del escenario. Cuentos que mecieron infancias distintas y distantes son contados al público. El cuento subsahariano con los fuertes hipopótamo y elefante perdiendo frente a la inteligente tortuga; el cuento marroquí del padre, el hijo y el burro que vayan como vayan por el camino serán criticados; el cuento español del erizo, la tortuga y la amistad como lazo que une a los diferentes y complementarios; el cuento colombiano que… pero más que cuentos subsaharianos, marroquíes, españoles o colombianos, deberíamos hablar de fábulas narradas por subsaharianos, marroquíes, españoles, colombianos. Todas estas narraciones tienen un aire de familia, ese encanto del érase una vez, esas enseñanzas para la vida que los padres y abuelos transmiten en forma de peripecias a sus hijos.
En el segundo acto las voces callan y el ojo se detiene en el movimiento y el gesto. Una ciudad cualquiera, una calle cualquiera, una hora cualquiera. La multitud pasa, cada átomo humano absorto en su mundo indiferente al resto. Personajes diversos se cruzan en la imaginaria avenida: un cura, el hombre que lee el periódico, el atareado portador de un maletín, las mujeres elegantes, el consumidor cargado de bolsas, hasta un jugador de baloncesto precedido de un fotógrafo que evidencia su fama y a quien se acerca una joven a pedir un autógrafo. Porque de pedir se trata. La música subraya los momentos en que la multitud pasa y los instantes en que el tráfago se congela. Y en ese alternar, se mueve la mano que se extiende y pide limosna, el cuerpo mendigo que nada recibe porque ni siquiera es visto. Y la multitud pasa y repasa, mientras la pobreza se desvanece sentada en la acera de cualquier calle, de cualquier ciudad, a cualquier hora.
En el tercer acto la alternancia de luz y oscuridad nos muestran la historia que una voz fuera del escenario nos va contando. Como viñetas de comic ilustrando una lección. Porque es una lección la que recibe la mujer blanca de la historia a manos del hombre negro del cuento. Sucedió en Suiza nos dice la voz: una mujer entró en un bar y pidió un tazón de sopa. El escenario, hasta entonces callado y sumido en la oscuridad completa, se ilumina y nos muestra el cuadro congelado de un camarero y una mujer pidiendo en la barra. Durante un par de segundos la imagen se clava en nuestra retina… luego la oscuridad vuelve. Retorna la palabra a la narración y nos informa que la mujer se ha sentado a una mesa. De nuevo el escenario se ilumina y podemos observar la estampa del camarero en la barra y la mujer sentada a una mesa frente a un tazón de sopa. Todo es expresión en esa inmovilidad significativa que nos ofrecen por otro par de segundos. Y la oscuridad vuelve. Y a través de este sucederse de oscuridad e instantáneas de vida iluminada se nos va contando una historia que sucedió en Suiza y que nos advierte de nuestros prejuicios dando vuelta a los tópicos.
Por último “La cruzada de los niños” de Bertolt Brecht. Unos niños encarnados por hombres y mujeres de diferentes colores, algunos de los cuales casi alcanzan los dos metros de altura. Pero eso daba igual. El pacto de ficción ya estaba firmado entre el público y el escenario sin fronteras. Mujeres hechas y derechas y hombres como castillos nos hacían vivir las peripecias de un grupo de niños y niñas, solos y perdidos en un mundo en guerra…
Porque quizás sea esto último lo más destacable de la emocionante experiencia vivida ayer en La Casa Municipal de Cultura Francisco Díez sede de la asociación Genoz de Cacicedo durante la representación de “Escenario sin fronteras”, un montaje teatral fruto de la colaboración del Proyecto Dínamo de inserción social de ACCAS y de la Agrupación Escénica Unos Cuantos: un escenario sin actores profesionales o aficionados, un teatro sin máscaras.
Y no deja de ser llamativo y aleccionador que un grupo de personas marginadas por una sociedad egoísta y opulenta, que nunca han actuado en su vida, tan solo con unos cuantos ensayos y una sabia dirección, sean capaces de sacar de sí mismos la esencia del teatro: la palabra que dice, el gesto que muestra, la expresión que define, el movimiento que cuenta. En definitiva: capaces de encarnar otras vidas, que en muchos aspectos son las suyas propias, y hacérselas ver y sentir a esa multitud hecha momentáneamente público… que por desgracia en la vida cotidiana muchas veces pasa y repasa junto a ellos sin verlos, ni reparar en que existen.
Es la magia de un escenario sin fronteras, de un teatro sin máscaras.

