sábado, 1 de diciembre de 2018

MICRORRELATOS (IX)


Con pocas palabras, un microrrelato puede decir mucho. Y también poco. Nada, no sé. Seguramente, también.




Se hizo el loco. Nadie lo sabía, poco antes había llegado a la conclusión de que en una jaula de grillos lo mejor era ser grillo.

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El autor tuvo que dejar el género negro, por prescripción facultativa. A medida que iba pergeñando la trama de una novela policíaca, crecía su ansiedad por llegar al desenlace. La curiosidad por conocer quién sería el asesino lo estaba matando.


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No se trataba de un poeta de fama, pero todos reconocían su devoción literaria, así que no extrañó que un atardecer teclease en su ordenador: “Cuando deje la escritura, habré empezado a morir”. Sorprendió, eso sí, que su inmediato fallecimiento no diese veracidad a ese verso. Nadie supo entender que había hecho arte de su propia muerte.

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Que no cunda el pánico, decía cada vez que se presentaba una situación de peligro. Y luego se asustaba todo. Lo que nadie podría quitarle era la buena intención.

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Tuvo una pesadilla atroz. Soñó que su nombre era Genoveva. El alivio que experimentó al despertar le duró poco. Sólo hasta que se oyó llamar.

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Al juez lo estremeció la confesión de aquel tipo. “A mí ya no me merece la pena ser buena gente -declaró- Siempre estaría gravitando sobre mí mi pasado de malo y me asaltarían los remordimientos. En cambio, si sigo siendo un malvado, eso no sucederá. Todavía –concluyó- si pudiese volver a empezar a vivir y reescribir mi propia historia...”

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lunes, 26 de noviembre de 2018


“LA TIENDA IMPROPIA”,  nuevo montaje teatral de la Agrupación Escénica Unos Cuantos, el viernes 30 en Santander


En una tienda, cabe un mundo. Suceden tantas cosas en su interior que sólo con imaginar uno de estos espacios surge una infinidad de argumentos. Pero ¿qué ocurrirá si a esa tienda le damos una vuelta de tuerca y la convertimos en impropia? Eso pasa con la que se presenta en esta ocasión. La regentan dos personajes novelescos, el dueño y un dependiente. Para ambos, los objetos a la venta significan mucho, los implican afectivamente, son algo más que mercancías. ¿Qué no podría acontecer tras la aparición de dos clientas que ambicionasen hacerse con parte de ese universo mítico?
   “La tienda impropia” se subtitula como juguete cómico. Ojo, sin embargo. Porque con un juguete se juega a veces a cosas serias, y tras la risa pueden asomar asuntos graves. Tal vez a ello se deba la variedad de interpretaciones a que ha dado lugar. Hay quien ha tildado esta obrita –de alrededor de hora y cuarto de duración- de comedia amorosa, y quien la ha visto como, burla burlando, una sátira del mercantilismo instalado en nuestra sociedad. No faltan los que, bajo su apariencia de disparate, aprecian que late el afecto hacia esos objetos que se convierten en prolongación de nuestro yo. La literaturización de la vida salta a cada paso, según otros.
   Pero aunque sólo sea por disfrutar de un buen rato y alejarnos de las (pre)ocupaciones habituales, ya valdrá la pena acercarse al salón de actos del instituto Villajunco de Santander el viernes próximo, 30 de noviembre, a las 8 de la tarde...
   La entrada será libre, hasta completar aforo.

