jueves, 2 de octubre de 2014

ÉBOLA

Yo me imagino viviendo ahora en África Occidental y esa suposición basta para que experimente una considerable ansiedad. Aunque no esté allí, puedo llegar a sentir con los ciudadanos de Sierra Leona, de Liberia, Guinea-Conakry, Nigeria o Senegal, el mismo miedo, idéntica impotencia.
   En nada de tiempo, ya  contabilizan 3000 fallecimientos por Ébola, una enfermedad vírica sumamente contagiosa y con elevadísima tasa de mortalidad (56%). La Organización Mundial de la Salud la ha declarado emergencia pública sanitaria internacional. Y la Agencia para el Control de Enfermedades (EEUU) calcula que los afectados podrían alcanzar la cifra de 1,4 millones de personas el próximo enero, de continuar el actual ritmo de expansión.
   Se transmite por contacto con órganos o fluidos corporales como el sudor, la sangre, la saliva o la orina y otras secreciones, pero eso mucha gente no lo sabe y, aunque lo supiera, la situación de esos países no facilita las cosas.
   Falta formación, y también elementos para atender a los pacientes. La OMS estima que solo los hospitales de Liberia precisan de 1550 camas y pide 770 millones de euros para mejorar el combate contra la pandemia. 50 científicos instan a Europa a desplazar personal médico que prepare a sanitarios locales, y al envío de desinfectantes, jabón, cloro y ropa adecuada. La lista de peticiones es tan amplia como la de los medios que no tienen: laboratorios de campo, recursos de vigilancia epidemiológica, equipos de diagnóstico, generadores eléctricos, combustible.
   Claro que la primera carencia que han de enfrentar los gobiernos occidentales tal vez sea su falta de solidaridad, de empatía hacia el otro. Eso, por no hablar de su cortedad de miras. Porque son muchos los organismos que advierten contra la idea de que el virus del ébola se quedará en África esta vez. De hecho, ya acaba de llamar a las puertas de Estados Unidos…

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