sábado, 6 de octubre de 2018

LA ARGENTINA QUE VI  (y…35): FIN DE LA SERIE

Navegando brazos del inacabable Lago Argentino, casi me siento pasajero de un Titanic en miniatura. Sobre todo cuando avistamos icebergs,  de un tamaño que no desmerece del barco que nos lleva y aun lo vuelve menor.
   Son estructuras azuladas y de formas aleatorias, talladas hermosamente, a capricho del viento. Como isletas sin anclaje, se desplazan muy lentamente, sin marea que los arrastre. Si alcanzan muy grandes dimensiones, parecen fondeados en las aguas calmas y heladas.
    En estos témpanos reside el motivo de que el avistamiento del glaciar Upsala se produzca desde lejos. El catamarán no puede acercarse hasta sus pies, para no correr el riesgo de que una mole de hielo, como las que ya flotan por doquier, se desprenda sobre nosotros y nos sepulte en las profundidades. Antes de ahogarnos, ya habríamos perecido de frío. Al imaginarlo, miro a la superficie acuática con cierta aprensión. El paso siguiente lo doy para apartarme cautelosamente del borde de la cubierta.
   El Upsala ha recorrido 60 kilómetros hasta ofrecernos el espectáculo de su encuentro con el lago. Su lengua se anchea en esa desembocadura, se desparrama en una enorme planicie, para desplomarse luego desde una altura de 40 metros. Semeja un farallón más de los que delimitan el canal. Pero ningún árbol enraíza en esa blancura que hiere los ojos, ni su consistencia es la de la roca, ni siquiera la de la tierra de que sí están hechas las montañas de alrededor.
   Su grandiosidad contrasta con la pequeñez del glaciar Seco, que veremos más tarde de pasada. Con sólo 4 kilómetros cuadrados de superficie, muere aún antes de alcanzar el agua. Tal vez a ello deba su apelativo, que es casi un mote. Se viene ladera abajo, abriéndose camino entre el verdor del bosque, como un original cortafuegos de nieve que prensaron milenios. Ahora que está cambiando el clima, tal vez sólo unos años bastarán para acabar con él.
   El Spegazzini es otra cosa. ¿Os lo imagináis, cayendo sobre el canal que lleva su nombre, desde 135 metros de altura? Incluso entre glaciares, es un gigante. Como si no le bastase con sus fuerzas, acoge en este su tramo final el aporte del Peineta, que acude a juntársele desde arriba de un cerro que coronan dos picos, Los cuernos del diablo, les dicen. Lejos estaba yo de suponer que Pedro Botero habitase tan gélidos parajes…
   No nos aproximamos demasiado, y hacemos bien. Durante el tiempo que nos mantenemos al pairo, en observación muda, primero uno, otro enseguida, dos bloques de hielo se le desgajan y se precipitan abajo con un estruendo que silencia  exclamaciones de asombro.
   Permanezco en popa, al abrigo de los vientos que enfrenta la proa, mientras la embarcación se aleja. Creo que, si el Spegazzini no se perdiera de vista tras un recodo, aún estaría mirándolo.