lunes, 19 de noviembre de 2018

LUCES DE BOHEMIA, de Ramón María del Valle-Inclán

Esta vez no la leí, como sí había hecho en ocasiones anteriores. La escuché, la vi sobre el escenario del María Guerrero, en Madrid. El recinto es un elogio a la hermosura, con palcos que vuelan sobre la platea, butacas vestidas de rojo y dorados adornando frontales y techumbre. A uno, que es un clásico, le gustan sobremanera estos teatros concebidos al modo italiano.
   Me arrellané en mi asiento, con la curiosidad de averiguar cómo el Centro Dramático Nacional llevaría a escena una obra que siempre he considerado grande entre las grandes, maestra, y de muy difícil representación.
   Luces de Bohemia da cuenta del viaje desgarrado de un poeta ciego –Max Estrella- por los entresijos del Madrid de los primeros años del siglo pasado, con la guía de un canalla ilustrado, don Latino de Híspalis. Durante la noche en que transcurre el recorrido le saldrán al encuentro, o él mismo los buscará, variados y a menudo estrafalarios personajes (desde la marquesa del Tango, que vende lotería por las calles, a don Paco, ministro de la Gobernación; desde un preso, obrero catalán que sabe que le aplicarán la ley de fugas, a Rubén Darío o unas prostitutas), se sumergirá en ambientes diversos (la librería de Zaratustra, la taberna de Pica Lagartos, un calabozo, las calles), y vivirá situaciones que, si a veces son grotescas, por momentos se revisten de un extremo dramatismo.
   Sorprende la técnica utilizada por Valle-Inclán, de un expresionismo feroz, y que él mismo bautizaría como Esperpento. En palabras del propio Max Estrella: “Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada […] Mi estética actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas”.
   Véase, por ejemplo, cómo se presenta al ministro de la Gobernación:
“Su Excelencia abre la puerta de su despacho y asoma en mangas de camisa, la bragueta desabrochada, el chaleco suelto, y los quevedos pendientes de un cordón, como dos ojos absurdos bailándole sobre la panza.
   Un retrato que nada tiene que envidiar al de don Filiberto:
“Al extremo, fuma y escribe un hombre calvo, el eterno redactor del perfil triste, el gabán con flecos, los dedos de gancho y las uñas entintadas”.
   O al de El Conserje, del mismo periódico, “vejete renegado, bigotudo, tripón, parejo de aquellos bizarros coroneles que en las procesiones se caen del caballo. Un enorme parecido que extravaga”. (Adviértase, de paso, cómo la degradación afecta también a los coroneles con que se compara al Conserje).
   ¿Toda “la vida miserable de España” de la época aparece tratada de igual modo? No. Llaman la atención personajes trágicamente ennoblecidos, como el Preso o la “mujer, despechugada y ronca” que “tiene en los brazos a su niño muerto, la sien traspasada por el agujero de una bala”. Aquí no hay fanttoches, muñecos de guiñol: hay gentes que sufren la España bárbara y brutal. Como sucede con la mujer y la hija del propio Max Estrella, o con éste mismo. Y hace aún mayor el drama que se representa saber que quienes lo protagonizan en la ficción tuvieron su correlato, su alter ego, en la vida real. Es al país a quien se caricaturiza y desfigura, para, paradójicamente, poner de relieve su ser.
    ¿Qué decir del lenguaje? Tanto en las acotaciones como en los diálogos, destaca por su riqueza y por la variedad de sus registros. Gitanismos y modismos del habla popular madrileña conviven con latinismos y expresiones que son citas literarias. Valle-Inclán era un verdadero estilista, que trabaja la lengua como un artesano y deviene en artista. ¡Cuánto me gusta! Quizás ese sentimiento me ha hecho olvidar que mi primera intención al escribir esta entrada del blog era hablar de la escenificación que de esta obra vi en el María Guerrero. Lo recuerdo ahora, cuando ya es tarde. 

martes, 6 de noviembre de 2018

REBURBIAR

Reburbiar es una palabra que no existe, ni siquiera como onomatopeya. Eso no obsta para que yo lleve utilizándola media vida (y ya soy mayor). La última vez, como acotación en el parlamento de un personaje de “La tienda impropia”, un texto teatral que acabo de escribir, si bien en este caso aparece en su forma adjetiva, reburbión. ¡Ya veis, un término que aún no ha nacido y ya cuenta con derivados de su raíz!
   Supe de su inexistencia porque alguien a quien había dejado a leer el libreto de la obra me preguntó por su significado. Se trata de persona docta en filología y al pronto me extrañó que lo ignorase. Si no me alarmé fue porque pensé de inmediato que era vocablo gallego, que inadvertidamente había incorporado al castellano. Cuando, hechas las indagaciones oportunas, que me llevaron a consultar diccionarios y expertos, hube de desechar esa posibilidad, sí que empecé a preocuparme.
   Mi mujer, que es de ascendencia cántabra, sí conocía esa voz, y en esa constatación creí hallar una tabla de salvación a que agarrarme. No obstante, ella no la había aprendido del lenguaje familiar, ni la había oído en el entorno regional. “Tú la trajiste contigo”, me dijo, y mi perplejidad se incrementó.
   Si nadie más que yo, o quien me había oído, era conocedor de esa expresión, lo más probable es que me la hubiera inventado. Empecé a sentir algo similar al vértigo. Eso de haber creado una palabra, aunque fuera, por el momento, de uso exclusivamente personal, comenzó a parecerme motivo de orgullo. Y una cosa trajo otra, y pensé que, si tal había hecho con reburbiar, ¿quién me decía a mí que no sucedería lo mismo con más términos? ¿cuánto del vocabulario que utilizaba no sería de cosecha propia? Tan atractiva me resultó la idea que me propuse someter a revisión mi habla o poner una mayor atención al corrector cuando escribía, por si pillaba en mí alguna originalidad lingüística más.
   A punto estaba de entregarme a la tarea, cuando una colega asturiana a quien di cuenta del caso me informó de que, no reburbiar, pero sí reburdiar, era bable. Lo que no cambiaba era el significado, rezongar o protestar por lo bajo. Así que de lo que yo suponía invención mía, no quedaba sino la deformación de una voz astur-leonesa. Menuda cura de humildad.
   Aunque hubo segunda parte, y ésta fue mejor. Porque mi informante me preguntó a su vez por el sentido de saltupar, que había leído en mi novela “Desde el cuarto de Amadora”, de reciente publicación. En ninguna lengua, más que en la que yo hablaba, tenía ella noticia de que existiera saltupar… 

