martes, 26 de septiembre de 2017

MICRORRELATOS (VIII)


Suena a contradictorio, pero me gustan los desenlaces que son a un tiempo previsibles e impredecibles. Surgen como piruetas inesperadas que, curiosamente, una vez conocidos, nos parecen tan lógicos que casi no podrían ser otros. En los microrrelatos, el componente sorpresivo es aún mayor: una sola frase quiebra un argumento mínimo y le pone punto final.  


El aire jugó un instante a ser viento y le arremolinó la falda. Al levantar la vista, los ojos de la chica encontraron a los del muchacho que la miraba. Era él quien se había puesto colorado.

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El cliente preguntó al camarero qué era el raxo, porque estaba en Galicia y ese nombre bautizaba, en la carta, un plato. Al interpelado le pareció que una imagen valía mil palabras: “Viene siendo esta parte de aquí”, respondió, señalando, sobre su propio cuerpo, el lomo. El comensal en ciernes pasó página apresuradamente. No era antropófago.

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Entreabrió los ojos a la luz y como si no, porque en torno sólo había negrura. Dejó que transcurriera un tiempo para que llegara el día. No fue hasta mucho después  cuando se dio cuenta de que la ceguera había entrado en sus pupilas.

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De un bocado, engulló la carnada el pez. Se cimbreó entonces violentamente la caña, como si se entregara a una danza alocada que no obedeciera a norma alguna. El pescador maldijo el hambre del animal, que en aquel momento identificó con la gula. Le había arrebatado el dolce far niente en que se había instalado.

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En busca de inspiración, un novelista leyó cuanto llegó a sus manos de un crimen real y de autoría desconocida. Luego, se puso a escribir un thriller. Resultó un relato  verosímil, que fue muy celebrado. Con lo que no contaba era que policías aficionados al género negro se presentaran en su domicilio y trajeran una orden de arresto. ¡Era tan convincente la trama que había urdido que venían a cerrar el caso!

lunes, 11 de septiembre de 2017

DE CENIZOS Y TEATRO

Fue una tarde de invierno de hace mucho, y, para mi pesar, el episodio duró un buen espacio de tiempo. Iba al frente de unos cuarenta estudiantes de entre 16 y 18 años a los que sus ganas y mi empeño convertirían en actores. Estábamos en las horas previas al estreno de “Érase una vez la televisión”, una parodia de la programación de la pequeña pantalla que no excluía a los televidentes. Ensayábamos y a mi alrededor todo era una algarabía de nervios, de voces que constataban faltas y reclamaban la presencia de los ausentes, de correcciones últimas y de risas.
   De entre aquel maremágnum se vinieron hacia donde yo estaba tres integrantes del elenco. Por atenderlos, tuve que distraer la atención del escenario, donde parte del grupo se esforzaba en encarnar a los personajes del capítulo mil quinientos de una telenovela muy melodramática y a un supuesto espectador que, conmovido, se enjugaba las lágrimas con una sábana, de copioso que era su llanto. Hube de aguzar el oído para que me llegase su voz.
-         ¿Tú crees que va a salir algo de aquí?
    Entendí perfectamente que se trataba de una interrogación retórica, de esas que no precisan de respuesta. La contestación ya la tenían ellos. Pero yo hice como si no.
-         ¡Claro! –dije con convencimiento, a sabiendas de que contravenía su opinión.
   Me miraron con una desconfianza infinita, y esta vez abandonaron el circunloquio y se dejaron de preguntas que no preguntaban. Sus palabras sonaron lúgubres, más que como predicción, como sentencia inapelable.
-         Será un desastre -dictaminaron sucintamente, reafirmándose en sus agoreros vaticinios.
   Sólo les restó añadir que yo los había conducido a la debacle que nos aguardaba. Y, ciertamente, en eso, de producirse, no les faltaría razón. Yo había fijado la fecha de la actuación y, además, había buscado para el estreno una localidad que no era la nuestra. Ni familiares, ni compañeros, ni amigos iban a disculpar nuestros fallos. Aunque, ciertamente, yo esperaba que, de haberlos, fueran eclipsados por los aciertos.
-         Quedará bien, ya veréis –les repliqué. Y di por concluido un diálogo que sólo podía aportarme desazón.
   A punto estuve, si es que no lo hice, no lo recuerdo, de dictarles una orden de alejamiento, que les impidiera acercárseme hasta donde pudiera oírlos. Y evité también encarar en lo posible sus rostros enfurruñados. “Tienen miedo escénico”, pensé, quién sabe si por disculpar su prevención o por que no minaran mi propia autoconfianza. Con todo, reconozco que algo mal sí lo pasé. Luego, cuando dio comienzo la función, y a medida que se desarrollaba, miré a las caras del público y los vi reír con ganas, por un instante elucubré sobre los males que trae consigo el pesimismo. Máxime si, además, quienes lo padecen representan, como fue el caso, espléndidamente sus papeles.