sábado, 22 de septiembre de 2018


LA ARGENTINA QUE VI (34): PERITO MORENO

No hubo previo acuerdo entre los pasajeros, pero todos emitimos la misma interjección admirativa al pasar la curva de los suspiros. Muy insensibles seríamos, si no hubiera sido así, cuando de repente se nos apareció, a su término, el glaciar Perito Moreno. Nos bastó una única palabra para manifestamos, porque en ese momento sólo éramos ojos.
   Divisamos una vastísima llanura blanca que viene de lejanías que la mirada no abarca, para caer a plomo sobre un brazo del Lago Argentino. Poco después, desde la cubierta de un catamarán, a prudente distancia, las pupilas escalan el paredón. Son 60 metros de altura, que ofrecen un relieve sin lisura, tan escarpado como si pretendiera imitar la rudeza de los Andes que lo circundan, tallarlos en hielo. Nadie busque regularidad en ese frontal amurallado que salpican  torres, contrafuertes, grutas o picachos.
   Deslumbra su blancura, pero cautivan la mirada vetas de un azul cobalto que se dibujan en la verticalidad. A veces son líneas rectas, como trazadas con regla  En ocasiones, parece que el aire mismo fuese de ese color, como iluminado por lámparas celestes que tintaran desde dentro la boca de las cuevas.
   Oigo estallidos, trallazos, estampidos como disparos. Son roturas en el hielo, que cae al agua con estruendo, mayor que lo esperable cuando lo que se derrumba es sólo un poco del farallón. Percibo ruidos incluso si, a la vista, nada se desprende. Tal vez sean, entonces, producto de una resquebrajadura esos chasquidos.         
   El barco permanece un tiempo detenido ante la línea del glaciar. Al principio, todo el mundo hace fotos. Tal parece que nadie se conformara con que su visión durase sólo un rato y quisiera llevarse a casa lo que tiene ante sí. Luego viene una contemplación silenciosa, desbordada por una naturaleza que reta a la imaginación y la vence. No me cansaría nunca de observar ese murallón, que constantemente deja de ser él mismo, pues no cesa de alterarse su forma, aunque los cambios sean inapreciables.
   Nos aguarda un paseo de unos 3 kilómetros. Andamos, sin guía ni en grupo, una pasarela, abundante en miradores, que costea un lateral del glaciar, que no es sólo uno, sino varios, confluyentes. Al verlo desde arriba y tan cerca, nos damos cuenta de que nada hay en su superficie de descansada planicie. Multitud de accidentes rompen de continuo su horizontalidad, proporcionándole una forma muy disforme, donde toda figura geométrica tiene cabida.
   Recuerdo un detalle que realzaba mi emoción estética ante el paisaje. Eran las flores bellísimas, de un rojo intenso, del notro, un arbusto que crecía montaraz  a nuestro alrededor.
   De cuando en cuando, fotógrafos ambulantes se ofrecían a inmortalizar un momento irrepetible. Un grupo de señoras entradas en años posaban, apandilladas y rientes.
   - ¡Sáquenos guapas!, solicitaban al cámara.
   - ¡Me da error!, respondía el tunante, con una cara grave que paradójicamente realzaba la intención humorística de su réplica.
   Por un instante, consiguieron distraer mi atención de la masa de hielo del Perito Moreno.

lunes, 27 de agosto de 2018

LA ARGENTINA QUE VI (33): EL LAGO ARGENTINO

Parece un canto a la desmesura. Necesito ir al mapa y verificar que no está El Calafate a la vera del mar para confirmar que no tengo el Pacífico ante los ojos. Que es el Lago Argentino lo que veo. Si lo contemplara desde un punto fijo no le encontraría fin: el bus que nos conduce a los glaciares no se cansa de andar y andar, y el agua, de un extraño azul turquesa, sigue ahí presente, siempre, como si no fuera a acabarse nunca la línea de costa. En cualquiera de las Américas siempre me siento anonadado ante la magnitud de las dimensiones. Para bordear este espacio acuático habría de recorrer 640 kilómetros y si quisiera llegar a su fondo en un sumergible, la profundidad no bajaría de los 80 metros, y podría alcanzar los 500.
   Una vastísima pradería, que todo alcanza aquí a ser superlativo, se interpone entre la carretera que nos lleva y las orillas de este mar dulce. Entre el verde ralo de la hierba asoman de cuando en cuando arbustos de escasa altura y mucho desparrame, o caballos salvajes. Ninguna oveja hay bebiendo en la ribera, de las 40.000 que pastan estas estepas marismeñas. Muy dispersas, se levantan las edificaciones de las estancias, con su casa, sus galpones y lugares de esquile. Dicen que, con el compromiso de 20 años de permanencia, regalaban tierra y tierra en la Patagonia, que sobra para poblar en estas latitudes. Pero se vive solo y esforzadamente, y la rentabilidad resulta escasa.
   Aunque es muy temprana todavía la mañana,  no me cierra el sueño los ojos. Buscan aves que la lejanía y mi escaso conocimiento me impiden identificar, si no son cauquenes, a cuyo tamaño y color me remito para ponerles nombre. Documento la presencia fugaz de una liebre que no nos ha visto a nosotros pasar. Y permanezco alerta, a sabiendas de que en cualquier momento podrían aparecer ñandús o guanacos.
   Apenas me doy cuenta de que se ha ido empinando el camino, hasta que la planicie se torna montaña y los lados se llenan de árboles y matorrales. Estamos en el brazo sur del lago. Sobre todas las cosas, recuerdo cómo me hipnotizaban las flores rojas de unas matas que crecían entre el monte bajo. Eclipsaban al diente de león y las anémonas, a las orquídeas y palomitas que también había, incluso al amarillo limón que pendía del calafate. Eran increíblemente hermosas las flores del notro, que es como llaman a la planta de donde salen.
   Pero se me olvidaba decir que vamos en dirección al glaciar Perito Moreno. Y en esto, que llegamos a la curva de los suspiros