domingo, 28 de octubre de 2018

LA FOTO

La traía en portada el diario El País, el miércoles 24 de octubre.
   En primer plano, dos hombres se saludan. Desde el fondo, se cuela en el espacio entre ambos un secundario: es un cámara que graba el encuentro. La kufiyya, una especie de toca de cuadritos rojos y blancos que les cubre la cabeza y los hombros y se sujeta con el agal, un cordón circular negro, pone una nota de color en sus túnicas de albura inmaculada. El personaje de la derecha completa, además, el atuendo con un aba,  un sobre-abrigo oscuro, ribeteado por un bordado dorado, símbolo de prestigio. Es el heredero de la corona saudí. Al pie de la imagen, un titular identifica también a su antagonista e informa de la situación. “El príncipe sospechoso recibe al hijo del periodista asesinado”, dice. El periodista asesinado es Jamal Khashoggi, a quien mató un tropel de agentes del servicio secreto de Arabia Saudí en el consulado de ese país en Estambul.
   El hijo de la víctima es casi un muchacho, lampiño, salvo por un apunte de bigote y sotabarba. Me llamó la atención por la dureza de su expresión, que realzaba la postura corporal. Miraba a quien se ha señalado por sus presuntas responsabilidades en el crimen de su padre con un gesto muy grave, de infinita seriedad. Los labios, cerrados, se hacían cómplices de los ojos. Me impresionó la determinación con que los clavaba en los de su oponente. Se mantenía erguido, la cabeza formando línea recta con el cuerpo. Tendía un brazo que no acortaba distancias, antes bien, se extendía como para mantener alejado de sí al otro. Y la mano no hacía sino reforzar esa actitud  de desapego. Tan sólo la palma se deslizaba por entre la de su oponente. Lo más llamativo eran los dedos, que sobresalían como si escapasen de un cepo.
   Del otro lado, la testa principesca se inclinaba muy levemente y entre la poblada barba casi sonreía la boca. No apretaba, pero si tomaba con su diestra la del chico. Se mostraba aparentemente relajado, frente a la evidente tensión del hijo del asesinado.
   Me temo que, si la monarquía saudí pretendía conseguir un lavado de cara ante la opinión pública mundial, el tiro le ha salido por la culata.
   Todavía no me he repuesto del todo del golpetazo emocional que me produjo esta escena. Aún, cuando la rememoro, siento espanto.