   Allí aprendí algo que posteriores experiencias habían de corroborar. A veces, en el teatro lo más difícil no es dirigir, aunque se ejerza de director.

lunes, 28 de agosto de 2017

MÁS QUE UN ABRAZO

Que un hombre y una mujer, vestidos ambos a la usanza occidental, se fundan en un  abrazo y compartan lágrimas con alguien a quien sus ropajes señalan como musulmán, ya sería de por sí destacable en estos días convulsos. Transmite un mensaje fraterno, de unidad, tras los atentados de Barcelona y Cambrils. Cobra aún mayor relieve cuando se conoce  la identidad de los protagonistas. La pareja son los padres de Xavi, un niño de tres años, que fue uno de los que perecieron en el atentado de La Rambla el jueves 17 de agosto. El otro es Dris Salym, imán en una mezquita de Rubi. La imagen está tomada durante una concentración de repulsa y de solidaridad, que congregó a unos setecientos vecinos, a los que se ve aplaudir.
   Están diciendo al mundo que no es el islam quien mata. Se lo dicen al Estado Islámico, para quien sería un regalo que nos dividiésemos en dos bloques, que considerásemos enemigos a los millones de seguidores de esa fe. ¿Imagináis lo que pensarán los del ISIS al ver esa fotografía? Se aviene tan mal con sus planes… Los condena al ostracismo, los aísla, los deja donde tienen que estar, solos, y, por ende, vulnerables.
   Qué más quisieran, que su crimen sirviese para que se señalase a la comunidad musulmana con dedo acusador, haciendo que pagasen justos por pecadores, propiciando sentimientos de exclusión y hostilidad mutua.
   No son los únicos que se llevarán las manos a la cabeza en señal de disgusto ante esa imagen. A rebufo del brutal atentado, se multiplican en nuestra sociedad actitudes y discursos islamófobos, con alguna agresión incluida. A menudo asoma detrás la torva faz de grupos extremistas de derecha.
   Pero esas reacciones alcanzan también a sectores de la población que, sin simpatía por esos ultras, se dejan llevar por sentimientos primarios. No se detienen a pensar. Si así lo hicieran, verían que bombas o atropellos masivos no distinguen de culturas cuando matan. Más aún: si así es en nuestro suelo, qué no sucede en África o en Asia, donde los musulmanes damnificados por el Daesh o sus secuaces se cuentan por millares.
   Es injusto culpar de la barbarie a quienes también la padecen. Y además, peligroso. Desenfocando el objetivo –los terroristas- éste se vuelve más ilocalizable. Y al culpabilizar a toda una creencia, se pierden entre sus fieles aliados para combatirlo, tal vez se favorezca incluso que algunos, resentidos, se sumen a las filas del odio y la sinrazón.