                        Marisa del Campo Larramendi

lunes, 10 de julio de 2017

MÁS SOBRE “UN ESCENARIO SIN FRONTERAS”

Ya está, ya hemos estrenado…
   Dirigir, contando con Isabel Tejerina como ayudante de dirección, y con el apoyo técnico de nuestra Agrupación Escénica Unos Cuantos, el colectivo que se formó en el Taller de Inserción Socio-laboral DÍNAMO ha sido una de las mejores experiencias teatrales de mi vida.
   Ensayamos, si hacía frío, en un cuarto; y si no en el espacio que deja libre una furgoneta de reparto, en el interior de una nave dedicada al reciclado y elaboración de papel ecológico. Fue avanzando nuestro trabajo actoral en medio de complicidades y risas, de dedicación y esfuerzo. Entre voces que hablan el español con acentos del África subsahariana, de Argentina, de Colombia, de Marruecos; de España, también. Qué bien suena esta armonía, forjada a partir de la diversidad.
   “Un escenario sin fronteras” es el título que hemos dado al fruto de este hermoso camino que hemos recorrido juntos. El pasado sábado, 8 de julio, el público tuvo ocasión de compartirlo. Escucharon cuentos procedentes de otras geografías, cuando no de la nuestra. Ante sus ojos, el mimo sustituyó luego al poder comunicativo de la palabra, o amplificó su fuerza, y habló de marginación y olvido, de la desconfianza que nace de los prejuicios, de la búsqueda de refugio y acogimiento.
   Y si hermoso fue representar todo ello, igualmente grato resulta leer las palabras con que los espectadores valoraron ese trabajo y esa escenificación en los folios en blanco que les entregamos al final de la actuación.
   Literalmente, nos dejaron dicho que les encantó la iniciativa, y no ahorraron adjetivos para calificarla. La tildaron de “maravillosa”, “emocionante”, “sorprendente”, “estupenda”, “fantástica”, “interesante”… Hubo quien manifestó que “mejor imposible” y de los intérpretes –que nunca antes se habían subido a un escenario- que eran unos “artistas” y que habían estado “muy expresivos”.
   Alguien escribió:
“Hemos vivido emociones. Hemos sentido, disfrutado, meditado… Habéis conseguido recrear situaciones, llegar al alma, hacernos sentir, en una palabra”. 

miércoles, 5 de julio de 2017

UN ESCENARIO SIN FRONTERAS

Ésta es una experiencia teatral única, y no por irrepetible (esperemos que a la primera actuación sigan otras), sino por quienes la protagonizan. Sus hacedores son participantes en el Taller de Inserción Socio-laboral DÍNAMO y trabajadoras del mismo. Cuentan con la colaboración de nuestra Agrupación Escénica UNOS CUANTOS: les  aportamos guiones de escenas y les prestamos dirección y apoyo técnico.
   “Un escenario sin fronteras”, se ha titulado este montaje. Y lo va a ser por su temática, pero también por sus intérpretes. Diversidad de tonos y acentos (subsaharianos y marroquíes, de Colombia y de Argentina, españoles…) conviven en un grupo que es en sí mismo un canto a la diversidad, un mundo en pequeñito.
   Nadie es más que nadie, decía Antonio Machado, y eso mismo vienen ellos a decirnos: con otras voces y una mímica que, a fuer de expresiva, se vuelve palabra.
    Si puedes, no te quedes sin escucharlos:
    En el centro cultural CASA GENOZ, Cacicedo de Camargo (Cantabria)
    Sábado 8 de julio, 8 de la tarde.
   Entrada libre hasta completar aforo.

