jueves, 16 de octubre de 2014

LOS DOS MISIONEROS

 “Hicimos lo correcto al repatriar a los religiosos”. La autoría de esa afirmación es del Ministro de Asuntos Exteriores, que ha desaprovechado una  excelente oportunidad de mantener la boca cerrada. Aunque mentiría si dijera que me ha extrañado. Mantenella y no enmendalla parece formar parte del ADN del Partido Popular. Véase, si no, otro ejemplo, este protagonizado por la Ministra de Sanidad, que, entre una lluvia de peticiones de dimisión por su desastrosa gestión de la crisis del ébola, acaba de declarar que ha actuado “con toda diligencia”. Bien, ya sabemos lo que entiende por diligencia el PP. Ahora solo falta que nos aclaren qué es para ellos, en el vocabulario de Margallo, lo correcto. Porque algo hubo de  fallar en el caso de los dos misioneros traídos a España por el Gobierno para que estemos como estamos.
   Nadie niega que debía prestárseles auxilio. Ellos arriesgaron sus vidas –hasta tal punto que finalmente las perdieron- por salvar las de otros. Y también, como de rebote, protegían las nuestras. Al luchar contra el virus en África, no solo ayudaban a quienes lo padecían: contribuían, además, en la medida de sus escasas fuerzas, a contener su expansión, a dificultar, siquiera sea un poco, su llegada a nuestro mundo.
   Doble motivo, pues, para corresponder a su generosidad (y, si fuera el caso, a la de otros que, desde distintas ONGs sin fines religiosos, guiados únicamente por criterios humanitarios y de justicia social, empeñan sus fuerzas en combatir la enfermedad).
   Otra cosa es que hubiera que hacerlo como se hizo. Porque cabía otra posibilidad fuera de la disyuntiva de trasladarlos a España o abandonarlos a su suerte. Enviar un equipo sanitario y montar un hospital de campaña para que los atendiera in situ parece que habría sido la opción más sensata y también la más solidaria.
   Se habría evitado de ese modo jugar con fuego (y quemarse, como luego se ha visto). Y de los medios aportados para tratar de curar a los misioneros españoles podrían haberse beneficiado otros afectados, que se cuentan entre los muy desasistidos africanos.
   Una gota de agua no apagará un incendio, pero sí puede contribuir, al menos, a atenuarlo. Se seguiría así un camino que otros ya han emprendido y que necesita de que muchos más pies lo recorran, el del apoyo a quienes sufren la enfermedad en origen.

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