viernes, 17 de agosto de 2018


LA ARGENTINA QUE VI (32): EL CALAFATE, EL PUEBLO CON NOMBRE DE FLOR

Ushuaia nos despide hoy, 5 de noviembre, con un sol radiante en un cielo sin nubes. Al conductor que nos traslada al aeropuerto le falta poco para quejarse del calor, si es que no lo hace. Yo, cobijado en mi anorak, sonrío. Nos vamos a El Calafate, una localidad patagónica con nombre de flor. De la hora que dura el trayecto, recuerdo el momento en que sobrevolamos el Estrecho de Magallanes. Se distingue con claridad la lengua de agua que hermana el Atlántico con el Pacífico, sus dos orillas son visibles desde tan arriba como navegamos.
   Nos alberga un hotel que cabalga un altozano. Las vistas son como para sentarse a admirar el mundo. Detrás, se elevan las montañas que, cercanas, nos sobrepasan. Abajo de la ladera que trepa suavemente hasta nosotros, el pueblo coloniza un llano, vecino de lo que sería un mar, de no ser porque no estamos en la costa. Tiene el alojamiento un encanto antiguo, con sus suelos enmoquetados, su chimenea encendida y la amplitud de pasillos y salones. ¡Lástima que al poco amanezcamos con picaduras, que parecen provenir de un microinsecto, parásito de la carcoma! Nuestra última noche la pasaremos en un cuarto sin techo de madera, a petición propia.
   Me asomo a la ventana de la habitación. Veo un ave que aproxima un largo pico curvo a la hierba, una y otra vez. Como no sé lo que es, apunto en mi cuaderno de viaje sus características. Luce en la gargantilla un abultamiento que se mueve al compás de sus giros y desplazamientos. La cabeza es de un ocre acanelado que se aclara en el cuello. El conjunto se pinta de un gris que tira a plata azulada y las patas se colorean de rojo. Posteriores indagaciones me lo bautizan. Es la bandurria patagónica, que con tanto afán perseguí días atrás en Tierra del Fuego y no la encontré.
   Una furgoneta minibús viene y va cada hora, para permitir a los clientes que vayamos al pueblo o volvamos de nuestras incursiones. En la localidad nos recibe una larguísima calle, sin ni una de sus casitas bajas que no esté dedicada al comercio de la más variada mercadería, con solo un rasgo en común, y es que se destina a los turistas. Tienen mucho predicamento las mermeladas y el dulce de leche. También la artesanía y los peluches, en particular si se trata de ovejas. Precisamente, comemos en un asador y es cordero al plato lo que pedimos. Lo sirven guisado en un disco que fue parte de un arado. Sabe muy rico.
   Curioseamos tiendas. Me hago con un búho menor que mi dedo meñique. Lo han tallado en madera de lenga y me sorprende su peso, tan liviano que el aire podría llevárselo a volar consigo. Paseamos hasta un mirador que hallamos tras largo andar. Contemplamos una gran planicie, en parte inundada, muy verde, en contraste con la levedad azul del inmenso Lago Argentino. Todavía más allá, se yergue la estampa ya familiar de los picos andinos, que éstos son también sus dominios.

miércoles, 8 de agosto de 2018


LA ARGENTINA QUE VI (31)