   Hay mucho de humanidad en ese abrazo. Pero también de lección. Gracias. 

lunes, 21 de agosto de 2017

BARCELONA


Tanto dolor inútil, tanto odio buscando sangre inocente en que satisfacerse... La Edad Media irrumpe, matando, en el mundo. Con siglos de retraso, vienen a enturbiar el presente palabras olvidadas (¡infieles, impíos, cruzados!). Salen de bocas que acusan y condenan, dogmáticas y sectarias. Mentes simples determinan que en la diversidad radica el mal. En su estrechez de miras, únicamente cabe una concepción de la vida, regida por principios inamovibles; y no sólo para ellos, para todos. Cualesquiera que no sigan sus dictados son enemigos y se arriesgan a convertirse en víctimas. Tras de sí dejan un reguero de cadáveres, de heridas en el sentimiento, de desolación. Pero también de voces que, por el ancho mundo adelante, se yerguen frente a ese fanatismo y la barbarie de que se acompaña, solidarias con quienes los padecen. La mía, una más.

lunes, 14 de agosto de 2017

HAY UN BARCO RACISTA EN EL MARE NOSTRUM  (y 2)

Desconozco qué habrá sido del  C-Star, el barco tripulado por racistas que se dirigía al Mediterráneo en busca y captura de migrantes o de quienes aspiran a obtener refugio en Europa. Tal vez se le haya dado el alto, impidiéndole así continuar adelante con sus siniestros propósitos, no sé.
   Podría parecer inconcebible su existencia, por fugaz (¿?) que fuera. O sentir la tentación de considerarla una excrecencia, un tumor surgido en una sociedad sana, a extirpar y ya está. Muerto el perro, se acabaría la rabia. Pero es de temer que las cosas no sean tan sencillas. La pregunta sería cómo es posible que aparezca semejante horror en el aquí y ahora que vivimos. O, dicho de otro modo, esos individuos ¿están solos o constituyen la punta visible de un iceberg de dimensiones mucho mayores?
   Un dato poco tranquilizador: según sus propias declaraciones, los cien mil euros que necesitaban para fletar el buque los consiguieron mediante suscripción pública. O sea, que estos desalmados no se cuentan únicamente por decenas. Admitamos, sin embargo, que, aunque tengan detrás a unos cuantos miles de mentes enfermas, no pasan de ser una exigua minoría en un continente poblado por millones de personas (507 en la Unión Europea). Lo verdaderamente preocupante aparece, no obstante, si consideramos otra cuestión.  A esos indeseables les conviene, más que a nadie, la máxima que enunciara en su día Ortega y Gasset: “yo soy yo y mi circunstancia”.
   Dondequiera que pueda arribar una patera, se levantan vallas, se ponen en funcionamiento radares y policías, se persigue a los que lleguen, se les encierra en centros de internamiento que en poco o en nada envidian de las cárceles. Proliferan los muros que impiden la libre circulación a quienes peregrinan por nuestro continente en busca de un país que los acoja y les permita laborar por una vida mejor. Últimamente, incluso se hostiga a las ONGs que evitan muertes en el Mediterráneo.
    No nos llamemos a engaño, ni miremos hacia un único punto. Con ese caldo de cultivo, el C-Star viene a ser como la espuma de las olas cuando llegan a las playas. Una espuma sucia, desprovista de toda estética que no sea la de lo feo, porque el agua de que proviene está contaminada.