martes, 27 de junio de 2017

MI BIBLIOTECA Y YO  (y 3)

Dos pasos adelante y uno atrás, o viceversa. Alternando avances y retrocesos, he conseguido al fin despejar mi biblioteca, que ofrece ahora un aspecto más saludable, menos apretado. Los volúmenes no se ahogan unos a otros, el espacio que los aloja parece haberse ampliado y disfrutan de una desconocida comodidad en las estanterías. Siento que me he liberado de una modalidad literaria del síndrome de Diógenes, que comparto con la mayor parte de los adictos a la lectura. Se me plantea, no obstante, un problema.
   ¿Qué hacer con los libros sobrantes? Delante de mi casa, se alinean varios contenedores. Uno de ellos se ofrece a engullir papel. Habitualmente lo alimento con periódicos o revistas y folletos publicitarios. Pero ni en la peor de mis pesadillas me veo haciéndole entrega de mis libros. Una cosa es prescindir del saber o el entretenimiento que atesoran y otra muy distinta silenciar para siempre sus páginas. Por callado que fuese su grito al ser prensados, yo lo oiría.
   Pienso que, aunque sea lejos de mí, pueden tener una segunda vida. Entonces, hasta me veo como un altruista. Conmigo, difícilmente gozarían de una oportunidad de ser abiertos de nuevo. Estarían en las baldas por lo que fueron para mí en el pasado, pero a cambio de sacrificar su futuro. Al desprenderme de ellos, voy a ponerlos delante de otros ojos. Lástima no haberlo razonado así en un principio, no me habría costado tanto extraerlos de las estanterías para no volver a colocarlos después en su sitio.
   Y aquí me tenéis: mendigando, pero de una forma original, al revés. No pido que nadie me dé, sino que me cojan lo que doy: algunos de mis libros. Se los ofrezco al último instituto donde impartí clases de buen decir y pretendí hacer de los alumnos lectores. O se los regalo a amigos que los quieran. Y descubro una librería de viejo que se queda con los que le llevo. 
   Aunque no deja de rondarme una idea que se me ha ocurrido al pronto. Imagino a centros culturales y educativos, ayuntamientos, bibliotecas que abren sus puertas a anónimos donantes de novelas, de obras dramáticas o de poemarios o ensayos, y ceden gratuitamente esos fondos sobrevenidos a quienes los requieren. Tampoco estaría mal.

jueves, 22 de junio de 2017

MI BIBLIOTECA Y YO (2)