Imaginaos Ushuaia después de atardecido, el 4 de noviembre, en 2017. Conviene que sepáis que hay multitud de personas en la calle, y muchos coches. Nunca pensé encontrar un tráfico tan denso donde se acaba el mundo, pero sí. Todo el pueblo, así nativo como sobrevenido, parece haberse dado cita en la zona centro.
   Es La noche de los museos, que podéis visitar sin coste. Y la gastronomía se solidariza con el arte y los restaurantes ofrecen generosos descuentos en sus menús.
   En un tramo de la vía principal, oiríais cantar a capela, si estuvierais conmigo entonces. La voz no suena distorsionada, enseguida notaréis que ningún micrófono la vuelve de metal. Que es natural como el agua salida directamente de un manantial. Avanzando por dar con su fuente, tropezaríais, como me sucedió a mí, con un gentío que os estorba el paso y tal vez maldeciríais esa aglomeración y desearíais estar en soledad, para avanzar más rápido, no sea que tan singular interpretación acabe antes de que lleguéis a ella. Hasta que caéis en la cuenta de que todo el mundo por entre el que os movéis, ya esté delante o detrás de vosotros, a vuestra derecha o vuestra izquierda, permanece silencioso y quieto. En ese trance, no pedís disculpas porque nadie las escucharía y decidís incorporaros a esa galería de personajes estáticos. Como ellos, dirigís los ojos hacia el balcón del primer piso de una casa que no recuerdo que tuviera más alturas que dos. Allí os sorprenderá encontraros con una mujer vestida como actriz de ópera en plena actuación. Es una soprano cuya garganta enfrenta al frío que nos tiene aterecidos una composición que se esmera particularmente en los agudos. Y quizás os pasaría como me pasó, y por un momento dudaríais qué admirar más, si su bel canto o la entereza con que encara una temperatura gélida. Y seguro que sólo romperíais el silencio para dejaros las manos aplaudiendo, y no sería por sacaros la heladura de encima.
   Mañana saldremos de Ushuaia. Pero antes hemos visto esto.

miércoles, 1 de agosto de 2018

LA ARGENTINA QUE VI (30): EL PENAL DE USHUAIA

Hay algo de inquietante en esa figura que me mira desde el interior de un calabozo. Tal vez se deba a que acabo de conocerle la biografía, pero su expresión me parece malévola, y me escalofría el nudo corredizo que está haciendo con un cordel. Quizás sea como los que usaba para asesinar a niños en el Buenos Aires de 1912, cuando todavía él mismo lo era. Petiso (“de baja estatura”, 1.55 m en su caso) Orejudo, le sobrenombraban a quien nació como Santos Godino. Durante su reclusión, estranguló un gato y al hacerlo firmó la propia sentencia de muerte, pues sus compañeros vengaron al felino y lo mataron.
   Cuando convirtieron en museo del presidio uno de los cinco pabellones de que constaba éste, perpetuaron la memoria de ese criminal y la de otros cautivos. Igualmente esculpidos en yeso, continúan alojados en las mazmorras que ocuparon en vida, bien visibles los pliegos de cargos que los condujeron hasta aquí. Tales son los casos de Mateo Banks, apodado el Místico, de quien se dio por probado que acabó con tres hermanos suyos, una cuñada, dos sobrinas y dos peones de haciendas familiares que quería para sí; o el de Serruchito, el descuartizador de los lagos de Palermo. No falta en esta galería de imágenes la efigie del anarquista Simón Radowitzky, que atentó con éxito contra el jefe de policía de la capital y que consiguió evadirse de esta cárcel, si bien por breve tiempo.
   Es como si todos ellos hubieran sido condenados a una cadena perpetua que trascendiera a su misma existencia y fueran expuestos por siempre al escarnio público. A la vista de la talla del guardia que desde el piso superior todo lo controla, me pregunto si refleja los rasgos de algún carcelero de entonces.
    Pasamos rápido ante alguna celda donde se exhiben instrumentos de castigo, como bastones o bolas de hierro con cadenas y abrazaderas para los tobillos; y nos detenemos ante las que muestran trabajos de los internos en los talleres de carpintería, calzado, vestuario… Algunos objetos llaman la atención por su finura…
   Todo está restaurado en este pasillo, bien pintado y adecentado. Y aun así, pese a esa cara amable, no  consigo evitar un temblor,  una sensación que me angustia.
   Casi he logrado olvidarlo interesándome por maquetas y fotografías de otros museos que alberga el que fue presidio –de la Antártida, de Tierra del Fuego, de Arte Marino…- cuando, desde el lugar donde convergen las cinco galerías –hoy habilitado como sala de conferencias, exposiciones o conciertos- entro en un corredor que no he explorado y me doy de bruces con el espanto.
   Este pabellón no ha sido reconstruido, está tal cual era. Las paredes de las celdas son de piedra sin revestir y rezuman humedad. Por todas partes afloran desconchados y resquebrajaduras. Añádase la escasez de luz y se tendrá una imagen aproximada –para que sea exacta, hay que experimentarla in situ- de la desolación. Los espacios de reclusión parecen reducirse al mínimo. Y todavía falta en la pintura de este lóbrego cuadro un frío que congela cuanto toca. Una única estufa de leña le hacía frente inútilmente en el pasillo central.
   Más que conmovido, que también, salgo de allí horrorizado, así sea con efecto retroactivo. No sufro un cacheo como el obligado para quienes iban a cortar madera a los bosques: si así hubiera sido, me habrían encontrado conmiseración a manos llenas.