sábado, 29 de julio de 2017

HAY UN BARCO RACISTA EN EL MARE NOSTRUM

Un buque lleno de miserables se dirige al Mediterráneo, si en estos momentos no navega ya sus aguas. Va a la busca y captura de otros a quienes se podría atribuir el mismo adjetivo, si bien con contenido bien distinto. A los primeros les conviene el término en sentido ético y peyorativo, para significar su estulticia moral; a los últimos, que son los perseguidos, se les aplica ese mismo calificativo en un sentido meramente denotativo, objetivo: su miseria es material: la de la pobreza extrema o la de la guerra de las que intentan escapar. A las dificultades que enfrentan en su huida, se añadiría, de no ponérsele coto, la agresiva actuación que intentan protagonizar los que fletan o tripulan el C-Star, el barco de Defend Europe, organización que agrupa a colectivos ultraderechistas de varios países del viejo continente. Pretenden interceptar a los migrantes y devolverlos a Libia. En su punto de mira tienen también a las ONGs, cuya solidaria labor de rescate se proponen dificultar.
   Ojalá, sin dejar de ser ellos, pasasen a ser, también los otros. Si estuviese en mi mano, los haría vivir su existencia. Invocaría a los vientos para que en volandas los llevaran a Senegal, a Nigeria, a Etiopía, a Sudán. O a Siria, por ejemplo, a Siria también. Y allí los dejaría, esquivando bombas, padeciendo hambrunas, sin otro futuro que un dramático  presente.
   Quisiera ver cómo, en un intento por burlar ese destino y retornar a Europa, caen en manos de mafias desalmadas. Cómo pierden el norte en el desierto o, apretujados en la caja de algún camión desvencijado, a duras penas logran dejar atrás esas masas de arena y sol. Cómo (¡tantos cómo!), cuando alcanzan, si los alcanzan, los países que bordean el Mediterráneo, desearían volverse invisibles a la policía que los maltrata, a las bandas que los secuestran y les roban o los esclavizan.
   Me gustaría que, embarcados al fin en una frágil patera, sin más horizonte que el mar, a punto de naufragar, se encontrasen con el peor de sus desafíos, esto es, consigo mismos, con lo que eran antes de emprender este viaje terrible Que se enfrentasen a lo que son y a lo que hacen.

sábado, 22 de julio de 2017

UN ENCUENTRO EXTRAÑO

Me topé con él a media tarde de ayer, que fue viernes. Era un desconocido más en la calle. Venía sin compañía, pero hablaba. También hacía gestos, intuí que mecánicamente, como complemento espontáneo a sus palabras. Pensé que si continuaba avanzando hacia mí y yo no alteraba el sentido de mi marcha o la velocidad con que me desplazaba, muy pocos minutos tardaríamos en estar a la par.
   No era la primera vez que presenciaba cómo alguien discurseaba al vacío, sin más orejas que lo oyeran que las de viandantes ocasionales y sin que se detuviera siquiera para esperar que escucharan lo que les decía. En el pasado, se había tratado de individuos con un tipo peculiar de perturbación, que les impelía a imprecar a sus conciudadanos, ya fuera con admoniciones o con pretendidas enseñanzas, o con confesiones que no se sabía por qué habían de hacerse públicas. Recuerdo que, cuando niño, imaginaba que se dirigían a una persona invisible que caminaba a su lado y hasta es posible que llegara yo a envidiar esa capacidad para ver a quien los demás ignorábamos.
   ¿Sería éste uno de aquellos sujetos dementes de los que procurábamos mantenernos a una prudente distancia? No percibí en su expresión ni en sus ademanes signo alguno de amenaza que pudiera intimidarme, de modo que no alteré mi ánimo. Monologaba él con tal ensimismamiento que habría jurado que ni siquiera se apercibió de mi cercana existencia.
   A lo mejor es un opositor tan obsesionado por ganar la plaza a la que aspira que, olvidado del mundanal ruido de su alrededor, va cantando los temas de la programación, sacando insospechado partido a sus desplazamientos, supuse, aunque confieso que con un convencimiento escaso.
    Como no conocía al sujeto, no estaba en condiciones de descartar del todo que fuese un actor que, apremiado por el tiempo, estuviera memorizando su papel. Eso también podía ser, si se hallaba en sus cabales. Sobre todo, porque su perorar no era un continuum sin interrupciones, como si  sus intermitentes silencios subrayasen las réplicas de un antagonista en el escenario.
   Noté, entonces, y cuando ya casi estábamos a la misma altura, una vibración en el bolsillo donde guardaba habitualmente el teléfono móvil. No tuve que sacarlo, porque llevaba activado el manos libres. Enseguida me puse a hablar como al vacío. Fue una sensación extraña, la de cruzarme con otra persona, sin que nos dirigiésemos la palabra, aunque ambos, que íbamos solos, estuviésemos dialogando.