Me embarco en el segundo intento por aligerar mis estanterías de libros. Y me hago trampas a mí mismo. Es fácil. Cuando el montón de los desechados alcanza determinadas dimensiones, les doy otra oportunidad, no sea que, por descuido, haya ido a parar allí algún volumen especialmente valioso. Vuelvo a revisarlos, y la consecuencia es que son bastantes los que retornan a su sitio en el ecosistema de la librería, que, sin ellos, no sería el mismo. En este trance, me acuerdo de Sísifo, condenado por los dioses a insistir eternamente en un esfuerzo inútil.
   Y eso que esta vez he hecho las cosas bien, o al menos mejor que en la anterior. Escarmentado por el fiasco con que se saldó mi primera tentativa, comprendí que el éxito de la tarea exigía de mí  más razón que corazón. Así que, antes de nada, me puse a pensar en las pautas con que evaluar de qué ejemplares iba a deshacerme y cuáles seguirían conmigo.    
   Sería más sencillo si sólo hubiese de atender a que me atrapase su temática o me deleitase su escritura. Ése es un principio claro, que me llevará a no prescindir nunca de “Ébano”, de Richard Kapuscinski, por ejemplo (y de tantísimos otros: me siento un poco culpable de citar sólo uno). Pero la empresa resulta mucho más ardua.
   En ocasiones, la ligazón que me une a mis libros los trasciende, va más allá de ellos, de lo que dicen o cómo lo dicen. En la jerarquía de los afectos, entran en juego distintas consideraciones. De muchos, no recuerdo cuándo ni por qué los compré, pero todos fueron fruto de una elección personal y de una circunstancia. No es que sean parte de mí, es que son yo, el yo que fui, sucesiones de mí. Y a ver quién se desprende de algo que lo configura como sí mismo, como si tal cosa.
   Claro que si continúo por ese camino, mejor lo dejo. Busco un criterio objetivo, gracias al cual, si no quedan en olvido, sí pasen a segundo plano los sentimientos. Con salvedades, me parece encontrarlo en el tamaño de la letra o en lo apretado de su disposición en las páginas, que agobian la vista de quien, como es mi caso, empieza a moverse en los límites de la senectud. Ya no podría releerlos sin la queja de mis ojos, y, de todas formas, alguna huella habrán dejado en mí, o sea que no desaparecerán del todo de mi vida.
   Otra posibilidad para la selección me la ofrecen los repetidos, publicados en diversas ediciones, que adquirí ya fuera por la calidad de sus notas o introducciones, ya por simple despiste, olvidado de que ya los tenía. Aquí el problema radica únicamente en qué ejemplar será el preferido. Y para qué guardar los maltratados por el paso del tiempo o aquellos a los que sucesivos traslados han privado de su integridad.
   Están, en fin, algunos que no me han gustado nada. Quién iba a decirme a mí que algún día me servirían de alivio…

sábado, 17 de junio de 2017

MI BIBLIOTECA Y YO (1)

Tal parece que mis libros matrimoniaran, y parieran, y se multiplicaran…
   Nada más escribir esta frase, me paro a considerar la idea y me resulta atractiva. ¿Os imagináis? El Quijote emparejado con la Odisea, el Ulises con las Mil y una noches, Luces de Bohemia y Hamlet… Esas hibridaciones, ¿trascenderían al paso de los siglos? ¿Mezclarían géneros –una novela se uniría a un poemario, una obra teatral a un libro de viajes, un ensayo a un álbum? ¿Hallarían en la semejanza temática una fuente para la mutua seducción? ¿O, por el contrario, sería la diferencia lo que atraería al uno hacia el otro?
   Aún me maravilla más pensar en el fruto literario de semejantes coyundas, que, por inescrutable, no me atrevo siquiera a bosquejar.
   Pero los sueños, sueños son; y la realidad es, en el caso de mi colapsada biblioteca, mucho más prosaica. Únicamente a mí cabe achacar la responsabilidad de que no sepa ya dónde meter tanto volumen. En mi descargo, argüiré que el advenimiento del ebook me ha pillado ya mayor y, por tanto, cuando ya había disfrutado de muchas oportunidades para ir  haciéndome con un considerable botín de letra impresa. Además como, a despecho de que se me tache de antiguo, me encanta pasar páginas, oler a imprenta, anotar márgenes cuando leo, continúan llegando nuevos ejemplares a estanterías ya atiborradas. Así que algún remedio me urgía idear para poner coto al descontrol. Y como ni comprimir los libros ni ampliar el espacio que los acoge entra dentro de mis posibilidades, he terminado por aceptar que debía proceder a un expurgo controlado que hiciera de la selva impenetrable, si no jardín, sí, al menos dehesa despejada.
   Tras demorar durante un tiempo con fútiles pretextos el inicio de la tarea, me puse, al fin, manos a la obra. “Hay algunos que son intocables”, me dije a mí mismo, para eliminar escrúpulos y darme ánimos. Y después de un examen minucioso de varias baldas llegué a la conclusión de que, por uno u otro motivo, lo eran todos. Sentí algo parecido al alivio cuando eché una ojeada a la caja de cartón destinada a los desechados y la vi vacía. Fue un consuelo pasajero. Duró tan sólo hasta que adquirí un par de novelas más y comprobé que nada había cambiado en mi biblioteca.