miércoles, 18 de julio de 2018

LA ARGENTINA QUE VI (29)

Una línea alada cruza el mar, sin que el azul grisáceo, plúmbeo, de la superficie acierte a reflejar las figuras en vuelo.
   Navegamos el canal de Beagle, a un lado Chile, Argentina en el opuesto, sobre aguas que son encuentro de dos océanos, pasillo acuático que conduce del Atlántico al Pacífico, o viceversa, y que se abre camino entre montañas siempre encanecidas por la nieve y de evocadores nombres, como Monte Olivia (arpón, en lengua indígena), o Cinco Hermanos. Tras de nosotros, va quedando Ushuaia.
   Peregrinamos de un islote a otro, porque son muchos los que emergen en medio de la inmensidad. En el de Casco, nos confundimos de aves. La primera impresión es que la colonizan pingüinos. Lucen una pechera blanca que casa más con esos palmípedos que con los cormoranes de nuestras costas, que se visten totalmente de negro. Pero es que éstos que ahora vemos son imperiales. Se diría que no cabe un ejemplar más sobre el roquedo estrecho y alargado. En la zona más elevada, un cauquén común mira con displicencia a la muchedumbre que se arracima bajo sus pies.
   Aquí cazaban los indios yamanes, antes de que la llegada de los europeos los llevara a la extinción. Los lobos o leones  marinos ya habrán olvidado el peligro que suponían para ellos sus incursiones y no los alarma la proximidad de nuestra embarcación. Tan gregarios como los cormoranes imperiales, juntan piel con piel en la isla Alicia o en las del archipiélago Los Iluminadores. La mayoría, bebés incluidos, sestea; a veces perturban su modorra las querellas de las gaviotas. Una hembra muestra cierto interés por la pelea entre dos de esas aves y sigue la disputa sin moverse del sitio que ocupa. Cerca, en medio de la multitud, vocifera un macho que la dobla en tamaño. A ojo de buen cubero, calculo que ese corpachón de apariencia gelatinosa no debe de pesar menos de 350 kilos.  Sé que se alimentan de peces, mariscos, calamares… Qué riqueza submarina no ha de haber en estos confines de la Tierra, para dar vida a tanto predador como encontramos en nuestra singladura.
   Los habitantes de la isla Lucas son cormoranes roqueros. Podrían presumir de las órbitas rojas de sus ojos, que combinan muy estéticamente con la negrura del cuello. Anidan en su cantil, más seguros que cuando los primitivos pobladores de estas costas saqueaban su puesta o sus polluelos, descolgándose en la noche con teas desde lo alto del paredón.
   En otra isleta donde también son moradores, creo ver un curioso individuo albino, que contrasta vivamente con la negrura de sus vecinos. Pero se trata de un caranca. Curiosamente, lo que me saca de dudas con respecto a su identidad es su pareja, de color oscuro, que dibuja estrías en el vientre.
   Dos horas y media después de haber zarpado, retornamos a Ushuaia, que, vista desde el mar, se nos aparece a modo de gigantesco anfiteatro, cuyas gradas escalan la montaña que le guarda las espaldas.
   A algún viajero hay que despertarlo al llegar a puerto. Se ha perdido un sueño que muy probablemente no volverá a soñar…