jueves, 18 de octubre de 2018

PALABRAS OTOÑALES

Miro a través de la ventana de mi estudio y olvido de qué iba a escribir para el blog. Afuera, tras el cristal, hay un parque.
   Ha venido el viento a pintar el aire. Siendo, como es, de otoño, ama el amarillo, que extrae del follaje de los tilos. Pero tampoco desdeña el rojo, que toma de arces o cerezos. Las pinceladas verdes las consigue con bufidos, que arrancan hojas aún vivas en las ramas, si no son de olivos o encinas, que resisten sus embates amparadas en un ser perenne y coriáceo.
   Es como un arco iris que cayese del cielo, quebrado en mil fragmentos. Y sin embargo, vienen de la tierra esos colores, que bailan incansables una danza sin reglas, bajo la caprichosa batuta de los vientos. Va de acá para allá la hojarasca, que si durante meses envidió a las aves desde su forzada quietud, las imita ahora en un vuelo tan caprichoso como incierto.
   Adónde irán a parar esas hojas. Trazan aéreas coreografías, dibujan formas cambiantes, ninguna combinación cromática les resulta suficientemente atrevida, por insólita que sea. Son un cuadro que nunca es el mismo ni se da por acabado, un museo de arte que viene del principio de los tiempos y es, sin embargo, muy moderno.
   No obstante, si el álamo que alza su esbelta figura sobre la arboleda deja de oponer su elasticidad al soplar del viento y recobra la rectitud, ocupado tan sólo en buscar alturas, entonces es que a la agitación sucede la calma. Y ya no es el vacío el teñido de colores, sino la tierra, donde las hojas esconden la hierba. El espectáculo se torna audiovisual. Un can corretón juega y a su paso levanta surtidores de diversos tonos y un crepitar de crujidos.
   Pero voy a tener que interrumpir mi ensoñación y bajar al parque. Una señora se cuelga de las ramas bajas de un nogal para acercárselas, cuando no está apaleando las que le quedan más arriba. Va en procura de los frutos que regala el otoño. Lo hace con tal vehemencia que existe el peligro de que alguna vara se desgaje o quede maltrecha.
   No sé si, antes de ir a su encuentro, pasarme por la cocina y coger nueces del frutero, para ofrecérselas...

sábado, 6 de octubre de 2018

LA ARGENTINA QUE VI  (y…35): FIN DE LA SERIE

Navegando brazos del inacabable Lago Argentino, casi me siento pasajero de un Titanic en miniatura. Sobre todo cuando avistamos icebergs,  de un tamaño que no desmerece del barco que nos lleva y aun lo vuelve menor.
   Son estructuras azuladas y de formas aleatorias, talladas hermosamente, a capricho del viento. Como isletas sin anclaje, se desplazan muy lentamente, sin marea que los arrastre. Si alcanzan muy grandes dimensiones, parecen fondeados en las aguas calmas y heladas.
    En estos témpanos reside el motivo de que el avistamiento del glaciar Upsala se produzca desde lejos. El catamarán no puede acercarse hasta sus pies, para no correr el riesgo de que una mole de hielo, como las que ya flotan por doquier, se desprenda sobre nosotros y nos sepulte en las profundidades. Antes de ahogarnos, ya habríamos perecido de frío. Al imaginarlo, miro a la superficie acuática con cierta aprensión. El paso siguiente lo doy para apartarme cautelosamente del borde de la cubierta.
   El Upsala ha recorrido 60 kilómetros hasta ofrecernos el espectáculo de su encuentro con el lago. Su lengua se anchea en esa desembocadura, se desparrama en una enorme planicie, para desplomarse luego desde una altura de 40 metros. Semeja un farallón más de los que delimitan el canal. Pero ningún árbol enraíza en esa blancura que hiere los ojos, ni su consistencia es la de la roca, ni siquiera la de la tierra de que sí están hechas las montañas de alrededor.
   Su grandiosidad contrasta con la pequeñez del glaciar Seco, que veremos más tarde de pasada. Con sólo 4 kilómetros cuadrados de superficie, muere aún antes de alcanzar el agua. Tal vez a ello deba su apelativo, que es casi un mote. Se viene ladera abajo, abriéndose camino entre el verdor del bosque, como un original cortafuegos de nieve que prensaron milenios. Ahora que está cambiando el clima, tal vez sólo unos años bastarán para acabar con él.
   El Spegazzini es otra cosa. ¿Os lo imagináis, cayendo sobre el canal que lleva su nombre, desde 135 metros de altura? Incluso entre glaciares, es un gigante. Como si no le bastase con sus fuerzas, acoge en este su tramo final el aporte del Peineta, que acude a juntársele desde arriba de un cerro que coronan dos picos, Los cuernos del diablo, les dicen. Lejos estaba yo de suponer que Pedro Botero habitase tan gélidos parajes…
   No nos aproximamos demasiado, y hacemos bien. Durante el tiempo que nos mantenemos al pairo, en observación muda, primero uno, otro enseguida, dos bloques de hielo se le desgajan y se precipitan abajo con un estruendo que silencia  exclamaciones de asombro.
   Permanezco en popa, al abrigo de los vientos que enfrenta la proa, mientras la embarcación se aleja. Creo que, si el Spegazzini no se perdiera de vista tras un recodo, aún estaría mirándolo.